El chisme puede ser una verdad o una mentira, pero tiene un atractivo especial en su contenido, porque atrapa a muchos, hace cómplices a muchos y su contenido se desparrama con la misma facilidad que un estornudo. Es una institución antiquísima que no termina nunca, un medio de comunicación sin impresoras ni cámaras ni micrófonos. Su origen es incierto, nace como de gajo y a veces se sustenta en hechos reales, aunque, en la mayoría de los casos, sólo en la inventiva de alguien que sospecha que tal cosa puede ser.
Después, con el migrar por el río del comentario, va puliéndose hasta transformarse en un canto rodado, aunque muchas veces desmienta la orden: pruebas al canto. Suelen ser malignos, invasores, mortificantes y muchas veces se instalan en las antípodas de la verdad. Pero, como un monumento a lo posible, se adhieren con firmeza en el inconsciente colectivo y entonces hasta la misma verdad se cree la mentira. José Hernández dice en una de sus sextillas más recordadas: “Las faltas no tienen límites / como tienen los terrenos / se encuentran en los más buenos / y es justo que les prevenga / aquel que defectos tenga / disimule los ajenos”.
Al parecer, el Martín Fierro no tiene mucho predicamento en los barrios, porque el chisme sigue vivito y coleando. Así como hay periodistas especializados, también hay especialistas en el chisme, quienes no pueden vivir sin meter los ojos y las narices en las ventanas de los demás. El chisme está vivo.
