El domingo 19, el país tendrá que volver a las urnas para definir a quién quiere como presidente.

La intensidad política que genera el balotaje, con dos propuestas ideológicamente antagónicas, hace que el debate que se genera sea, en muchos casos, más emocional que racional o que, incluso, se escuchen propuestas imposibles y hasta insólitas.

El domingo 12 será el último debate entre los dos contendientes y lo que tiene que quedar claro es que en estos 40 años de democracia ininterrumpida hay una base de conquistas que no pueden entrar en una discusión banal, como la educación pública. Es cierto que desde 1983 hay muchas cosas que no se han saldado y que el piso sobre el que nos movemos es espinoso, con 40% de pobreza, pero lo que se tiene que debatir es hacia delante, más que sobre lo conquistado: no sólo sobre las urgencias económicas, sino también sobre los modelos culturales sobre los que giran, por ejemplo, la independencia del Banco Central, la presión fiscal y la máquina que genera inflación, la proliferación de los llamados planes sociales o la generación de empleo privado y el gasto superfluo de la política, entre otras cuestiones.

Las ideas más extremas que se están escuchando, aun en situación de hipótesis filosófica, no pueden tener cabida.