El informe “Perspectivas de la Urbanización Mundial” estableció que la ciudad con mayor aglomeración urbana es Tokio: 38 millones de habitantes en un radio metropolitano que comprende cuatro prefecturas, 23 distritos y 26 ciudades. Tokio, como unidad administrativa, condensa 13,6 millones de personas en una metrópolis de 2.187 kilómetros cuadrados. Son quince mil almas encerradas en cada uno de esos kilómetros cuadrados.
Podría ser un caos. Pero no lo es. En el distrito comercial de Shibuya, las personas son hormigas. La salida del subte desemboca en un nido de humanidad. Iluminada por el neón de monumentales construcciones, los semáforos interrumpen su juego de luces y habilitan el cruce peatonal más famoso del mundo. El entramado de piernas es un espectáculo fascinante. Los peatones atraviesan la intersección en lo que simula una dinámica descontrolada hasta que las señales detienen la orquesta. La red de personas se reúne en cada esquina a la espera -solemne e inmaculada- de una nueva oleada.
Los únicos que se mueven, giran, se codean y elevan los brazos -los celulares- son los turistas. Los hinchas de River que invadieron Tokio por el Mundial de Clubes en 2015 corrompieron la impavidez del paso transversal. La huella fue imborrable. Personas vestidas con los mismos colores, saltando y gritando, cantando canciones en un dialecto extraño son los desbordes emocionales que en Tokio escasean. Sin ellos, sin los extranjeros, las esquinas de Shibuya parecerían entrenados desfiles militares.
