La propuesta es acercar a los lectores mendocinos a la literatura nacida aquí. Un manantial generoso de magníficos autores, algunos reconocidos en todo el país y en el mundo, pueblan las letras de Mendoza. Antonio Di Benedetto, Rodolfo Braceli, Liliana Bodoc, Armando Tejada Gómez, Juan Draghi Lucero, Alfonso Solá González, Patricia Rodón, Jorge E. Ramponi, Alfredo Bufano, Cecilia Pavón –entre los tantos escritores que, seguramente, no mencionamos ahora– son representantes de un sólido camino literario forjado en nuestra realidad, alimentado de nuestro paisaje y de nuestra cultura, para proyectarse al mundo.
Junto a los nombres de larga y de gran trayectoria; otros todavía inéditos y desconocidos conforman las páginas de la literatura mendocina. Sus historias cautivantes merecen encontrarse con los lectores. Esta es una invitación a leer algunos de los relatos que surgen de nuestra gente, porque la buena literatura es como un espejo que nos refleja y nos define.
En este cuento mendocino, el protagonista experimenta la inestabilidad constante y desesperante en un mundo ficcional mutante. Sin embargo, el encuentro final de los amigos trae un alivio ante la desolación.
El relato forma parte del fanzine Trilogía Inestable, autoeditado en coautoría con Verónica Perlbach y Ana Lis Señorena.
Sobre el autor

Raúl García Maure, nació en Godoy Cruz, Mendoza. Desde chico le apasionó el arte de contar historias, por eso, de entrada dibujó historietas, redactó cuentos y hasta filmó algunas animaciones con la cámara de casetes de la familia.
Ha hecho cursos de fotografía, algo de guión cinematográfico y en el 2015 pasó por la mítica Escuela Regional Cuyo de Cine y Video, donde escribió y dirigió cortos de ciencia ficción como Eudromia 0-55 y Trueque.
Ha publicado relatos en los fanzines Atípicas y Triología Inestable, en la antología internacional Bitácoras de Viajeros Errantes y obtuvo primera mención en el Concurso de Fotografía y Relato de Godoy Cruz 2023 por su relato “Crónica de una vereda”.
En su tiempo libre, trabaja en su taller particular, haciendo esculturas y maquetas de robots, naves espaciales y otras yerbas. Seguí a Raúl García Maure en redes.
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La propuesta es acercar a los lectores la literatura nacida en Mendoza, que desborda de grandes autores, algunos reconocidos y de gran trayectoria; otros, aún inéditos. Historias cautivantes, páginas que merecen encontrarse con los lectores. Aquí, sin dudas, se escribe mucho…
“El universo mutógeno”

Faltaban unos quince minutos para salir del trabajo y Jorge Araujo sabía que iban a hacerse eternos, ese último esfuerzo era insufrible, siempre. Era viernes y ya llevaba hechas varias horas extras. El pendejo careta que tenía por jefe lo obligó a hacer once horas diarias toda la semana, con el pretexto de que estaban atrasados con las entregas.
Llegar a las ocho horas era difícil, pasadas las nueve, se volvía muy complicado, pero después de las diez, su cerebro ya divagaba en lo abstracto y comenzaba a hacer las cosas como un autómata, sin voluntad ni pensamiento.
No ayudaba el hecho de que manejar una troqueladora de etiquetas de vino era probablemente una de las tareas más monótonas que podían existir en el universo cercano.
Una cinta de papel impresa circula a alta velocidad por múltiples rodillos y las cuchillas en el cabezal no paran de subir y bajar a cada segundo. Y Jorge está ahí, sólo mirando, corroborando que los cortes sean precisos, justo en los límites marcados y con la presión justa. Horas y horas parado, observando las etiquetas pasar, haciendo muy de vez en cuando algún ajuste en las perillas para corregir los márgenes, pero nada más.
De a poco las cosas perdían el sentido. Ya no le preocupaba que fuese el último empleado que quedaba, ya no le molestaba el reggaeton de la radio, ni se daba cuenta de que afuera era de noche.
Sus ojos comenzaban a desenfocar sobre la tira de papel que circulaba frente a él, pero no se dio cuenta. En esos minutos finales su cerebro se perdió en la más pura nulidad. Los sonidos se disiparon en la distancia. Sin querer, estaba realizando un verdadero ejercicio de meditación involuntaria con una mente absolutamente en blanco. Su cuerpo continuó funcionando por alguna razón, pero su espíritu flotaba en un éter distante.
Cuando estaba a punto de quedarse dormido, volvió en sí, de golpe. Según el reloj de la pared, ya podía irse. Él maquinista se preocupó un poco, no podía creer que había pasado casi un cuarto de hora abstraído de esa manera, como un zombie. Reconoció que estaba quemado.
—Pero andá decile al simpático que baje las horas—murmuró, refiriéndose al violento de su capataz.
Apagó la máquina y la luz del galpón, rogando que esas últimas etiquetas hayan quedado bien. Ya se imaginaba al tarado pateando los rollos y gritándole el lunes siguiente.
Tomó su mochila y cruzó el portón para salir a la vereda. Le llamó la atención que el guardia no se viera en la garita, pero, sin darle mucha importancia, prosiguió. Finalmente, llegaba el fin de semana y era libre.
Libre para llegar a su casa, para sacarse los zapatos y tirarse en el sillón mientras veía la primera mitad de una peli de naves espaciales, con una cervecita… libre, tal vez, para caer en el sueño más dulce y profundo de su vida. Pero dormir era un desperdicio del poco tiempo del que disponía.
—Ojalá estuviera el Pablito—pensó. A esta altura estaríamos mensajeándonos para ir a algún bar.
Al instante lo invadió un sutil dolor en el pecho, acompañado de un nudo en la garganta. Se había prometido no torturarse más con ese tipo de pensamientos sobre Pablo. Esos en los que se lo imaginaba con vida, apareciendo de la nada, como si los recuerdos sobre su muerte fueran un mal sueño.
Araujo extrañaba esas conversaciones eternas hasta la madrugada y las carcajadas contagiosas de su amigo. La alegría de sentirse querido y acompañado por ese otro tan distinto y tan parecido a la vez. Había encontrado un verdadero hermano fuera de la sangre, y la vida se lo arrebató sin más, dejando un vacío extraño y difícil de tapar.
Hizo una pausa, sacudió la cabeza y comenzó a caminar.
No había avanzado ni dos metros cuando, espontáneamente, se acordó de Carla, su novia. Miró al cielo y suplicó con fuerza para que esa noche no fuera la cretina de siempre, que su típica cara malagestada por una sola vez se convirtiera en algo distinto y que Dios Todopoderoso lo librara de la visita de alguna de sus amigas, cuyo odio hacia él era desgastante.
No había hecho mucho para merecer tanto repudio, Jorge era un tipo bueno en general, dejado, tal vez, contestón, simple, pero verdadero al fin. El problema era que nadie entendía cómo es que un flojo de esas características terminó con la princesa Carla, la futura arquitecta de cabellos dorados.
Trató de despejarse, sacudió la cabeza y se puso a tararear una canción de Callejeros. Eso le mejoró el ánimo. Caminó las últimas cuatro cuadras que lo separaban de su hogar frotándose los ojos, las luces amarillas de los autos herían su vista cansada y no podía distinguir a los conductores, pero se las ingenió para moverse con los ojos entrecerrados.
Se detuvo en el umbral de su puerta, puso la llave y abrió. Tiró la mochila en el piso. Y pasó derecho al baño. De reojo vio dos o tres siluetas en la cocina que empezaron a susurrar justo en el momento en que atravesó el living.
—Ta’ madre —dijo, mientras se mojaba la cara—. Un viernes libre de bichas pido, uno solo…
Después de hacer lo suyo, demorándose varios minutos, salió del baño resignado a saludar a Carla y sus amigas con el mejor de los humores posibles.
Pasó junto al sillón y se paró en la entrada de la cocina, luego suspiró cansado, levantó la vista y contempló.
Detrás de la mesa y junto a los muebles de cocina había tres monigotes horrendos, como de dos metros de altura y con piel verdosa.
Araujo experimentó el más profundo de los terrores. Sentía como si una bola de sangre hirviera en su pecho, mientras sus extremidades se paralizaban.
Cabezas triangulares con enormes ojos y extraños colmillos, tórax alargados y abdómenes cilíndricos, cuatro patas, más dos poderosos brazos que terminaban en filosas espinas. Eran mantis religiosas, pero gigantes. Las tres estaban paradas a la defensiva, haciendo sutiles movimientos de vaivén.
Una de ellas empezó a agitar una de sus púas en alto y avanzó lentamente hacia el aterrado joven, que con un esfuerzo formidable reculó hacia el living, mientras escuchaba los temibles siseos y sonidos parecidos a crujidos que producían las alimañas.
Jorge sabía que estaba a punto de ser devorado vivo, y no pudo soportar más la adrenalina. Sin pensar, corrió hacia la ventana del patio, al mismo tiempo que los insectos se abalanzaban. No había tiempo para abrir el pestillo, saltó y atravesó el cristal destruyendo los travesaños de madera. Aterrizó de costado en el pequeño cuadrado de pasto, junto con los trozos de vidrio, y trotó a la medianera. Estaba trepando a la parte superior cuando sintió una dolorosa punzada en el tobillo.
Uno de los bichos lo había capturado con su brazo lleno de pinchos y comenzaba a jalarlo hacia abajo. Pero el humano no estaba dispuesto a rendirse, con la pierna libre y a patadas se arrancó el engendro, justo antes de que llegaran sus compañeros.
El maquinista cayó de panza en la vereda. Tenía algunos cortes profundos en los brazos, la cara bastante magullada, y podía sentir la sangre caliente chorrearle por el pie, pero eso no le impidió incorporarse y huir despavorido.
Corrió y corrió rengueando hasta salir a la avenida más cercana. Saltó frente a un par de autos a los que les acababa de dar el verde del semáforo y comenzó a golpearles el capo, pidiendo ayuda frenéticamente.
El nerviosismo y las luces no le permitieron darse cuenta en un primer momento, los vehículos eran conducidos por mantis iguales a las de su casa.
Cuando las reconoció, la histeria lo invadió, pero antes de poder hacer nada, el Fiat que tenía en frente aceleró y lo embistió.
El auto no había alcanzado gran velocidad, pero de todas formas rodó por el parabrisas para luego impactar en el pavimento.
Los insectoides se estaban bajando de sus vehículos, Jorge aun podía verlos de reojo, mientras trataba de aguantar el dolor. Pensó en el zanjón. Con un último instinto de supervivencia se paró y rengueó lo más rápido que pudo hacia el canal cercano, era el único refugio que se le ocurría.
El tobillo le falló y cayó de costado, pero el horror de los siseos y crujidos arrimándose lo hicieron levantarse una vez más, la última, porque después de cruzar la baranda del cauce, saltó al vacío.
El impacto dolió mucho, pero el shock le permitió desviar la atención al pequeño hilo de agua sucia que le humedecía la nuca, la espalda y las piernas. Observó la pared de cemento de 5 metros a su costado, elevándose hasta el cielo nocturno, con las cabezas verdosas asomándose en lo alto. Luego escuchó unos chapoteos cercanos. Con sus fuerzas finales, giró la cabeza y vio un par de siluetas negras y abultadas que salían de la sombra producida por el puente más cercano. Sintió que lo tomaban de los brazos y lo arrastraban entre la basura, por el suelo del zanjón. Rendido, se desvaneció.
Araujo abrió los ojos despacio, se sentía descansado, cálido. Durante un breve lapsus se regocijó entre las sedosas mantas que lo cubrían. Estaba disfrutando de esos hermosos segundos al despertar, antes de recordar los problemas. Cuando distinguió el cemento sucio arriba y a su alrededor, sus esperanzas se desvanecieron.
De a poco fue tomando conciencia de los dolores, en el tobillo, las muñecas, el pecho, la nuca, la cara. Estaba apaleado.
Se sentó con dificultad. Seguía en el canal, a la sombra, debajo de un puente que no pudo reconocer. Reposaba sobre unos cartones y estaba tapado con unas frazadas a cuadros muy mugrientas. Por el tinte rosado que tenían las paredes del lugar, se percató de que era el atardecer.
Tenía varias curitas y gasas en los brazos, también un vendaje en el tobillo, que estaba a punto de toquetearse, justo cuando la criatura negruzca llegó y se sentó a su lado.
Él maquinista se resignó. En esas condiciones no podía huir y, además, estaba agotado. Asumió que ya nada peor podía pasarle y, por esa razón, no sé inquietó al ver al ser con detalle.
Era una casi perfecta bola de pelo largo y rastas negras, con brazos y piernas de humano; lampiñas, denudas y de tez blanca. Debía ser solo unos 15cm más pequeño que una persona promedio. Entre el opaco vello que cubría la totalidad su rostro, sólo se podían distinguir un par de ojos totalmente rojos y saltones, dos labios gruesos, dientes afilados y una nariz cadavérica.
—No te toques eso —le dijo el monstruo, con voz grave y carrasposa—. Nos costó mucho conseguir desinfectante para ponerte. Tuvimos que mandar varios grenchos para buscarlo arriba…
Había un millón de preguntas que Jorge quería hacer, pero lo primero que le salió fue:
—¿Arriba?
—Arriba, desde donde saltaste —respondió el peludo.
—¿Qué… quién sos vos? ¿Qué son grenchos? ¿Qué está pasando?
—Te golpeaste fuerte, por lo que veo. Me llamó Kango, yo soy el grencho líder del zanjón Maure.
—¿Hay más… así… como vos?
—¡Sí! Grenchos, grenchudos. ¿En serio me estás preguntando?
—No soy de acá.
—¿Sos de afuera? Hay grenchos en otros países hasta donde sé.
—Soy de otro… mundo. Digamos que esta no es mi casa. Nada de esto tiene sentido para mí.
Kango abrió los ojos sorprendido, luego hizo una seña al aire. Inmediatamente otro peludo se acercó y le entregó una botella de agua. Este la destapó y se la pasó a Araujo, que la miró con desconfianza.
—Tomá tranquilo —murmuró el líder—. Es agua limpia, la canjeamos en un kiosco, solo para vos.
Jorge se sintió apenado por su descortesía, empatizaba con su extraño cuidador por alguna razón. Sin demora tomó un trago largo. Después prosiguió con la conversación.
—Sé que no tiene lógica, pero el lugar de donde vengo… es exactamente como este, solo que no hay… bichos, ni grenchos. ¡Ni nada! ¡En serio! ¡Ayer estaba ahí!
—¿Solamente humanos?—cuestionó Kango.
—Claro. Bueno… y animales también.
—Acá también hay animales. Ratas por ejemplo, y palomas, eso es lo que comemos los de abajo.
—¿¡Qué!?
—Vivimos en los cauces, ¿Qué esperabas? Es lo único que tenemos a nuestro alcance. Bueno, eso y algunas raíces. Algo de basura también. A veces nos tiran algo…
—¿Qué está pasando loco? Dame una explicación, por favor…
—Mmm… Alguna vez leí sobre un tipo que vivió algo similar. Viajaste a un universo paralelo, eso pasa.
—¿Cómo?
—Lo que dije. Viajaste a otro universo, uno paralelo, parecido al tuyo, pero con algunas pequeñas diferencias…
—¡Pequeñas!
—Bueno, tampoco es la gran cosa, acá también tenés humanos clásicos.
—¿Hay más… así como yo?
—Claro, a ver, mirá allá.
Él grencho le señaló lo alto de una de las paredes del canal que estaban detrás. Había dos mujeres de unos cuarenta años, iban caminando, bastante tranquilas.
—¡Los bichos se las van a comer!—gritó el humano.
—Noooo. Nada que ver. Pasa muy poco eso.
—¡Qué! Anoche casi me matan cuando entré en mi casa…
—¿Con quién vivías en tu universo original?
—Con mi novia nomás…
—Y… una de las que te atacó era ella seguramente. Si te desconocieron, chau, es allanamiento de morada, podían comerte vivo.
—¿Ah? ¿¡Y… y los de los autos!?
—¿Qué esperabas? Te les tiraste encima y les golpeaste el capó todo cortageado y sangrando. Esos bichos no pueden controlarse cuando huelen sangre.
—¿Por qué los defendés? ¡No pueden matarte por cualquier cosa!
—Mirá, es injusto, lo sé más que nadie, vivimos en las acequias. Pero así son las cosas. Tenés que entender, sus mentes casi que no son humanas, cambiaron y se potenció lo peor. Los de su clase son los que dominan la sociedad, pero, bueno, cada grupo tiene su lugar y más o menos sobrevivimos.
Jorge estaba atónito. Se quedó tieso, procesando la información, pero el sinsentido lo superaba. En medio de un torbellino ansioso de razonamientos y dudas, sintió que la vista se le nublaba y que sus extremidades se debilitaban de golpe. Luego se desvaneció. Kango lo acomodó en su cartón y lo tapó con las frazadas. Durmió por varias horas.
Los días pasaron. Él joven maquinista se fue reponiendo de a poco y comenzó a pararse con ligera dificultad. Conoció al resto del clan de los grenchos; hombres, mujeres y niños. Se sentaba todas las noches alrededor del fuego a compartir con ellos los alimentos. A él le daban tortitas o alfajores robados, porque los peludos sabían que su intestino no iba a aguantar las ratas asadas. Pasaban varias horas contemplando las llamas coloridas producto de la basura quemada y observaban las estrellas.
En esas largas fogatas, sus velludos hospedadores le contaron todas las historias de la tribu y el inicio del caos mutante.
Al parecer, los universos de Jorge y el de las criaturas se habían mantenido más o menos iguales, hasta los comienzos del año 2020, cuando tomaron caminos muy divergentes.
Mientras que en el mundo de Araujo el virus del SARS-CoV-2 comenzaba a propagarse, en el plano de Kango eso nunca pasó, y la humanidad vivió medianamente tranquila hasta el siguiente junio, cuando varios volcanes dormidos alrededor del mundo entraron en pasiva actividad, emitiendo extrañas nubes arreboladas que brotaban fulgorosas de sus chimeneas.
Fue un fenómeno nunca antes visto. La actividad magmática mundial venía teñida de un inusual tono magenta. Los vulcanólogos se maravillaron con las imágenes de los cráteres colmados por la marea rosada de roca fundida y, por suerte, no hubo explosiones, derrames ni grandes expulsiones de material derretido, sólo ceniza y humo, del mismo tono.
Y ese fue el comienzo del desastre.
Las emanaciones venían acompañadas de una invisible toxicidad que pobló casi todos los rincones del planeta en tan sólo unos meses, y en ese punto iniciaron las primeras transformaciones.
La gente se volvió loca cuando les salieron las primeras espinas, o cuando la piel se les volvió verdosa y azulada, cuando les brotaron escamas y les crecieron más brazos, cuando les salió pelo por todo el cuerpo y se les cayó la nariz, cuando se convirtieron en bichos, anfibios, peludos o gnomos de ocho ojos.
En el plano de Araujo, la sociedad se adaptaba a la cuarentena y los barbijos, pero en el universo de al lado, casi toda la población mundial se veía envuelta en la mas horrorosa conversión mutante.
No todos los humanos se vieron afectados por el fenómeno metamórfico, algunos resultaron aparentemente inmunes, pero eso no les facilitó nada a la hora de sobrellevar el caos reinante que aconteció después.
Hubo disturbios, violencia, guerra y muerte, pero contra todo pronóstico lógico, las cosas se calmaron un día, de golpe y mucho antes de lo que podría esperarse.
Las personas se acostumbraron a sus nuevos cuerpos con facilidad y los grupos comenzaron a estructurarse.
En Mendoza, las mantis formaron una siniestra secta con los de su clase y algunos otros pocos insectos, luego se prohibieron la interacción con los demás tipos de seres. Ellas se posicionaron a la cabeza de los estratos, junto con las criaturas aladas de las montañas, aunque a estas últimas era raro verlas por la ciudad. Después estaban los hombres y mujeres comunes, los no mutados, sometidos a los bichos de forma voluntaria. Abajo estaban los pobres grenchos, que se adaptaron a la vida en las acequias. Y había otras minorías. Algunos cornudos de piel húmeda y escamas, unos zancudos muy estirados y flacos, los hombres pez del Carrizal y Potrerillos, los de cuatro brazos y cola con pinches, los plantoides en los árboles y un largo etcétera.
Todos luchaban por rearmar sus vidas, algunos con mucho más sufrimiento que otros, con incidentes y violencia normalizada, sobrevivían.
Jorge terminó de recuperarse al cabo de tres semanas. Tuvo bastante tiempo para pensar. La ultima mañana que compartió con los peludos se la pasó caminando por el canal con pasividad. Tenía dos opciones: terminar de volverse loco, para luego suicidarse con algún cristal filoso del suelo, o salir a la superficie ese mismo día y ver qué pasaba. Optó por lo segundo.
Con cariño le agradeció a Kango por su ayuda y le dio un fuerte abrazo. Le juró que iba a volver con mejoras para ellos, apenas pudiera.
Varios grenchos hicieron una torre improvisada junto a la pared, para que el no mutado pudiera treparse hasta la baranda. Y, finalmente, estaba ahí.
Él maquinista no tardó en descubrir que existió un Jorge Araujo insecto en ese universo metamórfico. El pobre era idéntico al típico escarabajo pelotero y estaba desaparecido desde la misma noche en que el Jorge normal arribó a esa caótica realidad alterna.
—Si yo estoy acá, ¿adónde habrá ido a parar el pobre bicho? —pensó—. Ojalá que se le aparezca a Carla…
Se rió de su propio chiste mientras caminaba por la vereda de la avenida.
Para su propia suerte, el joven compartía las mismas cuentas de banco con su doble perdido. Hasta las mismas tarjetas. Sin inconvenientes sacó todo el dinero disponible a su nombre, que era bastante, bastante más del qué él tenía en su mundo original, a decir verdad.
Tratando de perderle el miedo a las mantis, de a poco fue averiguando cosas en su barrio y nadie lo reconocía aún. Supo de una viejita que alquilaba un cuartito con baño y cocina muy barato, a cambio de que le ayudara con las compras y algún que otro favor. Ahí se instaló.
Pudo bañarse después de tanto tiempo. Desnudo, enjabonado, mientras el agua caliente le masajeaba la espalda aún adolorida, extrañamente, se sintió en paz.
Después de la ducha y todavía sin ropa, se tiró en un silloncito medio viejo frente a la tele, estaban dando una de las películas viejas de Star Wars que le encantaban. No se aguantó, se vistió y corrió al kiosco más cercano por una cervecita. Casi que llegó hasta los créditos del film, cuando se quedó dormido.
Esa semana se atrevió a pasar por la imprenta. Se enteró de que su jefe no estaba más, literalmente. Mientras preparaba un asado para sus amigos, un hombre pez muy territorial lo había decapitado con su espolón trasero, en las orillas del dique Potrerillos. La empresa la terminó comprando uno de los misteriosos seres alados del monte, que nadie conocía ni veía nunca, y eso no importó, porque desde entonces, sólo se trabajaba cinco horas diarias y el sueldo aumentó.
Jorge retomó su viejo trabajo por un tiempo. Al verlo normal, todos sus compañeros mutantes albergaron la esperanza de que la metamorfosis podía revertirse. Él no les quiso arruinar la ilusión contándoles su verdad.
Caminando de vuelta a casa, siempre se cuidaba de no encontrarse con Carla-insecto. Todavía se preguntaba por qué lo atacó esa noche con sus amigas. Su primer pensamiento fue que no lo reconoció o pensó que era un fantasma, luego recordó algo que había visto en un documental de pibe, sobre las mantis hembras que se comen a sus parejas, después de aparearse, y eso le pareció bastante lógico tratándose de su ex.
Los meses pasaron, y mientras Araujo se acostumbraba a su nuevo universo, las cosas se iban destapando. Al parecer, todo el matete de los volcanes tenía su origen en algunos presuntos experimentos fallidos, orquestados por oscuras elites mundiales, cuyos fines estaban vinculados como siempre, al control de la población. Pero la realidad es que a nadie le importaban los detalles a esa altura. Adaptarse, ese era el único pensamiento colectivo.
Un día, el maquinista renunció al trabajo de la troqueladora y se unió al Cuerpo de Rescate y Apoyo Social Mutante, agrupación que el desvencijado gobierno humano acababa de inaugurar. La paga no era mucha, pero él estaba contento con su idea de poder darles una mano a los grenchos o a cualquier otro que la estuviera pasando mal.
Después de su primer día como ayudante, pasó por el supermercado, compró un vino, un puré de tomate y unas pastas frescas.
Era el atardecer cuando tocó el timbre en un viejo caserón cerca del Bombal. Al abrir la puerta, el dueño de casa se quedó boquiabierto y parecía que los ocho ojos se le iban a saltar. El tipo no podía creer lo que veía: su colega Jorge de toda la vida, normal, sin mutaciones, sin piel de insecto.
Araujo por su lado no paraba de lagrimear y se abalanzó descontrolado para darle un abrazo eterno a su mejor amigo. Le tomó tiempo darse cuenta, en ese mundo, sin pandemia, Pablo nunca se contagió de Covid, por lo tanto, su muerte, sedado y entubado en un hospital, nunca aconteció.
