Hay lugares que son muy custodiados y que tienen un sistema de vigilancia especial, debido a la naturaleza de tales organismos. Ocurre con las cárceles, que tienen guardias y sistemas de seguridad por todos lados, aunque, de vez en cuando, algún preso hábil les hace un túnel. Otros de los lugares custodiados son las comisarías o las centrales de policía. Los regimientos y las organizaciones militares también tienen un celo permanente y no hay un momento en que queden sin guardia. Pero no debe haber un lugar más custodiado en el país que la Casa Rosada, donde mora, durante sus períodos de trabajo, el presidente de la Nación.

Está custodiada por los granaderos, los servicios secretos, la Policía Federal, etcétera. Usted me dirá que no puede haber lugar más seguro que ese, salvo que se produzca algún cacerolazo. A ese lugar lo afanaron. Nadie sabe cómo entraron ni cómo se movieron, pero faltan objetos. Resulta que en el subsuelo de la Rosada funciona el Museo de la Casa de Gobierno, que fue creado en 1957 para registrar la vida y obra de los presidentes argentinos. Entre los objetos más preciados están las bandas y bastones presidenciales, de los cuales el más valioso es el que perteneció a Julio Roca.

Los cacos se llevaron un reloj de oro de Avellaneda, otro de Agustín P. Justo y una lapicera bañada en oro de Roberto Ortiz. Hace dos meses se robaron el reloj de Belgrano del Museo Histórico Nacional. Uno piensa que la casa en la que laburan los gobernantes es uno de los lugares inexpugnables a los que nadie puede entrar a afanar, pero los hechos demuestran que no es así. ¿Y usted pretende sentirse seguro en su casa?