La posibilidad de debatir, más allá de que siempre sea la mayoría la que termine imponiéndose, es la base de la democracia. A veces, incluso, suele cuestionarse si en las exposiciones parlamentarias hay espacio para que alguien pueda convencer con sus argumentos a otro legislador con un pensamiento diferente. La riqueza está en esa deliberación y en cuáles son los fundamentos que cada uno expone para sostener una idea.
En la actualidad existe una paridad peligrosa entre evidencia técnica y científica y cuestiones que están vinculadas, más que nada, con la fe y el dogma. Cuando eso ocurre, se plantea un problema sin solución. La discusión se convierte en una conversación sorda y ciega, sobre todo, para los interlocutores que cuestionan los datos y la evidencia concreta porque, simplemente, sostienen sus hipótesis en “querer creer”.
Como sociedad avanzada, es necesario superar ese estadio y lograr que todas las partes involucradas en una controversia se animen a exponer razones y dejar las pasiones para cuestiones que nada tengan que ver con políticas públicas.