Lo que para los ciudadanos mendocinos –o cualquier argentino en condiciones de viajar al exterior–, la actual relación del tipo de cambio que ofrece el país, con un peso cada vez más apreciado frente a un dólar del que se dice está atrasado, le ha significado una oportunidad inmejorable para hacerse de bienes en Chile que aquí le cuestan el triple en promedio, para los empresarios se ha convertido en una condena demasiado cuesta arriba de sobrellevar y para muchos incomprensible, más allá de que, como hombres y mujeres de negocios, entienden muy bien de qué va la cosa, lo que está ocurriendo, a lo que se habían acostumbrado en el pasado reciente y a la vista indiferente y en apariencia insensible que tiene sobre el ellos el Estado conducido por Javier Milei.
A Milei parece fascinarle llevar a los oráculos internacionales –a donde lo invitan y en donde en algunos lo llegan a considerar una estrella global–, la cruzada contra la cultura woke, un ámbito en el que se mueve como un pez en el agua criticando en términos violentos y soeces a la progresía internacional. Pero va desde aquí, con humildad y respeto desde ya, una idea a poner en práctica: quizás le resultaría mucho mejor –obteniendo dividendos mucho más apetecibles incluso–, hablar en el planeta de este otro tipo de batalla, la que ha comenzado a librar en el país desde que asumió con quienes lo presionan para que ordene una devaluación del peso que mejoraría las condiciones de las carreteras por donde se mueve parte del empresariado nacional, acostumbrado a las políticas proteccionistas que ha obtenido –se sospecha, sin pruebas pero también sin dudas– a cambio de dádivas, coimas, y retornos de renta extraordinarios que a su vez el mismo empresariados debió compartir, por supuesto, con un ejército de funcionarios, legisladores y lobbystas que fueron los que le permitieron la conformación de tantos cotos de caza como de especies de sectores económicos existan.
Ya se sabe que emprender en la Argentina, desde montar un kiosco a una fábrica de reactores nucleares, significa atravesar complejidades y condiciones que sólo hoy se ven en países corruptos, altamente burocratizados, con ciertos visos de incivilidades propias de pueblos bárbaros y sometidos en autocracias y dictaduras. Que por supuesto, todos así lo afirman, para normalizar, adecentar y tranquilizar la economía argentina se deben atacar mil variables y casi todas al mismo tiempo, y llevar adelante reformas estructurales y tan profundas que llevarán tiempo y mucho sacrificio para concretarlas. Todo eso se sabe, pero también vale concentrarnos un instante y aunque sea una vez en el punto de la especulación y la pereza del hombre de negocios que tiene el país, entendiendo que hay excepciones, por supuesto y que no todo ni todos es y son lo mismo.
Días atrás la UCIM, en un documento altamente quejoso, salió a pedir acciones del gobierno, medidas estatales, de esas que se sostienen con el aporte de todos, para que el negocio del turismo, del que son parte, representan y que les permite la generación de riqueza, no se desmorone frente a la “aspiradora” de pesos que hoy significan las plazas chilenas y brasileñas, básicamente. Daniel Ariosto, el presidente de la entidad y que firma el documento, amargamente señaló que, de continuar esta situación sin cambios, muchas empresas deberán cerrar o quebrar porque no pueden contar con pasajeros que sólo se quedan en Mendoza por una noche, porque la ciudad y la provincia se han convertido para los turistas como una plaza de paso nada más.
¿Y qué reclamó? La vuelta de una medida que los empresarios del turismo llaman inteligente, creativa y de supuestamente bajo impacto fiscal: el Pre-Viaje, aquel instrumento que brilló durante el último kirchnerismo y que se sostenía a fuerza del mayor gasto público que financiaban la emisión y, claro, la inflación. Los empresarios turísticos y hoteleros de la UCIM no plantean nada diferente a lo de sus colegas comerciantes del centro de Mendoza y en un sentido un poco más amplio y universal, al de la mayoría de los comerciantes e industriales fabriles y manufactureros: la protección de sus negocios. Argumentan que dan trabajo en la Argentina y que generan riqueza y desarrollo, lo que es algo relativo, como se sabe por el beneficio que por años recibieron de una política económica determinada. Pero de lo que no han podido zafar es de esa marca que los distingue y que tiene que ver con la especulación y los altos niveles de retorno o de rentabilidad exagerada que acompaña sus actividades. Y Milei se viene de ocupar, particularmente, de este punto.
Por algunos de estos problemas que tiene hoy el país Milei viene de confrontar con el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, a quien el actual presidente tenía en la gloria. Hoy ya no. Lo llamó “impresentable”. Cavallo advirtió que con el actual tipo de cambio basado en un peso apreciado y un dólar atrasado, “aumentarán las importaciones de bienes y de insumos, y de bienes finales que sacarán de competencia a los nacionales y a las empresas que no logren una rápida productividad”; también ha dicho que se desalentará la producción de bienes exportables de los sectores agrícola, de la industria manufacturera y de servicios y finalmente que al Tesoro “le resultará difícil adquirir los dólares para pagar intereses pese a contar con suficiente cantidad de pesos gracias al superávit fiscal primario”.
En sus reacciones a los dichos de Cavallo, Milei ha ratificado el rumbo y ha sido explícito respecto de esa otra batalla cultural que debiese profundizar, más allá de otras necesarias reformas económicas, como la impositiva, que su gobierno viene demorando. Pero en términos generales Milei vuelve a sintonizar el mismo canal que suelen ver generalmente los ciudadanos comunes. Con algo de superficialidad, es cierto, o demasiada, Milei les dice a los empresarios, del comercio y de la industria, que hay otra Argentina, que es muy “distinta” de la que conocían y que deberán bajar sus tasas de retorno si quieren subsistir. Fue allí que Antonio Laje, el periodista que le hacía la entrevista, que le pregunta por el costo social que dejarán las empresas que cierren frente a la llegada de productos y bienes del exterior. Y Milei respondió que, si bien algunas empresas cerrarán, no lo harán todas. Y que los desempleados se reubicarán en otros lugares y en otros sectores, como el de los servicios.
Además, sostuvo que los bienes igual serán adquiridos por el consumidor, que comprará lo que vea más barato y accesible teniendo un menú de productos entre los que elegir, a diferencia de tiempo atrás en donde se recaía sólo y únicamente en los bienes producidos o comercializados por sectores protegidos.
Para Milei, que bien le puede estar hablando a un gran industrial o a los comerciantes de la UCIM, para sobrevivir tendrán que aumentar la productividad y bajar la tasa de retorno de sus negocios mientras que su gobierno, según aseguró, gasta menos, en el orden de un 30 por ciento menos del gasto del gobierno que lo precedió de acuerdo con sus dichos, para poder bajar los impuestos que permitiría, a su vez, el pago de mejores salarios. Es cierto que todo es más complejo, pero no por eso menos cierto ese vicio especulativo y mezquino que acompaña como marca indeleble a ciertos hombres de negocios, tanto grandes como chicos.
