Un montañista mexicano vino a Mendoza buscando convertirse en el primer ciego latinoamericano en hacer cumbre en el Aconcagua. Su idea es mostrar que la falta de vista no es un obstáculo para completar el desafío y darle así una connotación diferente a la palabra “discapacidad”.
Rafael Jaime Jaramillo tiene 31 años, es abogado y oriundo de Durango, un estado de México. Desde mediados de 2018 escala montañas y ahora lo hace en compañía de Omar Álvarez, con quien forman el grupo Cordada Obscuras, con el objetivo de mostrar que “no hace falta ver para creer”.
“Escalamos todos los picos mexicanos y tuvimos algunas expediciones internacionales, como en Ecuador y Marruecos. Queremos abrir las montañas, hacerlas accesibles, que se vincule también a las personas con discapacidad: que todos vayan o puedan escuchar y ver lo que hacemos”, afirmó Rafael.

Respecto al desafío del Aconcagua, el primer ciego en alcanzar la cumbre fue checo y lo hizo en 2013, pero Rafael busca ahora representar a Latinoamérica y derribar preconceptos relacionados a la ceguera. El ascenso lo realizarán por Plaza Argentina, en la cara norte, a partir de este lunes por la mañana.
De la ceguera a la cima
A los cinco años, Rafael tuvo retinoblastoma bilateral, un cáncer en la retina que le costó el ojo derecho. Cuando tenía 18, le surgió una vez más en el izquierdo y perdió por completo la vista.
“Toda mi vida hice deportes. Al quedarme ciego, eso se convirtió en terapia. Podía gestionar mis pensamientos negativos, salían endorfinas, me sentía super bien”, relató. Fue en esa época que decidió que su proyecto de vida sería conocer el mundo. Con esa imagen en mente, eligió subir el Citlaltépetl, la montaña más alta de México y ahí surgió su pasión por el montañismo.

“Los lugares nuevos los exploro a través de mis sentidos y mis amigos. Como pude ver por 18 años, tengo una idea de todo. La gente se vuelve narradores de historias. Por ejemplo, mi compañero Omar me cuenta las grietas de los glaciares por los que vamos, cómo sale el sol y yo siento todo los demas: olores, sonidos; todos mis sentidos registran el momento”, explicó.
Un equipo ecualizado
Omar Álvarez tiene 39 años y es quien subirá junto con Rafael al Aconcagua, como han realizado con distintas montañas en los últimos meses. Él llego a esta actividad cuando su padre le pidió junto a su hermano que llevaran sus cenizas al lugar más alto de México. Tras prepararse y cumplir esa última voluntad, supo que no quería parar de escalar.
“Me estaba preparando para venir al Aconcagua y vi que no tenía con quién compartir mis grandes sueños de Montaña. Fue entonces cuando vi a tres alpinistas que iban agarrados de los hombros, lo cual es muy raro. Después de ver que Rafael era ciego, en casa me di cuenta de que él era la persona que yo buscaba, así que lo rastreé por las redes sociales. Dios nos puso allá arriba porque tenemos algo que hacer juntos”, relató Omar.

Desde entonces, ambos definen su trabajo en equipo como un baile. “Rafael necesita ser guiado y nuestros movimientos tienen que ecualizarse de tal forma que la comunicación no verbal termina diciendo más que las palabras. Él lee mis movimientos y así tenemos un ascenso seguro”, explicó.
A modo de ejemplo de cómo se complementan, Omar relató una oportunidad en la que estaban escalando y se desorientaron. “Entonces él pudo escuchar dónde estaba la carretera y así pudimos volver. Me siento más seguro estando en su compañía”, aseguró. Rafael agregó que la experiencia no es una cuestión de responsabilidad para su compañero. “Yo no sigo a Omar ni me lleva: vamos juntos. No es pensar por dos, es fluir como uno.
El techo de América
El equipo aseguró que la principal expectativa frente al Aconcagua es disfrutar la experiencia.
“Lo que quiero dejar como mensaje es que las diferencias crean oportunidades. Yo no me vinculo mucho con ciegos, no creo que exista la discapacidad. Para mí es una oportunidad. No puedo decir ‘vamos, ciegos, sí se puede’. Cada persona tiene circunstancias diferentes, lo que importa es cómo las utiliza a su favor”, expresó.

Rafael sostiene esa convicción al punto de poder expresar que lo mejor que pudo pasarle en la vida es haber quedado ciego. “Yo bromeo con que si recupero la vista se me acabaría el trabajo. Es un chiste, pero realmente no imaginé a los 18 es que por esto podría conocer países, vivir una vida que disfruto mucho y que me hace sumamente feliz”, finalizó.
