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El país que cruje al ritmo del ajuste impuesto por el gobierno de Javier Milei; el país que se debate en medio de fuertes tensiones por la discrecionalidad con la que se está aplicando ese histórico torniquete a las cuentas, con sectores que siguen manteniendo beneficios impositivos como esas regiones, profesiones y actividades varias promocionados por el presupuesto y sus gastos tributarios, con otros postergados en las buenas y en las malas, sistemáticamente, con los jubilados a la cabeza de la lista, qué duda cabe; y otros más, como parte de la comunidad educativa universitaria que se considera injustamente atacada y que se ve a sí misma como una vaca sagrada intocable; ese país, crujiente y a los tumbos, es el que ha conseguido ayer alumbrar una reforma electoral, también histórica, que le apunta a los vicios más rancios, feudales y caudillescos adosados al tradicional sistema de partidos políticos nacionales.

En efecto, para las elecciones del 2025, cuando los argentinos vayan a las elecciones de medio término, se votará con el sistema de Boleta Única Papel (BUP), con una modificación trascendente respecto del modelo que ya aplicó y adoptó Mendoza en las últimas elecciones: la boleta nacional tendrá el mismo diseño que la de Mendoza, pero a diferencia de ésta, no contará con el casillero del voto por la lista completa, una suerte de lista sábana incluida en el nuevo sistema. Ese casillero había sido eliminado por la media sanción del Senado y Diputados, la cámara que había originado el debate y el cambio, finalmente adoptó la modificación. Y si bien ese casillero fue eliminado por el interés particular de una porción de la política, por la presión de los gobernadores que llegaron a imponerse en sus provincias con partidos provinciales lidiando a brazo partido con los nacionales y que veían en la existencia del casillero de lista completa una amenaza a sus posiciones e intereses, no deja de ser un avance extraordinario, republicano y más igualitario todavía, que modelos como el mendocino que se quedó a mitad de camino cuando pudo haber hecho punta con toda la gloria a su paso.

Ya fuese por una cuestión puramente económica, más simple, más ágil o porque la coyuntura permitió una ventana para aprobarla, la Boleta Única Papel se convierte en la mejor y más poderosa herramienta ciudadana para hacer la mejor selección que quiera frente al menú de opciones que hoy le presentan los partidos políticos en la temporada electoral. Tiene, desde ya, falencias, que el tiempo y un mejor estudio del sistema permitirán subsanar; pero el hecho de que cada elector construya a su gusto y placer el panel de representantes que tendrá en el Congreso no sólo acerca claridad, sino más que nada responsabilidad en la elección. Desde hace un buen tiempo a esta parte en la Argentina se está diluyendo esa falsa sentencia de la política elevada a un sitial sagrado y venerado y que afirma que el pueblo nunca se equivoca. Con la BUP, incluso, se da un paso más hacia ese estadio que cada uno debiese comprender, el de hacerse cargo de las decisiones, de los aciertos por supuesto, pero también de las pifias. Y Argentina, entre otras cuestiones, también puede considerarse campeona mundial de yerros y de tomar caminos que no conducen a nada, con la excepción de las penurias y maldiciones acarreadas por años y sufridas, claro está.

La llegada de Milei ha puesto patas para arriba la Argentina, en más de un sentido. Se sabía, se intuía y por eso más que nada resultó electo, que el libertario iría por un cambio profundo en el manejo de la economía y de los recursos. No sólo un barajar y dar de nuevo en la administración de fondos escasos todo envuelto en ese sistema más que eficiente de fabricar pobres como lo es la inflación. El ajuste ha sido feroz, tanto que tensiona al extremo las relaciones del gobierno con casi todos los sectores. Todo eso se sabía o se podía presuponer. Como también ha permitido, la llegada de Milei, una reforma en apariencia estructural a las enormes regulaciones administrativas que envuelven al Estado burócrata e ineficiente a más no poder. A todo esto, hay que sumarle la modificación al sistema electoral, que es en verdad un paso histórico.

La política también ha dado un paso al ritmo que le pide, en gran medida, la ciudadanía. Si lo que se conoce como política tradicional o eso que se identifica con “la vieja política” hizo algo para alejarse de su propio recurso que le garantiza la existencia, el sentir de los ciudadanos, fue solidificar el voto popular por medio de la sábana a medida que fueron pasando los años. A ese ritmo nació, creció y se desarrolló el sistema clientelar, la compra de votos, el uso de los recursos del Estado como propios para ganarse la voluntad de los votantes, el robo de las papeletas, las presiones de todo tipo, las coacciones, las extorsiones, el fraude. Y ese poder cada vez más en aumento de los partidos tradicionales sobre los más chicos a los que ganarse un lugar les ha significado emprender una aventura de neto corte milagrosa. Y también hay que decir, por qué no, que la constante denigración y decrepitud de la política a lo largo del tiempo, fue lo que permitió que expresiones casi vecinales y minoritarias, como lo fue el PRO de Mauricio Macri o la misma Libertad Avanza de Milei alcanzaran el mayor sitial institucional del país. Y no es menor que ambas expresiones, hayan intentado cuando gobernaron, impulsar el sistema de Boleta Única Papel cuando pudieron mirar a otro lado.