“Tras su paso, la pandemia de COVID-19 dejará un orden mundial mucho más débil, más caótico, que nos perseguirá durante mucho tiempo”. A esa reflexión llegó hace pocas horas el premio Nobel de Economía del 2008, el estadounidense Paul Krugman, cuando desde la BBC le pidieron una reflexión sobre el particular momento que vive la humanidad.
Lo que dejará la crisis del nuevo coronavirus y, particularmente, saber cuándo terminará la pesadilla son temas que han comenzado a desvelar a medio mundo, por no decir a toda la humanidad. Quién y quiénes quedarán en pie y cómo, por sobre todo, cuáles serán las regiones más afectadas y en dónde las secuelas se notarán mucho más que en otras, y qué pasará con las instituciones y la política son preguntas que hoy no tienen respuestas, cuando los países y sus gobernantes, específicamente, se encuentran concentrados en resolver los problemas y las consecuencias internas que está dejando la peste por sus territorios.
En Sudamérica, todo parece que será mucho más lento que lo que ha sido en Europa. Se empezó antes, lo que pudo ser un guiño favorable frente a la debilidad económica e institucional en la que se encuentra, a modo de prevención y de preparación para lo que indefectiblemente llegaría con el inicio del otoño. Pero, todo indica que el achatamiento del pico de los contagios para los países como Argentina, que decidieron optar por una cuarentena extendida y dura, dejará un daño económico, psicológico y hasta social para su población mucho más severo que en otros lugares. De todas maneras, aún es muy pronto para sacar conclusiones determinantes, más allá de advertir, describir y sufrir los efectos desoladores del parate económico.
Krugman sostiene que nada será igual y que las consecuencias ni siquiera pueden ser comparadas con lo que dejó la crisis financiera del 2008 con sus réplicas en Europa de los años 2010 y 2013. “Las instituciones se vieron alteradas en aquella crisis económica; más tarde surgiría el brexit, por ejemplo, y la Organización Mundial del Comercio sufrió en alguna medida los efectos, pero el comercio en términos generales siguió siendo más o menos igual luego de aquello, con un Estados Unidos igual de influyente a nivel global. Con la pandemia de COVID-19, todo será diferente, ha sido una maldición en un contexto general”, dijo el comentarista y columnista de algunos de los principales medios del mundo occidental.
Krugman habla de cambios “psicológicos y perceptivos muy diferentes en el mundo, tras un shock económico del que no tenemos idea cuánto durará y menos cuándo terminará, quizás en un año o más”, de acuerdo con su perspectiva. Para el Nobel de Economía, el mundo estará menos integrado económica y políticamente. La buena fe en las relaciones comerciales se va a perder, vaticina Krugman, porque el poder de los Estados Unidos se irá desintegrando. Junto con eso, sumó el “desmoronamiento” de las reglas del comercio tal como se conocían hasta fines del año pasado.
Para afirmar esto último, Krugman sostiene que, tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se convirtió en una suerte de potencia estabilizadora de los intereses políticos y, sobre todo, económicos, haciendo valer lo que llamó su “poder blando”, atributos que hoy ha perdido con la administración de Donald Trump, según el economista.
Estados Unidos ha perdido credibilidad, dice Krugman, por el mal manejo de la crisis, por la deshonestidad con la que se ha movido, porque ya no cuenta con aquel “poder blando” estabilizador, porque se creía con certeza que Estados Unidos sabía hacer las cosas y que todos querían emularlo y porque, además, se respetaban su democracia y el Estado de derecho que reinaba. Hoy, dice Krugman, “Estados Unidos no es efectivo y tampoco se ve tanto ese Estado de derecho que lo caracterizaba”.
Si Estados Unidos se aleja del rol que históricamente ha tenido como estabilizador de los múltiples intereses económicos y políticos en el mundo; si la Unión Europea, que pudo haber ocupado ese lugar y ese rol, persiste con sus diferencias internas y con un euro que no logra remplazar al dólar como moneda internacional, emerge China –cuenta Krugman– como la nueva potencia, porque fue más inteligente y sensata al momento de combatir la pandemia y desde ya que mucho más efectiva. Sin embargo, China no da confianza, por su sistema de gobierno, y porque se cree que si se le da el rol que ha tenido Estados Unidos, en vez de utilizarlo para estabilizar, intentaría sacar un provecho de eso en su propio beneficio. China, dice Krugman, “no da garantías” y lo peor es que Estados Unidos hoy se parece más a China de lo que ha sido en su historia. “Lo que viene, me parece, es un orden mundial mucho más débil y más caótico tras el coronavirus que nos perseguirá por mucho tiempo”, agrega el intelectual.
