En un edificio de Buenos Aires, los vecinos de un enfermero le dejan un cartel en el ascensor. Allí lo insultan, lo amenazan y le ordenan que tiene que mudarse de inmediato para no contagiarlos de coronavirus. En San Juan, un grupo de personas amenaza con apedrear y prender fuego la casa de una joven que se ha transformado en la primera contagiada de la provincia. Por todos los medios disponibles, a la pobre mujer la acusan de todo, la estigmatizan, la martirizan. En Mendoza y por varios grupos de WhatsApp, circula la inquietud de no pocos que piden datos sobre las veinticinco personas afectadas por la peste maldita. Quieren saber dónde viven, qué hacen, qué hicieron y maldecirlos, claro está, por haberse enfermado.

Ayer nomás, en un operativo cerrojo transmitido en vivo por todas las cadenas televisivas del país con asiento en Buenos Aires, fuerzas de seguridad de la Ciudad, la CABA, frenaban de manera cinematográfica y espectacular un colectivo que provenía de la Quiaca con 62 pasajeros, en su mayoría extranjeros, venezolanos y colombianos más un puñado de argentinos, según se informaba sin mayores precisiones.

Los funcionarios de la CABA, muchos periodistas y, desde ya, que algunos vecinos muy alterados, por poco daban por hecho que tales personas podían estar infectadas y que, en tal situación, habían logrado transitar casi todo el territorio nacional sorteando retenes y a las brigadas de control social especializadas en la detección de humanos con coronavirus.

En verdad, todo indica que tales personas habían salido de Jujuy luego de haber realizado una cuarentena obligatoria en hoteles y que, con la autorización del gobierno de Gerardo Morales, no hacían otra cosa que volver a sus hogares en Buenos Aires. Pero la parafernalia y la caza de brujas alrededor del operativo, y en el tratamiento periodístico, dejaban mucho que desear.

Luego de que la nueva enfermedad comenzara a expandirse por el mundo –diez días después de aquel 3 de marzo, en el que nuestro país registró el primer caso de coronavirus– el gobierno de Alberto Fernández comenzaba a cerrar las fronteras del país, primero a extranjeros y no residentes y, más tarde, el bloqueo sería total. Ese estado de situación persistió hasta algunas horas, en las que dispuso –frente a los miles de argentinos fuera, decenas de miles, tantos que nadie a ciencia cierta sabe a cuánto ascienden en total– abrir esta vez los pasos terrestres y establecer corredores seguros para que 700 aislados puedan pasar por día.

Desde el norte hasta el sur del país, no han sido pocas las voces que se han levantado frente al retorno de los compatriotas; argentinos a los que, en algún momento, se los calificó, desde el propio gobierno, de irresponsables e individualistas por dejar el país. Los planteos, exaltados en su mayoría, ya no sólo levantan sospechas sobre el estado de salud de quienes están volviendo, sino en si harán la cuarentena, si serán conscientes del momento en el que se está y si los organismos de seguridad y de salud, los que reinan en tiempos de pandemia, vigilarán, controlarán y custodiarán sus movimientos.

Ya no hay dudas de que el mundo será distinto una vez que pase la pesadilla. Lo que no se sabe es qué será, precisamente, en qué se convertirá, hacia dónde mutará. Ni tampoco hacia dónde irá su propia organización y la de los pueblos dirigidos por jefes de Estado que se aprovechan del momento para profesar más que nunca sus convicciones ideológicas entre liberales progresistas y nacionalistas conservadores, por caso. Y, como se ha dicho hasta el hartazgo por estas horas, la pandemia, como las situaciones límite y el poder, muestran a las personas cómo son; y, lo que más se nota, son las miserias que llevamos incorporadas.

También, el miedo y la ignorancia –dicen los especialistas– mueven a las personas hacia los extremismos, a cometer actos impropios y muchas torpezas. Pocos días atrás, el Consejo Consultivo de la Licenciatura en Psicología de la Fundación UADE, se ocupó del asunto para llevar un poco de tranquilidad. Dijo por caso que la palabra pandemia “no refiere a la gravedad, sino al alcance de su propagación geográfica”. Habló también de las noticias “que generan pánico, llevando a conductas compulsivas innecesarias y peligrosas en términos sociales, como el aprovisionamiento de medicamentos y alimentos no perecederos”. Advirtió sobre las redes sociales y las fake news. Agregó que las pandemias terminan en un lapso determinado y se autolimitan”, lo que es importante para evitar la idea de un final apocalíptico y dijo, además: “El miedo paraliza, el caos confunde, la incertidumbre provoca ansiedad y angustia, la información calma y la solidaridad tranquiliza”.

Además de las consecuencias sanitarias, de la catástrofe económica que el parate ha provocado en todo el planeta y de todo lo que se habla a cada instante en cualquier pueblo y país afectado por la pandemia, los países como Argentina se sumergirán, probablemente, en un debate político de mucha profundidad. Girará en torno al estado de salud de la República y de sus principios institucionales, en el de la democracia y sus pilares fundamentales, y en la recuperación de garantías que, no pocos, –nos sorprenderíamos al conocer el número– sueñan con seguir limitando para la mejor administración del poder y las conciencias.