Una foto de Graciela Fernández Meijiide, referente de organismos de derechos humanos y ex dirigente de la Alianza, se hizo viral por estos días en los que los argentinos están envueltos en una nueva indignación. Se la ve sentada en una silla esperando su turno en un centro de vacunación, junto a otras personas. No hay más secretos en la imagen, pero el gesto tan simple fue ponderado por muchos en las redes sociales. 

Casi parece una cualidad nacional de que a veces estos hechos, pequeños y anodinos, terminan convirtiéndose en lo extraordinario, lo inaudito y hasta lo destacable, cuando en realidad es lo que debería suceder. Una persona que podría aprovechar sus contactos políticos prefiere no sacar ventaja. La situación de aquellos funcionarios que precisamente lograron beneficiarse con un sistema paralelo avalado por un ministro nos devuelve a una sociología nacional: la de las actitudes dudosas, cuestionables, que van por abajo de la mesa, por izquierda, para sacar algún provecho como características del ser argentino. 

Otra vez tocamos fondo con actitudes como éstas, que luego son avaladas por el discurso oficial, toda vez que las minimice y tire para atrás la pelota. Ahora, el Gobierno nacional tiene la tarea de emprender la vacunación de los adultos mayores y la de los docentes ya con las clases iniciadas. No son campañas fáciles, pero tampoco pueden convertirse en otro escándalo, como ya hemos vivido a lo largo de la pandemia, el año pasado, cuando los jubilados fueron expuestos largas horas para cobrar sus haberes sin los mínimos cuidados. El proceso que se abre para recuperar la normalidad no puede ser un camino lleno de hechos aislados.