Cuando los argentinos vayamos a votar el 14 de noviembre, lo haremos con la tradicional lista sábana, esa extensa boleta de nombres que nadie verificará en esa instancia decisoria, aunque a la larga pueda traer más de una sorpresa, a menudo con escándalos de por medio. Basta con recordar a aquel diputado nacional que, en medio de una sesión virtual, se dedicó a mantener una relación sexual con su pareja. Todo quedó grabado porque, por fortuna, la impericia permitió mostrar la falta de responsabilidad y decoro para con su cargo. Por eso, fue echado por sus indignados pares, pero ya era tarde.
En efecto, boleta única y ficha limpia son dos de las deudas políticas que la clase dirigente mantiene con sus electores. En cada elección, sólo algunos sectores o grupos reclaman que se reforme y renueve el sistema electoral para evitar las trampas tradicionales, sobre todo de los partidos mayoritarios. El más reciente de estos rechazos lo dio el Frente de Todos, que no quiso tratar el proyecto que busca impedir que candidatos condenados por hechos de corrupción accedan a cargos electivos.
No hay caso. Pareciera que el sistema político se niega al etiquetado electoral, a aquellas normas o procedimientos que permitan una mayor transparencia sobre quienes tendrán un cargo público.
