El escrache es, a veces, un acto de justicia y de memoria. O, tal vez para darle más precisión a la definición que aquí compete, es un método interesante que remplaza de una manera callejera y cruda la ausencia de estos dos atributos clave para la vida democrática. Sin justicia y sin memoria no hay democracia. A partir de allí, el resto.

Durante las últimas horas, luego del episodio vivido por el viceministro de Economía, Axel Kicillof, y su familia, se ha escuchado todo tipo de argumentaciones, repudios y teorías sobre estas prácticas. Muchas de estas voces tienen, de alguna manera, una suerte de doble estándar a la hora de opinar, o lo hacen desde una perspectiva particular, que es la de saber que en cualquier momento lo pueden vivir en carne propia.

La cuestión es evaluar la situación, el contexto, los antecedentes y la forma de llevar adelante un escrache. Y, especialmente, el personaje a quien estará dirigido. Está claro que arremeter en masa, camuflados en el anonimato y contra un tipo que está con su familia, es un acto de cobardía. Sea quien sea. Es por la dignidad, especialmente, de los nenes. En este caso puntual, además, porque Kicillof, hasta donde se sabe, no ha matado a nadie, no ha torturado ni ha fundido un país. Sólo representa un gobierno, un modelo de hacer política en Argentina, que a muchos puede disgustarle, pero que fue validado por 54 por ciento de los votos en las últimas elecciones. Esto no significa que la aprobación masiva implique impunidad. Sin embargo, por ahora, más allá de que se puedan compartir o no las decisiones ejecutivas, no se puede endilgar ningún delito concreto, porque, más allá de las sospechas de corrupción en diferentes estamentos del Gobierno, lo cierto es que a Kicillof le fueron por el lado ideológico y personal, con consignas de neto corte fascista.

“Judío de mierda”, “marxista de mierda”, “hay que tirarlo al río”, fueron algunas de la consignas republicanas dirigidas a un hombre con un nene a upa, en la sala de pasajeros de un barco que, se cree, traía o llevaba gente –en teoría eran personas– de vacaciones. Lo encontraron, lo reconocieron y decidieron ajusticiarlo por los mismos motivos que lo insultaron: por judío, marxista y, vaya pecado, kirchnerista.

Luego, las reacciones; de un lado y del otro. Rechazos incondicionales, parciales; justificaciones y falacias para explicar una suerte de “todo vale”. O el escritor y periodista Jorge Asís, vinculado con el menemismo y confeso anti-K, se manifestó en contra de lo sucedido a través de las redes sociales. Y se animó a escribir en Twitter: “Guarda: en cuanto se comienza a tratar de entender a los escrachadores, se perfila una justificación. Brota el autoritario.”

Entonces, vale la pena volver al origen del escrache, o de los escraches en la era moderna, y ver qué tan cobardes han resultado y hasta dónde han sido producto del autoritarismo o sólo respondieron a la búsqueda de justicia.

Alguien mencionó que la sensación de impotencia que sintió cuando vio lo de Kicillof le hizo recordar el escrache sufrido por Roberto Alemann hace unos años. No por las características del personaje –ya que este fue ministro de Economía durante el gobierno de facto de Leopoldo Galtieri y formó parte del período de la historia más nefasto de nuestro país– sino por la cobardía. En aquella ocasión, una treintena de personas insultó, escupió y golpeó a un hombre vetusto e indefenso. Cuando eso ocurre, el escrache pierde legitimidad.

No son escraches los de la presidenta cuando arremete contra medios opositores y contra artículos y periodistas que, para ella, distorsionan y deforman la realidad. Es parte del juego y de la libertad de expresión. Todos pueden opinar. Se disiente, se discute, se debate y se confronta. ¿Está mal confrontar ideas, posturas, puntos de vista? No son escraches –palabra sin sinónimos– las manifestaciones de Hebe de Bonafini contra jueces y periodistas. Lo de Hebe se parece más a la intolerancia y a la persecución ideológica que a otra cosa. Poco afecto por la vida democrática eso de andar haciendo juicios públicos en una plaza, con proclamas cargadas de virulencia. Como dijo alguna vez el ministro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni para restar importancia a esa manifestaciones: “Y… es Hebe”.

Tampoco lo son las campañas de la vía pública en contra de periodistas. Son, al igual que el caso Kicillof, gestos de cobardía. Escraches eran los de antes. Era la búsqueda sin descanso de justicia, más allá de las instituciones. Era decirles a los represores que, aun en libertad e indultados, la gente no olvida, y que jamás dejarán de ser eso: represores.

Muertos, vivos, en acción o retirados, siempre serán represores. Allí estaban los chicos de HIJOS, buscando ponerle a cada uno el rótulo que el tiempo y los gobiernos cuasi negacionistas intentaron borrar. Investigaban, buscaban y encontraban. Y cuando ese ocurría, el escrache. Señores, sepan que esta persona que se pasea entre nosotros es responsable de secuestros, torturas, homicidios, desapariciones y robos de bebés. Allá hay otro y otro. Todos serán señalados, para que nadie olvide.

No se trataba de un tribunal inquisidor. Era mostrar las fallas de un sistema que alteraba de manera violenta el principio de igualdad ante la ley. De ahí, el reciente escrache a Jorge Magnacco, descubierto en un centro comercial cuando debería haber estado en su casa, con prisión domiciliaria, cumpliendo la condena impuesta por robar bebés que nacieron en la ESMA.

Hasta Quentin Tarantino, en su ruda, cruel y original imaginación, pensó en una forma de escrache y la llevó a la ficción de la mano de Brad Pitt en el papel del teniente Aldo Raine en Bastardos sin gloria. Exageración, es cierto, eso de dejarles la esvástica marcada en la frente, para que se los pueda identificar con o sin un uniforme. Pero, un nazi siempre será un nazi. Y adonde vayan los irán a buscar.