Quizás como pocas veces antes, estas elecciones de medio término concentran un interés que las vuelve particulares: deben pasar rápidamente y dejar atrás esa estela perniciosa de incertidumbre que no ha beneficiado a nadie. Veamos por qué.

A medida que se acercó la fecha de la elección, también quedaron al descubierto las debilidades de un gobierno nacional que no ha podido sostener —al menos en el terreno del deseo y la esperanza— la construcción de ese nuevo país que recae bajo su responsabilidad desde fines de 2023.

La presión electoral expuso su fragilidad para comprender los mecanismos que mueven el ejercicio de la política, en general, hacia el éxito. Y no se trata de los engranajes viciados de la vieja práctica asumida por los partidos, los frentes y los protagonistas del poder institucional a lo largo del tiempo, plagada de golpes bajos a la confianza colectiva, sino de la búsqueda de acuerdos: esa herramienta fundamental de la política para construir confianza, seguridad y previsibilidad en el camino de reformas que debe emprender indefectiblemente si en verdad persigue el fin de hacer realidad ese milagro del que habla el presidente Javier Milei y que menciona en su libro. Y para el control y sostenimiento de los cambios que la administración fue ejecutando con éxito para domar en parte la inflación, contener la presión sobre el ajuste y mantener el equilibrio fiscal. Y por, sobre todo, para dar y ganar en confianza y apoyo a lo que fue realizando, además de una dirección certera.

El gobierno necesita ganar las elecciones, y sin embargo ha hecho casi todo lo contrario para conseguirlo. Una vez más, a su rescate llegaron fuerzas exógenas con más sentido común que el propio oficialismo: desde el Tesoro de los Estados Unidos, con sus dólares y sus declaraciones a favor inéditas, sorpresivas, hasta inesperadas y  algunos gobernadores con sus votos en el Parlamento, movidos por un enojo justificado ante el destrato y la falta de consideración recibidos desde la Casa Rosada.

El clima preelectoral, si se quiere ver su costado positivo, confirmó dos aspectos perniciosos del ejercicio político argentino: por un lado, las señales de corrupción estructural dentro del poder, presentes incluso en una administración que llegó con un mandato de limpieza, orden y corrección; y por otro, una oposición de naturaleza reaccionaria, intolerante y excitada ante la debilidad del oficialismo.

El gobierno de Milei necesita reenfocarse y volver a su fuente. No se trata solo de actos multitudinarios como el del Movistar Arena una semana atrás o de esas salidas al aire libre, alocadas y caóticas, como la que tuvo por unos minutos el jueves en Mendoza. La coyuntura electoral y la necesidad extrema de evitar una sangría de votos en sectores que consideraba propios —como el de buena parte de los jóvenes— lo condujeron nuevamente por los senderos del rockstar, de aquel Milei disruptivo y rompemoldes de 2023.

El Milei de la fuente primigenia fue también el que alumbró esperanza en el sector privado para modificar las variables que mueven la economía, tranquilizarla y aliviar el peso del Estado sobre quienes producen y generan riqueza. En síntesis, todo aquello que expresó —y que Milei no escuchó— el jueves en San Rafael, cuando habló Gabriel Brega, titular de la Cámara de Comercio, Industria y Agropecuaria del departamento.

Dejando de lado el contenido electoral de los discursos de Milei, Alfredo Cornejo y Omar Félix, lo más contundente de la jornada provino de la Cámara: el llamado a trabajar en conjunto entre el municipio, la provincia y la Nación para generar condiciones básicas de crecimiento y desarrollo. Entre los ejes propuestos, se destacaron la reducción del “costo argentino”, que ronda el 50 por ciento frente a competidores como Chile, donde la presión fiscal está por debajo del 40 por ciento; la necesidad de moderar el ritmo del ajuste y de las importaciones; y la atención a un plan básico de infraestructura que sostenga la actividad económica.

No es la primera vez que el país, ante un proceso electoral, se paraliza o entra en pausa hasta que pase la confrontación natural. Pero tal vez esta vez la situación sea distinta, como lo es todo lo que rodea a una administración que se originó en fuentes ajenas a las tradicionales. Todo lo que ocurre en el país está envuelto en un halo de primicias e incertidumbres: sobre la política cambiaria, la capacidad institucional de respuesta ante rumores de crisis, y sobre la estabilidad misma de la República.

El gobierno necesita imperiosamente ganar las elecciones, o al menos no perderlas por un margen amplio, para mantener viva la oportunidad de cambio que incubó al llegar al poder —o, más precisamente, que le permitió alcanzarlo—. Es incierto si estas dos semanas que restan hasta el examen electoral serán suficientes para recuperarse de tantos errores y de tanta mala praxis, acompañados de ese dejo de soberbia que se apoderó del oficialismo tras leer incorrectamente, desde lo estratégico, su propio poder cuando logró los primeros éxitos en inflación y control del gasto. Se creyó solo y poderoso, e ignoró el voto blando que lo acompañó y el apoyo de una oposición razonable que prefirió evitar el regreso del populismo.

Tras el 26, Milei debería comenzar a preparar la autopista por donde circulen las reformas de fondo que el país busca en vano desde 1983, cuando recuperó la democracia. A veces con un convencimiento mayoritario y favorable a los cambios —como puede estar ocurriendo en este tiempo de Milei— y otras, demasiadas veces, caminando hacia atrás.