Es impresionante cómo la realidad destroza los espejitos de colores. Es positivo, por un lado, porque complota contra aquellos que creen que todavía se pueden hacer impunemente promesas al viento, más allá de que existe un sector fanatizado para el cual los datos y la vida cotidiana son parte de una confabulación. El aspecto negativo, más allá de la humorada, es que romper esos espejos que reflejan fábulas vaticina años de mala suerte.
Sin embargo, lejos de entregarse a la fortuna, Argentina necesita de un plan que plantee objetivos a corto, mediano y largo plazo, sin ilusiones ni soluciones mágicas; sin figuras mesiánicas ni caudillos que supongan que están por encima de la Constitución.
No hay salida alguna si no es con sacrificio; si no se toman decisiones que provoquen cambios radicales. No hay ni tiempo ni espacio para especulaciones. Está demostrado con cada parche, con cada medida pseudomilagrosa que se anuncia para intentar calmar un clima social absolutamente alborotado. La respuesta es inmediata y llega en forma de trompada a la economía doméstica.
Por eso aumenta el dólar blue. Porque ya nadie cree; porque no hay confianza y porque no se trata del valor de la moneda estadounidense. El problema es que el peso ya no vale nada.
