Símbolos hay muchos, algunos ligados a los recuerdos más espantosos, como la esvástica de los nazis, algunos representando la preocupación por el futuro, como es el de Unicef, otros que expresan el supremo peldaño de toda escalera deportivo, como el de las olimpíadas. Se ha puesto de moda en este planeta un símbolo que en la primera mitad del otro siglo pasó más desapercibido que cura en el Vaticano: el símbolo arroba. Desde que las comunicaciones electrónicas se abrieron paso en nuestra sociedad, el símbolo arroba ha pasado a tener un protagonismo de peso.

         Porque antes del e-mail, la arroba era una medida de peso, equivalente a 25 libras o sea a 11, 5 kilogramos. Fue muy usada en la época de la colonia y sobre todo para comerciar con los ingleses, quienes por entonces eran los que comerciaban con medio mundo. Después fue cayendo en desuso, como otras medidas , tales como onza, yarda, legua y muchas más. De golpe, la cibernética puso otra vez la palabra arroba en funcionamiento y lanzó al estrellato ese símbolo, que es como una A rodeada por su propia cola.

          Ahora está en todos lados: aparece en las computadoras, los folletos, los sobres con membrete, las propagandas de televisión y hasta en las notas de los diarios debajo de la firma del columnista. Ha entrado a formar parte de nuestra identidad, porque en la actualidad, aparte del nombre, la cara, el ADN, el DNI, el CUIT, el CUIL, uno tiene su propia dirección de correo electrónico que lo identifica, que le dice al mundo: Aquí estoy yo. Sin embargo, en todos ellos habita arroba, es un símbolo de estos tiempos, una manera de demostrar que uno está actualizado, una forma de hacer ver que existimos.