María Eugenia Elías podría haberse conformado con seguir vibrando a la perfección las cuerdas de su violoncello, como integrante de la Orquesta Filarmónica de Mendoza. Sin embargo, prefirió ejercitar el músculo de la paciencia, agrandar el corazón y crear una orquesta con niños y jóvenes con discapacidad.

“Siempre percibí que los chicos con discapacidad tienen una relación muy especial con la música, con el arte en general y no me quería perder esa experiencia”, asegura la directora de “Onemen” (Orquesta de Niños y Jóvenes Especiales de Mendoza), dependiente del instituto “Dr. Jorge Elías”, centro integrador que trabaja con personas que sufren alguna dificultad motriz o neurológica.

En diálogo con este diario, la directora de la orquesta conformada por 17 chicos y que fue reconocida este año por su labor única en el interior del país, en el Congreso Nacional de Pediatría, confiesa cómo es enseñar sin tener estudios de pedagogía, habla de la relación arte- discapacidad, y de por qué la música sigue siendo uno de los mejores caminos para la inclusión.

¿Cuánto hace que funciona Onemen y por qué comenzó?
Un día sentí que era importante abrir un centro de día para trabajar con la integración desde el lenguaje artístico con chicos con discapacidad. Tenemos profesores de teclado, flauta traversa, violín y violoncello. Allí, enseñando a los chicos y viendo los resultados decidí armar una orquesta, que funciona desde un año.

¿Costó mucho crear un espacio que vincule a la discapacidad con el arte?
Muchísimo y sigue costando. A veces me agota tanta burocracia pero es así y uno lo hace porque cree en esto. Un ejemplo: tenemos diez profesores y todos los títulos tienen que estar certificados antes escribano público. Hay que hacer permisos para todo, hay que acondicionar la casa de acuerdo a todos los requerimientos formales. Mirá, con este proyecto me jugué muchas cosas, incluso ahorros que tenía para otra cosa, pero sin duda no me arrepiento porque sabemos que la música ayuda a los chicos y ellos a nosotros.

¿Trabajar con la discapacidad tuvo que ver con una experiencia personal?
Todo el mundo me pregunta eso, pero yo siempre digo que está bueno ser dirigido por directores de prestigio internacional pero del otro lado también hay mucho por hacer. Siempre percibí que los chicos con discapacidad tienen una relación especial con la música, con todo el arte en general.

Además de tantos años de estudiar música, ¿tenés formación pedagógica, sobre todo, en el trato con la discapacidad?

No, ninguna. No tengo formación pedagógica, sólo la orquestal. Y te soy honesta: lo único que apliqué fueron mis conocimientos musicales y el amor. Los chicos se están divirtiendo todo el tiempo. A futuro, la idea es formar un gabinete psicopedágogico para apuntalar a los pibes desde varios lugares. Pero como todo eso aún no lo tenemos damos todo lo que podemos.

¿Qué es lo que más cuesta a la hora de enseñar a chicos con discapacidad?
Uff, hay mucho trabajo. Nosotros tenemos chicos con discapacidad leve, moderada y severa. Hay chicos que no podían internalizar el concepto de pulso. Fernanda, una de las alumnas no podía entender lo que eran dos tiempos y con tiempo, mucha dedicación y espíritu de juego, fuimos avanzando y ahora ya puede marcar hasta tres tiempos. A veces es por imitación cuando no pueden relacionarlo racionalmente.?Es muy loco, porque trabajamos con fracciones de tiempo en la música y muchos pibes no saben sumar. Nunca imagine que este proyecto, que parece una locura, iba a tomar este vuelo.

O sea, que hay avances concretos.
Claro. Había padres que me agradecían porque sus hijos no podían levantar los pies del piso y ahora bailan y hasta tocan algún instrumento. Eso da mucha satisfacción. Y eso que algunos me dijeron que esos chicos no iban a poder ni tocar el timbre. Vos los escuchás ahora y no podés creer cuánto se ha avanzado, en medio del disfrute y el juego.

¿Cuál es la clave de ese avance, más allá del amor y la buena voluntad?
No tenemos expectativas. Cuando abrí la orquesta, no había ningún antecedente de este trabajo en Mendoza y yo no había trabajado nunca con personas con discapacidad. Yo le dije a Leonardo Toro (profesor del Centro integrador): ¿qué hacemos? y él me contestó: cero expectativas, Eugenia. Y yo contesté: ok, sin expectativas, pero sin techo, ¿eh? Y es emocionante, porque contrario a lo que se cree, estos chicos me demuestran día a día que no tienen techo a la hora de aprender. Se van superando, como pueden. Ellos nos enseñan mucho a nosotros. Para mí enseñarle a ellos músicas es un recreo, mi cable a tierra.

Me imagino que debe ser difícil porque los músicos profesionales suelen ser bastante obsesivos…
(Se ríe). Sí, no sabés cuánto. Pero tenemos que ser así por nuestra profesión. No existe lugar para el error, la nota tiene que ser una y no otra. Por eso aquí, nos soltamos, jugamos y practicamos, no desde la exigencia, sino disfrutando de que uno hace las cosas desde el lugar que puede y eso ya vale la pena.