Una vez más, el asesinato de una mujer expulsó de su mullido sillón a un ministro de Seguridad de la administración de Julio Cobos. Otra vez un asesinato infame, cobarde y vil moviliza fuertemente a una ciudadanía que, conmovida, por fin reacciona, sale del letargo y del adormecimiento propio que causa el parecer contar con un peso más en el bolsillo. Y se para firme y llama la atención. Y cuestiona, critica, grita por justicia, clama por seguridad, por tranquilidad y exige cambios. Otra vez el asesinato de una mujer.

    Como sucedió con Claudia Oroná en noviembre del 2004, la maestra acribillada frente al jardín en el que daba clases. Como con Susana Cruz de Rubino, en octubre del 2005, baleada frente a su casa en la Quinta Sección y fallecida luego de una agonía de casi un día, y ahora con Laura Abonassar. Roberto Grillo, Osvaldo Tello y Miguel Bondino debieron dejar sus cargos obligados por el imperio de la cara más terrible del flagelo de la inseguridad, no porque el jefe del Poder Ejecutivo haya tomado nota de lo que todo el mundo parece saber, ver y padecer con formidable claridad.

    Cuando hace una semana, en este mismo espacio, hablábamos de desconexión, aludíamos a la brecha, al divorcio que se evidencia entre un gobierno en retirada. Un grupo de funcionarios concentrado en cómo encontrar la manera de que, aun afuera de la administración, como sucederá a partir de diciembre, se le permita seguir manejando los hilos del poder. Y si no es en la provincia, que ese poder se consiga en la nación, consumado el acuerdo electoral entre el presidente y el gobernador.

    Y si esa fórmula por la que se desgañitan les permitiera controlar el poder o bien sacarle algún usufructo vitalicio en la provincia y en la nación, mucho mejor todavía. Sería el paraíso. Lamentablemente, fue una muerte la que hizo estremecer a una administración anestesiada por los resultados edulcorados de los sondeos de opinión oficiales. El regreso estelar de Alfredo Cornejo al Ministerio de Seguridad ha puesto en evidencia no sólo un despertar y una vuelta sorpresiva a la realidad que el Gobierno no esperaba, sino también la perversidad con que parecen conducirse algunas cuestiones de Estado.

    Hoy, mágicamente, aparecen los gendarmes, los operativos en los barrios periféricos, los allanamientos y el apoyo –sospechoso por el tufillo a interés político que emana– de algunas figuras del elenco del Gobierno nacional. Puede que Cornejo haya tenido una llegada mucho más directa que el ineficiente Bondino a las autoridades nacionales, producto de su función como operador top de Cobos, y que eso le haya permitido eliminar algunas trabas burocráticas para que, en cuestión de horas, lleguen gendarmes y recursos para la lucha contra la delincuencia y otros elementos y equipamientos logísticos.

      Un buen ejercicio sería preguntarle a la familia de Laura si le encuentra alguna justificación a la demora de todo lo que se anunció y aparentemente está llegando ahora y no antes, cuando ese antes era apenas ayer, no quince o veinte años atrás. Podrán decir que mencionar a la familia y deudos de Laura es un golpe bajo para las autoridades. Es cierto. Pero no se puede perder más tiempo con otros recursos lingüísticos más diplomáticos pretendiendo una toma de conciencia de los funcionarios responsables de cómo se percibe desde el llano su accionar apoltronado.

     La desesperación que causó en el seno del Gobierno la manifestación del malestar e indignación de buena parte de la sociedad luego de la muerte de Laura lo llevó, atinadamente, a tender puentes con diversos sectores. En las primeras horas luego del estupor, se pudo ver a un equipo de funcionarios conmocionados. Cornejo pidió ayuda. Tomó contacto con referentes políticos y hasta buscó apoyo en los medios de comunicación. El mismo Cobos hizo lo propio con el fin de que su colaborador predilecto sea apuntalado en esta nueva cruzada contra el delito, sin desconocer que en su anterior paso por el ministerio el enfrentamiento que Cornejo generó con los medios le trajo réditos inmediatos, lo posicionó en los primeros planos de la política siendo a la vez el mejor de los escudos que tuvo el gobernador a las críticas.

     Ambos recuerdan que por aquellos días se culpó a los medios de la sensación de inseguridad y hasta se contrató a un publicista y especialista en marketing para maquillar la comunicación pública de los hechos delictivos. Pero ese gesto de humildad y sensatez duró muy poco. Porque, horas después, la administración volvió a la senda acostumbrada: la verba oficial tomó a la Justicia como blanco favorito con la acostumbrada crítica de que son los jueces los que permiten que caminen por la calle personas que deberían estar alojadas en la cárcel; también hubo palos para la oposición que sólo cuestiona y critica haciendo un uso político y electoral del mal momento que vive la provincia y, para no desentonar, contra la Legislatura a quien se le achaca falta de constricción al trabajo y superficialidad, cosa para nada asombrosa ni novedosa.

    Ahora bien, ¿la sociedad resiste este espectáculo de pases de factura cuando ha dado muestras de una paciencia que sólo rompe la fuerza de las balas de la delincuencia, cuestión que, dicho sea de paso, tampoco habla bien del grado de compromiso colectivo que tenemos? Las marchas y concentraciones espontáneas de ciudadanos comunes que han vuelto tras el asesinato de Laura golpean fuerte en el alma del gobierno de Julio Cobos. Todas las razones de esa preocupación oficial que surge se transforman inevitablemente en cuestiones políticas, porque la angustia y el hastío de los sectores medios dejará un residual de desencanto para el examen de octubre.

    Pero si algo perturba en el seno del Gobierno es que el fastidio proviene de los sectores que siempre se identificaron con un gobernador al que vieron como un representante genuino, surgido de sus filas, del barrio, de costumbres sencillas y de actos transparentes. Si el gobernador pierde parte de ese capital con el que todo político sueña, podría ser el principio del fin y también el del encanto, como el que acompañó por un tiempo a la carismática, tierna y fascinante Cenicienta. Por su lado, Cornejo ha vuelto a lo suyo. Al ruido.

    Luego del golpe que le significó no ser ungido como el aspirante a suceder al gobernador y tener que resignarse con una candidatura a intendente en Godoy Cruz, preparándose para lidiar con vecinos protestones, con cunetas tapadas, pavimentos destrozados, barrios sin cloacas y calles sin luces, asuntos para los que no fue forjado, el retomar el ministerio de calle Salta es un volver a vivir. Los medios, la polémica pública, le han regenerado la adrenalina que había perdido. Es mucho lo que se juega y lo que puede perder.

    Pero Cornejo sabe lo que puede ganar si la suerte lo acompaña: con un Cobos encaramado como vicepresidente de la nación, cargo y puesto que el cobismo da por sentado que logrará, el futuro de El Petiso al lado de la persona por la que hizo tanto es, cuanto menos, amplísimo, rico y lejos,muy lejos de la comarca que lo catapultó. Ojalá Cornejo tenga suerte. Por el bien de todos.