Lo fue a recibir el dueño del cabaret. Más pinta de chanta, imposible el tipo. Lo fue a recibir, a él y a Emilio, su tecladista, en un Falcon destartalado y lleno de caquitas de paloma. Nadie podía imaginar que tres años atrás, en sus últimos shows había juntado a más de 43.000 personas en el Luna Park. Ahora se iba a presentar en un cabaret de baja estofa en el interior de la provincia de Tucumán para casi nadie. Cuando abrió la puerta para entrar al coche, tuvo que correr un atado de ropa sucia y papeles viejos. En un susurro le dijo a Emilio: “No vamos a cobrar ni el primer show”. Tuvo razón, no lo cobró. El cabaret era, en sus palabras “espantoso”. Llegó al hotel de pueblo en el imposible Ford, y de la única valija del viaje –valija que había guardado tantos Armani, tantos Versace- sacó tres bolsas de plástico. La de los zapatos decía “Gomería Cholo”; la de las remeras, “Supermercado Norte”; la de la ropa interior, “Lavadero La Espumita”. Se miró en el espejo y se dijo “Estás en problemas Sergio Denis”.

La anécdota me la contó el mismo Sergio, en la tarde del 4 de septiembre de 2018 en “Dulces y Amargos”, un programa que tuve en Radio Nacional pero que lamentablemente no puede ser escuchado en su totalidad en la página de la radio (esa radio que ahora se promociona con el slogan “Volver a escucharnos”, faltándonos el respeto a todos los que hicimos y escuchamos la radio durante años, con esa costumbre de este gobierno de autopromocionarse como el inicio de todo); sólo está disponible la primera parte de una charla en donde Denis cantó, repasó hits, alegrías y fracasos, una historia tan argentina que emociona y duele.

Entre los shows del Luna y el cabaret tucumano, la metáfora de un emprendedor nacional, con empuje y talento propio y todo el contexto pateándole en contra. El juego de la Oca en Argentina es maldito. Siempre que tirás, perdés y si no perdés, te quedás tres turnos sin jugar. Es más difícil, acá. Siempre.

Son las canciones grandes responsables de nuestra educación sentimental. El vaso del que todos hemos bebido, la biblia de los sentimientos, el oráculo de los corazones en banda. Es por eso que Sergio Denis es parte de todos nosotros aunque no lo sepamos. En la panza de tu madre o como una ráfaga desde la radio del auto, en la puerta de la disquería una tarde de frío o entre los discos de algún primo mayor. No hace falta saber su nombre, las canciones están siempre. Célula de los sentimientos. Cédula de las pasiones. La manera que tiene la música para decirnos que en el fondo, somos todos iguales. “Nace el hombre, nace porque es un niño y al despertar cree que ha despertado el mundo y comienza a andar” cantó Sergio Denis.

Pero Sergio Denis, con ese destino de estrella que él supo desde siempre que le había tocado, fue un artista popular en estas pampas. En un país normal sus últimos años hubieran sido sólo de grandes recitales en salas colmadas, viviendo en una mansión inexpugnable y misteriosa, con esporádicas apariciones majestuosas, bebiendo la gloria merecida. En cambio acá, acá todo es más difícil. No pudo descansar ni el último día. Cayó de un escenario descuidado, cayó por esa desidia e irresponsabilidad a la que nos fuimos acostumbrando como si no mereciésemos algo mejor. Esta tierra endemoniada parece encarnizarse con sus habitantes sin mayores distinciones. No le alcanzó a Sergio ser el dueño de más de 40 hits imborrables, ser autor de la canción de cancha más cantada en el mundo, vender millones de discos y convertirse en una presencia constante durante años en las radios y las televisoras del país. En Argentina, Sergio Denis pasó por la cárcel, por el hospicio y hasta por la muerte.

Cuando en los ’90 vio que muchos teatros se convertían en supermercados o templos evangélicos quiso tapar el sol con una mano e intentó comprar y remodelar uno, para que no se perdiera. Eso que en casi cualquier lugar el mundo merecería el aplauso, acá fue su condena. “El otro día –contó en aquella nota- veía imágenes del Coliseo de Lomas de Zamora; si la gente quiere entrar en internet y verlo le agradecería para que vea la obra que dejamos.” Se puso al hombro un teatro para 1170 personas que estaba en decadencia para que la obra no se convirtiese en un estacionamiento más. Recuperó barandas, remodeló 600 butacas, reconstruyeron ochenta tulipas originales. “Ahí me fui la mierda –reconoció en aquella tarde de septiembre del ’18- Y no me arrepiento. No tuve apoyo de la municipalidad ni nada. Y cuando debés 300 mil dólares invertidos en seis meses, plata que no tenés, que le pediste a bancos y financieras, al año debés un millón y al año dos millones de dólares. Y ahí vino la quiebra, me remataron todo, me dejaron una mesa, dos sillas que te tienen que dejar por ley, la cama y la cómoda pero no lograron vencerme.”

Lo detuvieron y durmió en el escritorio de un comisario. Su abogado y su hijo lo llamaron para preguntarle qué quería. Y pidió un libro de Confucio que abrió al azar y leyó “que nada ni nadie te aparte del camino que te has propuesto”. Y se dijo “ya está, no me van a voltear”.

Y otro día se despertó y ya no tenía voz. Tuvo que empezar desde cero, mudo, sin un peso. Su único pecado había sido querer salvar un teatro en un país ingrato. Y murió. Por 17 minutos en Paraguay, murió. Y empezó un largo camino y llegó al neurosiquiátrico.

– Sergio –le pregunté- estuviste en la cárcel, la muerte, el neurosiquiátrico ¿cuál es peor?

Hizo un silencio, no contestó lo primero que se le ocurrió, pensó mucho y me dijo:

– El calabozo, cuando todavía no hay decisión del juez de qué hacer con vos y te mandan con dos policías con armas largas, a la cárcel de la Alcaldía, ¡Uff! eso hay que aguantárselo, eh. Haberme muerto en Paraguay, no, me hizo más fuerte, me puede pasar hoy porque tengo la sangre coagulada, me puede pasar en cualquier momento, estoy preparado para que me pase…algunos días del neurosiquiátrico eran tremendos. No tenés manera de entretenerte con nada, estás hablando con gente que está peor que vos, había chicos que te daba tristeza ver, tenían 22 años y no podían caminar de tanto paco. ¿Sabés lo que es que mi única alegría era el desayuno, la comida y la cena de la noche? Caminaba por la glorieta 90 pasos de 15 centímetros calculando las horas que faltaba para la próxima comida porque era el único entretenimiento.

Sergio estaba feliz esa tarde. No tenía postura de sabio ni la soberbia de alguien que hubiera vuelto de todo y estuviese más allá. No. No era la estrella en camino de redención. No. Era una persona que hablaba sereno con mis compañeros Marcelo Fernández Bitar y Carla Ruiz, que cantó “Nunca supe más de tí” con Marcelo Dellamea, que era el músico del programa.

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Incluso encontró un momento para reírse de su experiencia en el neurosiquiátrico:

– Había un loco al que una noche le cedí mi silla, porque había 26 esperando y 23 sillas, y el loco me mira y me dice “¿Qué hacés, Donald?”. Y después, todos los días así, “¿Qué tal, Donald? ¡bien ‘Las olas y el viento’ eh!”. Así todo el mes que estuve, yo le seguía la corriente, todos los días. El último día me despide y me dice “Chau, Sergio Denis”. Me estuvo cargando un mes.

Seis meses antes de la caída final en el Mercedes Sosa de Tucumán, nos contaba que estaba contento porque de a poco estaba pudiendo volver a comprarse equipos, a armar a su gente, a salir a tocar y cantar. Tenía planeado según dijo esa tarde un disco de folklore, el obvio primer paso de casi cualquier músico argentino de su generación. No lo pudo cumplir.

El 11 de marzo del año pasado la desidia, el maltrato y el descuido de un país ingrato le volvieron a abrir una trampa a sus pies y ya no pudo levantarse. Un año y dos meses de coma, una agonía insoportable y el final, en una semana argentina en donde todo parece caer, caer, caer, como una maldición. Como si ese fondo que creíamos haber tocado fuese un espejismo, y aparece otro, y otro, y otro.

Pero no hay maldiciones. Toda caída puede ser prevista. Incluso la de Sergio Denis que un día en la celda de una alcaldía, abrió un libro al azar y leyó “que nada ni nadie te aparte del camino que te has propuesto”. Gracias Sergio, por todo.