Representantes de Camioneros participan en un control de precios en un supermercado. (Captura de video)

Fue recién hace dos años atrás, cuando Roberto Feletti, el por entonces secretario de Comercio Interior del gobierno de Alberto Fernández, anunció el lanzamiento de un enésimo operativo de control de precios para combatir la inflación, que se empezó a hablar con un poco más de historia, antecedentes y argumentos varios de un método que se ha usado en todo el mundo, pero que para una abrumadora mayoría de especialistas y técnicos, sólo permite lograr beneficios rápidos tales como la reducción de las presiones alcistas en el precio de algunos productos y en la disminución momentánea de lo que se conoce como las expectativas inflacionarias.

En octubre del 2022, y para presentar con pitos y matracas su aparatosa llegada a Comercio Interior, Feletti anunció el congelamiento del precio de 1.200 productos de primera necesidad en la mesa de los argentinos. Por supuesto que ese plan fracasaría, como todos lo de su tipo que son tomados como la política central contra el aumento de precios sostenidos en el tiempo, lo que en buen romance se conoce como la inflación. A su vez, el rudo economista venía munido de otra herramienta, la del control del operativo por la vía de militantes y de organizaciones piqueteras. Evidentemente se estaba en el camino equivocado a la luz de los resultados: una estrategia sólo sostenida por la extorsión y el apriete, además de las persecuciones varias sobre los supuestos formadores de precios (para el gobierno la poderosa corporación alimenticia representada en la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (Copal) e integrada por la cámara azucarera, la de bebidas, la de la pesca, carne, agua, gaseosas, yerba mate, la olivícola, la del café, la industria molinera, la cervecera y otras, junto a todas las bocas comercializadoras, particularmente, los hipermercados) que en la historia reciente puso en valor el ex secretario de Comercio durante el gobierno de Cristina Fernández, Guillermo Moreno, el que recibía a estos empresarios o a algunos de ellos con una pistola en el escritorio, de acuerdo con algunos testimonios. Todas experiencias que, amén de la actitud violenta, irregular e ilegal, no sólo fracasaron, sino que, además, han sido montadas sobre escenas teatralizadas y cargadas de espectacularidad. Y todo por nada. ¿Por qué entonces?

A riesgo de reduccionismos, que existen desde ya, pero que de ninguna manera deslegitiman la certeza, el camino de los controles de precios, precios mínimos y máximos o el congelamiento de Feletti, por caso, llevan consigo una muy fuerte carga ideológica y demagógica: es la lucha del pobre contra el poderoso y desalmado que no va a parar nunca de esquilmar los sufridos bolsillos del más vulnerable. Los economistas identifican varios factores que dan pie a la inflación: la emisión monetaria sin control; la inflación estructural que cobra vida en las economías emergentes o en vías de desarrollo cuando son cerradas y proteccionistas; la inflación de costos cuando aumentan los insumos de los productos que se fabrican o elaboran; una inflación inercial que se da por expectativas, y cuando se da por descontado un aumento a futuro de los precios y cuando se da un elevado incremento de la demanda agregada a lo considerado regular. Cuando el gobierno ha tenido serios problemas en encontrarle una solución estructural a algunas de estas razones, solas o combinadas, se ha concentrado en el control de precios por distintas vías o, en el mejor de los casos, con un acuerdo de precios, en todas involucrando a los empresarios.

Sergio Massa, en su afán de llegar a una inflación de 3 por ciento mensual hacia el primer trimestre de este año, lejos de cualquier idea novedosa o creativa, apela a un fuerte control del programa Precios Justos, ahora con la “ayuda fiscalizadora” del gremio Camioneros de Pablo Moyano y de la organización piquetera Barrios de Pie. Esa medida agitó la realidad política del último fin de semana y desde la oposición se preparan denuncias penales por el carácter inconstitucional del uso de este tipo de brigadas que recorrerán los centros de distribución y los hipermercados.

El acuerdo fue dado a conocer por el propio sindicato de Camioneros. Las denuncias apuntan contra Alberto Fernández, Sergio Massa y Matías Tombolini, el actual secretario de Comercio Interior.

Un hecho curioso es el de Mendoza, porque el grueso de Barrios de Pie se encuentra bajo el paraguas de Libres del Sur, un movimiento afín a la coalición de gobierno de Cambia Mendoza y no formará parte de tales operativos. Aunque una escisión minoritaria de Barrios de Pie, la que comulga con el kirchnerismo, se ha presentado en sociedad bajo el nombre Somos Barrios de Pie y es la que, potencialmente, llevaría adelante este tipo extraño de control del acuerdo de precios en la provincia para el caso de que se concretase.

Pero, todos recuerdan la inutilidad de los precios congelados o cualquier otro tipo de control extendido en el tiempo como única medida para mantener a raya los precios. Para el tiempo en que Feletti anunció su plan, no fueron pocos los medios que desempolvaron aquel libro de los economistas norteamericanos Robert Schuettinger y Eamonn Butler: 4.000 años de controles de precios y salarios, cómo No combatir la inflación. Ese libro ganó la calle en 1978, en medio de un proceso inflacionario en los Estados Unidos en donde una de las medidas de la gestión del demócrata Jimmy Carter para hacerle frente a la inflación pasaba por el acuerdo de precios entre empresarios y sindicatos. Para desestimar la medida del gobierno, el libro en cuestión relevó el fracaso de tales acciones, las que habían arrancado en los tiempos del Antiguo Egipto, 4.000 años antes, culminando todas en un gran fracaso. Al comienzo, las experiencias siempre dieron réditos, pero con el paso del tiempo la estrategia fue perdiendo confiabilidad, porque no se tenía el control del resto de las variables que se configuran para dar con un precio determinado. Con lo que la economía egipcia comenzó a colapsar, la crisis financiera se hizo permanente, la moneda perdió valor y los trabajadores dejaban sus puestos disgustados por las condiciones y partían hacia otros destinos buscando su salvación.