La competencia que se está dando entre Patricia Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta para definir cuál de los dos podría representar a la oposición en el próximo turno electoral por la Presidencia está dando un rico material de estudio sobre la estrategia que, finalmente, definirá el modelo político para sacar al país adelante. Mientras Rodríguez Larreta se ciñe a la idea de conformar –y liderar– un amplio espacio con todas las fuerzas democráticas dentro que se pongan de acuerdo en un camino común para normalizar al país, Bullrich se aferra con énfasis a la potencia y fuerza de un discurso propio y único que dependerá de la solidez y de la convicción suficiente para persuadir a la mayoría de estar marcando el camino correcto. Uno va por el acuerdo y el pacto amplio; otro por el borrón y cuenta nueva de un plumazo, por quitar el mantel de un solo tirón, con la esperanza de sumar voluntades, quizás, por la vía del espanto, para consolidar su proyecto.
Es interesante analizar lo que ambos contendientes nos están ofreciendo a los potenciales votantes, en una lucha que –como debe ser para una PASO pura y válida que están a punto de protagonizar– pareciera estar dejando fuera, por ahora, el blanco sobre negro, como oposición, a un oficialismo que ha dejado en manos de Sergio Massa, el ministro de los tres dígitos de inflación, la única y última esperanza para conservar el poder.
La táctica que ofrece el jefe de Gobierno porteño encierra las consabidas sospechas y dudas alrededor de un modelo, ya probado, que prevé reunir en torno a una mesa a los representantes de intereses más que disímiles, pero que suelen coincidir en ir detrás del Estado como base de sustento de sus propias realizaciones. Corporaciones varias, aun con la excepción del kirchnerismo, según ha aclarado el propio Rodríguez Larreta, que condicionan cualquier apoyo a reformas y restructuraciones del status quo, siempre y cuando no se vean perjudicados: allí militan gremios de todo tipo y especie, confederaciones empresariales y organizaciones sociales que lograron un funcionamiento más o menos estable, de ganancias mínimas pero beneficiosas al fin, mientras el resto del país se fue empobreciendo.
¿Cómo haría Rodríguez Larreta para meter en caja a entidades Estado-dependientes si, desde el vamos, un camino de reforma mínimo supondría que resignen posiciones muchas veces claramente clientelares y prebendarias? Las sospechas se alimentan y crecen cuando se compara la idea del jefe porteño con otras lanzadas en momentos de profundas crisis económicas y sociales, quizás tan complejas como la actual. Lo intentó Raúl Alfonsín y hasta el interino Eduardo Duhalde, con aquel Consejo Económico y Social que ideó para salir de lo más apremiante de las crisis del 2001. Tanto a Alfonsín como a Duhalde lo entornaban los considerados dueños de una Argentina a la que pareciera le sacaban más mientras más desmoronaba.
Bullrich y su estrategia parecen chocar con otros aspectos negativos que ha dejado la experiencia de los cuatro gobiernos kirchneristas, en especial, los tres primeros, que lideraron Néstor y la vicepresidenta en dos oportunidades. Esa posición cerrada a buscar acuerdos y pactos de gobernabilidad, como los de Larreta, encierran una trampa que se hace visible mucho más que las posibles victorias y ganancias que promete y que podría obtener con su modelo la ex ministra de Seguridad de Mauricio Macri.
Paradójicamente, la trampa se localiza en una posible coincidencia con el más duro y puro kirchnerismo, aquel que se basó en las ideas de Ernesto Laclau para esa construcción fenomenal de poder que alcanzara con el paso de unos breves años, sobre la base de un magro 20 por ciento de los votos obtenidos en el 2003.
Es una sensación, pero Bullrich, al negarse al diálogo, con la excepción de que sea entre propios con la misma visión e idea, pareciera que va por ese modelo que tuvo y que aún lo tiene, aunque con menos brillo, al “ellos y nosotros” como estrategia. Bullrich confiesa elegir el conflicto frente al sometimiento, porque usa a ambos como dicotomía. Entiende, y así lo ha dicho, que acordar significa someterse a las condiciones que imponen aquellos a los que se busca para que se sumen a una determinada cruzada, por caso, el combate contra la inflación.
No está mal. A Bullrich le da la razón todo lo que se hiciera anteriormente, como aquellos pactos del peronismo con las corporaciones o los que buscó Alfonsín, también, con las corporaciones que lo acechaban y aquejaban por todos lados.
Pero el problema, y aquí la trampa, radica en el peligro de que la estrategia se radicalice en torno al conflicto y eso dé paso a la aparición del enemigo, como siempre buscó el kirchnerismo, siguiendo a Laclau. Un camino que rindió sus frutos hasta que voló por los aires, porque durante un tiempo y, vaya si no, le permitió al gobierno de los Kirchner amalgamar los apoyos frente a un enemigo externo de los intereses del pueblo que decían, desde el Gobierno que, supuestamente, defendían y protegían. Una identidad común que amalgamaba a eso que se entendía como el “nosotros” mientras se conformaba la hegemonía del poder.
A quienes le preguntan cómo hará para imponer una idea, un camino beneficioso
para todos, cuál será la llave que utilizará para convencer sin ir a buscar acuerdos o
pactos, Bullrich ha dejado en la convicción la suerte del plan. “Carácter de convicción”
o “liderazgos de convicción”, menciona Bullrich, sujetos a un camino que se debe
seguir, aun a fuerza de los obstáculos que se encontrarán y que tendrá que vencer.
Dos modelos en juego, con alguna que otra reminiscencia del pasado reciente y
no tanto que estarán en juego y frente a frente el 13 de agosto.
