Su nuevo libro tiene un título intrigante: “Del reloj a la flor de loto”. No se trata de una adivinanza, ni del primer verso de una poesía, sino de una metáfora. Ana María Llamazares, docente universitaria y antropóloga del Conicet, directora de la Fundación Desde América (una ONG que explora y honra la cosmovisión de las culturas indígenas del continente, trazando un puente con los paradigmas emergentes), explora en este nuevo ofrecimiento (editado por Nuevo Extremo) una realidad compleja pero rica y fascinante: la forma en que ha ido cambiando nuestra manera de ver el mundo, y a nosotros mismos.

La primera parte narra cómo se fue forjando, a partir de la Modernidad (que sucede a la Edad Media allá por el siglo XV) la “consciencia occidental moderna” (respetando la grafía de “consciencia” que adopta la autora para referirse a la concepción más amplia del término). Esta nueva consciencia, de signo fuertemente masculino, va de la mano de la Revolución Científica y la Industrial, y tiene como símbolo el reloj. ¿Por qué el reloj? Porque desde que se hizo posible medir el tiempo, esto se convirtió en una obsesión de los occidentales. Porque todo lo elogiamos por su buen funcionamiento, hasta al día de hoy, decimos “funciona como un relojito”. Porque ese paradigma ve el mundo, precisamente, como un instrumento de relojería: cada pieza cumple una función y se conecta mecánicamente con el resto, siguiendo una lógica linear, de causa-efecto.

Por supuesto, cuando se intentó hacer entrar a la Naturaleza, o al mismo ser humano, dentro de esos parámetros, se lo violentó en su esencia. “Ni siquiera nuestros corazones responden a esa lógica –dice Ana María-, estamos llenos de arritmias y cosas que nos impactan y nos aceleran. Para la naturaleza, el cuerpo, la psiquis humana, ese paradigma es un corset, una cárcel. La vida no funciona mecánica sino orgánicamente.”

En contraposición a esta imagen que dominó por siglos el pensamiento de Occidente, y hasta cierto punto todavía lo hace, la autora propone una metáfora, la de la flor de loto, como símbolo de la cosmovisión que viene. “La flor de loto es una imagen antigua que tiene que ver con el crecimiento, el despliegue desde un centro, donde algo está en potencia y surge de a poco y se va abriendo. Ha sido un símbolo en casi todas las tradiciones, desde ya en Oriente, pero incluso antes en Occidente. Lo fue en Egipto, de donde es originaria, y donde se la usó en columnas y otros elementos arquitectónicos. Y también sabemos ahora que era venerada como una planta sagrada en Mesoamérica.”

¿Cuál es su simbolismo profundo? “Por un lado, es una planta que tiene sus raíces en el fango y que se mueve hacia el sol. La flor abre de día y de noche se repliega y vuelve abajo del agua, o sea que va al encuentro de los planos celestes y luego vuelve a nutrirse al inframundo. Nos habla del caos primigenio, de las potencias de la tierra, de lo fértil interior. La esencia del arquetipo femenino.”

¿Y por qué hoy vuelve a imponerse esta energía?

Parece haber llegado la hora de la reconciliación, de la reunión de las polaridades, de la reconexión con todo aquello que fue brutalmente anulado. En términos de dinámica energética diríamos que la mente moderna está enferma por un exceso de energía masculina, por eso es preciso ahora recuperar el equilibrio, ganando energía femenina. Y esta tendencia se ve hoy, con mayor o menor fuerza, en todas las disciplinas.

Sin embargo, en su libro postula que esa irrupción de energía masculina encarnada por Occidente cumplió un propósito.

Sí, fue una etapa conducida por el impulso masculino por forjar un yo autónomo, racional y libre, que históricamente fue necesaria, cuyo costo inevitable fue romper la simbiosis primordial que unía al ser humano con la Naturaleza. Sin justificar los excesos, parece haber sido una condición necesaria la represión -tanto en hombres como en mujeres- de todo aquello que está implicado en la consciencia participativa: la Naturaleza, lo femenino, lo corporal, lo emocional, lo espiritual, lo instintivo, lo diferente a sí mismo.

¿En qué ve evidencias del retorno de lo femenino?

Gran parte de los movimientos sociales del siglo XX, y también el cambio de paradigmas que estamos viviendo en la ciencia y en la cultura, son intentos de recuperar ese equilibrio: la creciente conciencia ecológica, el resurgimiento de la espiritualidad, la apertura hacia los valores femeninos tanto en las mujeres como en los hombres, la revalorización de lo emocional, del cuerpo, de la imaginación, el rechazo a los regímenes autoritarios y unificadores, el colapso de las barreras ideológicas y políticas, el malestar por la globalización ultratecnificada, la tendencia al pluralismo y al encuentro respetuoso en la diversidad.

¿Y en el plano espiritual?

Se ve en la apreciación de lo pequeño, en la aceptación de lo inmaterial (incluso en las ciencias), de lo sutil e intangible, en la recuperación de las sabidurías tradicionales. En la imperiosa búsqueda por reencontrar el sentido de ser parte de la gran comunidad de la Vida en nuestro planeta y en el cosmos.

¿Hay una mayor humildad en esta etapa?

Hay una aceptación del misterio. Creo que –además de la noción de la interconexión de todo- éste es el eje que hoy acerca a la ciencia con la espiritualidad. La Modernidad no pudo aceptar los límites de la razón, quiso conocerlo todo y cayó en el “hubris”, un concepto griego que significa orgullo y soberbia. Hoy la ciencia ha llegado a un nivel de profundidad tan grande que tiene que aceptar inevitablemente los límites a su conocimiento. Incluso en la matemática, se llega al concepto de los números transfinitos y hay que aceptar que ahí empieza el misterio. Y ante este umbral se nos impone rendirnos al misterio. Pero no en el sentido de fracaso, sino de rendirse a algo mayor que nos trasciende, pero de lo que cual a la vez somos parte. En términos de espiritualidad, esto se traduce en compasión.

¿Hay una vuelta a un estado anterior?

Lograr el re-equilibrio no significa volver hacia atrás. No sería posible, después de la experiencia de la Modernidad, regresar al estado originario. Estamos ante el desafío de iniciar una nueva etapa en la que podamos preservar la autonomía conquistada y al mismo tiempo, trascender la alienación en la que nos sumió. Nada nos garantiza que la humanidad tome el camino correcto y dé un salto hacia un nuevo equilibrio. También es posible que la obsesión masculina por el control y la acumulación a cualquier precio continúe ciegamente hasta llevarnos a una catástrofe mayor; o que se inviertan los papeles y las mujeres quieran destronar por completo la energía de lo masculino, que es el complemento necesario. Es importante aprender la enseñanza de la desviación machista que tanto dolor y sufrimiento ha acarreado para todos. No sólo somos las mujeres las que necesitamos despertar lo femenino dormido, los hombres tienen por delante un trabajo de rescate aún más difícil, un camino para desandar adoquinado de tabúes y prejuicios

¿Es una tarea para hacer juntos, entonces?

Absolutamente. Creo que es una tarea en común donde debemos reemplazar la competencia por la cooperación. La gran empresa es re-unir lo femenino y lo masculino en una gran síntesis amorosa, y abrirnos a una nueva instancia de lo sagrado en cada uno de nosotros. El momento requiere sin duda, mucha fe y energía, pero también suma prudencia y refinada lucidez.

Para saber más sobre el trabajo de Ana María, ver www.desdeamerica.com.ar