En qué terminará la aventura que el país ha emprendido con Javier Milei en el gobierno, nadie lo sabe. Si se sabe, por supuesto, que 6 de 10 electores decidieron el año pasado dar un volantazo total a lo que venía instaurado por varias décadas. Y así fue que se tomó por un camino desconocido en donde quien va adelante, el guía, nunca dejó de vaticinar que probablemente en la travesía muchos se queden en el camino; que algunos de ellos podrán levantarse y encontrar una suerte distinta y con mucha mejor ventura que la que tenían, y otros no; que se sufrirá y que será doloroso; que habrá una caída de la actividad económica con mucha más crudeza de lo que ya veníamos viendo; que la corrosiva recesión hará estragos y que el hecho de hacer caer la inflación a niveles de los países normales producirá desempleo de a cientos cada día, porque no es gratis. Hasta que, cuando todo se ordene –no si un sacrificio nuevo y descomunal como está visto, le ha agregado Milei–, Argentina encontrará la senda del crecimiento que fue perdiendo a lo largo del tiempo a una velocidad en la que en ciertas épocas era imperceptible y que, en otras, como en los últimos veinte años por caso, la carrera hacia el abismo se hizo vertiginosa, enloquecida, tan fuera de sí que hasta pareció que se conducía hacia un suicidio masivo, colectivo, detrás de una secta de gobierno perdida y fanática.

Eso es lo que se ha dicho y en lo que se está. Es un cambio monumental, que mientras se está tratando de salir del desconcierto obliga a medio mundo a descifrar las nuevas reglas de juego. Y a acomodarse al nuevo tiempo. Tan es así que, en Mendoza, muchos o casi todos aquellos que se valieron de lo que fracasó, o bien han hecho de tripas corazón para adaptarse y sobrevivir, o bien se han convencido de lo que está indicando este nuevo tiempo.

Alfredo Cornejo, el único gobernador de los tiempos modernos que ha tenido la oportunidad de estar dos veces en el lugar de mayor privilegio de la política provincial, ha abrazado sin lugar a dudas el inédito e incierto rumbo libertario tras haber sido un claro sobreviviente de aquel Estado que en cierto momento confundió omnipresencia con justicia y garantía de derechos para todos con los resultados a la vista.

¿Será que Cornejo la vio? ¿O quizás se trate de una prueba más del pragmatismo del que ningún político que se precie puede perder? El tiempo lo dirá y mucho más cuando el país y la provincia se acercan nuevamente a la temporada de campañas electorales en la que todo o casi todo vale para ratificar poder, ascendencia, presencia y visibilidad.

La discusión política del momento tiene motivos múltiples como para estar siempre encendida. Pero Cornejo –siguiendo a Milei o lo que el factor Milei ha impuesto–, ha elegido una suerte de revisionismo histórico para explicar el presente y como respuesta también a quienes están pretendiendo la aparición de soluciones a la vieja usanza, como algunos intendentes que están reclamando recursos para que se terminen las obras que prometió un Estado en manos de un gobierno distintos, hoy ambos inexistentes: tanto el Estado aquel como el gobierno que lo administraba.

Estamos, esa es la sensación, ante un momento fundacional, como el que se vivía cien o ciento cincuenta años atrás, en una Argentina y una Mendoza en formación. “Está lleno de anécdotas” ese tiempo, dijo Cornejo días atrás cuando recorría el reinicio de los trabajos de la Variante Palmira-Agrelo, en la Ruta 7, en el Este provincial.

En un territorio caro a los sentimientos de una comunidad que creció y se desarrolló con el ferrocarril, a Cornejo le preguntaron por la vuelta del tren entre San Martín y Mendoza. “Para reactivar el tren tiene que haber inversión privada, tiene que haber un negocio detrás. Este ramal –agregó– tiene una posibilidad de rentabilidad privada, pero si se organiza bien y aun así llevará un tiempo. Es (una obra) de gran cuantía y se está trabajando con proyectos chinos y americanos. Pero lleva su tiempo. Y si se hacen atadas con alambre ocurrirá lo mismo que en el gobierno anterior que trajo un tren que demoraba más de un día en llegar desde Buenos Aires. Así no vamos a ir a ningún lado”.

Para acentuar sus dichos, Cornejo describió el caso de Eugenio Bustos, en su San Carlos natal recordando que el “prócer” local, precisamente Eugenio Bustos, dueño de unas 25 mil cabezas de ganado necesitaba traerlas a Mendoza para comercializarlas en la gran ciudad provincial, o bien para llevarlas a Chile. En la aventura del traslado, en el arreo, se le morían sufriendo pérdidas importantes. Como Bustos necesitaba un medio de transporte se dirigió a la compañía de trenes Buenos Aires al Pacífico (BAP) para construir la traza de 100 kilómetros desde San Carlos a Mendoza. Había un negocio detrás, un interés y también mucho riesgo.

Cuenta la historia que Bustos consiguió un crédito que pagó en tres años con uno de gracia y en cuatro años se construyó la traza de esos 100 kilómetros. “Eso pasó no hace mucho, unos 100 años atrás”, dijo Cornejo, agregando que a eso hay que volver en la discusión pública, a conversar estos temas. “La nación –agregó en medio de la anécdota–, no puede ocuparse del cordón, banquina y cuneta. Son temas de incumbencia municipal”, sin dejar de cuestionar, claramente, las costumbres de aquel Estado que hoy ha mutado al que describe Milei y al que a todas luces el mismo gobernador hoy está apoyando y militando.

Los alvearenses, en el sur, también pueden contar anécdotas de ese tipo, de las épocas de la fundación no sólo del departamento, de la provincia, sino también de la nación, cuando Edward Bowen, un británico que había llegado a la zona promediando el siglo XIX, convino con la empresa bonaerense Ferrocarril del Oeste acercar el progreso del tren a esa porción del territorio, el que se produjo en setiembre del 1912, dando origen al Bowen actual, remplazando para siempre al Corral de las Moscas, como se lo conocía hasta el hito que produjo la llegada del tren, toda una revolución de su tiempo.

Este momento fundacional, en el que la política comienza a revisar los años del nacimiento de la república como lo hace Cornejo, tiene complejidades que nadie puede hoy decodificar. Pero está claro que está poniendo a todos en un lugar por afuera de la zona de confort en la que se estaba. Aquellos ejemplos del pasado quizás sirvan para explicar un modelo y el desafío que se tiene por delante, pero de ninguna manera la fórmula de salvación. Aunque sí la necesidad de alumbrar salidas desconocidas luego de tantos años de hacer lo mismo y fracasar casi siempre. Y obliga a interpretar el sueño colectivo y a delimitarlo y a evitar imaginar fantasías que terminen sumiendo a los entusiastas en la depresión, como ocurrió en los comienzos del nuevo siglo, cuando el empresario Eduardo Eurnekian imaginó un tren de baja altura para unir Argentina con Chile y solucionar el eterno drama de los cierres del paso en invierno. La obra era de tal magnitud que los mil camiones que pasan por día en el corredor más importante del Mercosur, en ambos sentidos, sumado a los cientos de particulares que van y que vienen, no generan ni por asomo la mínima posibilidad de recuperar la inversión en un tiempo prudencial. Iniciativa privada, negocio, recupero y ganancia a la medida de una Argentina rota que necesita ser reconstruida.