Por ahí el cielo nos bombardea de belleza y nosotros, citadinos, no lo advertimos. No nos damos cuenta ni siquiera nos enteramos. Es que vivimos inmersos en un laberinto de asfalto y cuesta ver el horizonte. Este queda para todos lados, pero cuesta mucho saber donde está “todos lados” en una ciudad. Salvo desde algunos edificios y desde algunos explayados, como la Plaza Independencia, no podemos ver la Cordillera.

    Ésta nos suele brindar unos atardeceres magníficos: nubes con vuelo, cerros decididamente azules, despedidas del sol que pasan por el amarillo, el naranja y el rojo intenso. Llamaradas de ocaso que están ahí, armando un espectáculo único e irrepetible para que muy pocos se solacen con él. Por el otro lado, las lunas llenas que suelen levantarse en esta época son invitaciones al asombro, a la belleza, al amor.

   De uno y otro lado nos sacude el cielo, pero nosotros estamos demasiado ocupados en ver qué mensajes tenemos en nuestro celular. Conozco un grupo de personas, la secta de adoradores de Febo Asoma, que, cuando vuelven de sus juergas nocturnas de sábado, se van a ver la salida del sol a El Challao. Lo hacen en silencio, con un buen vino a mano y una tonada en el reproductor de sus autos. Y les ocurre ¿eh?. Todos los amaneceres del domingo vuelven a enamorarse.