“El dinero no es todo, pero cómo ayuda”, reza el dicho popular extendido planetariamente. La crisis azota sin piedad a una Argentina que aun así no ha perdido la esperanza de encontrar la solución o algunas de las salidas a sus interminables y crónicos problemas. No hay plata –si se toma por cierta la expresión del presidente Javier Milei–, para pagar con dinero el camino a la felicidad. Entonces desde la nación se hace una apuesta al pacto grandilocuente, a la épica, a las fuerzas del cielo y a la invocación de una energía colectiva, multifacética políticamente hablando, para ganar tiempo y alimentar con eso la esperanza generalizada, y mantener la dosis suficiente de optimismo y confianza popular que necesita un gobierno, extremadamente débil para imponer las transformaciones fácticas en las cree. Débil y flaco en cuanto a estructura política, sin gobernadores y sólo un puñado de legisladores, pero poderoso y vigoroso –asombrosamente a esta altura– en imagen y aceptación social.
La firma del acta de Tucumán en aquellos primeros minutos de este histórico 9 de julio del 2024, del presidente junto a 18 gobernadores y el extraordinario desfile de las fuerzas militares por Palermo, son parte de la apuesta. Una inyección de entusiasmo alrededor de una campaña contra la inflación y en favor de una economía estable para un país que en un tiempo tuvo todo y hoy parece no tener nada (la esperanza es lo último que se pierde, dice otro dicho). No tiene nada de nada, o peor aún, deambulando con una condena perpetua sobre sus espaldas a vivir sometido por la manipulación de la mala y vieja política, la de los aventureros y chantas, la de los saqueadores, capangas y capataces, grandes estafadores de la voluntad mayoritaria que por décadas han sabido sostenerse a fuerza de puros pases de magia, de embustes, meros desalmados distribuidores de espejitos de colores.
Es en ese escenario en donde se mueve Milei y la nación que conduce y hasta el discurso de ayer, en ocasión de la firma del Pacto, en el que se mostró extrañamente componedor y conciliador, no ha dejado de aguijonear el lomo de la rana que lo lleva hasta el otro lado del río. Rarezas argentinas, propias de la bipolaridad que suele acompañar, como característica particular, a sus presidentes, casi todos representantes de extremos y negados al centro y a los puntos de equilibrio.
¿Necesita Mendoza un pacto como el que Milei le ha propuesto al país? ¿Alfredo Cornejo debiese llamar a los intendentes, a los partidos políticos y a los legisladores nacionales y provinciales para acordar un decálogo común de acción y enfilar, todos juntos, hacia una dirección determinada? ¿sería éste un buen momento para identificar cuatro o cinco ideas puntuales que se puedan garantizar bajo el compromiso expreso de una política de estado para el futuro?
Quién podría negar un impacto positivo de algo así. Seguramente nadie o muy pocos. Pero tampoco se podría afirmar con contundencia que un hecho de tal magnitud y por sí mismo, de modo práctico, fáctico y concreto, colocaría de una a la provincia en un camino de crecimiento sin más, generador de riqueza, de empleo, oportunidades, de serenidades y tranquilidad.
Pero Mendoza hoy tiene dinero, que no es todo, pero que evidentemente y volviendo al principio, si hace bien las cosas la ayudaría más que otra cosa a reencaminarla, y sin tener que apelar obligatoriamente a otras acciones para sostener la esperanza de tiempos mejores por venir, como sí lo debe hacer permanentemente Milei a la espera de tiempos mejores, o a que las transformaciones comiencen a dar frutos.
Los fondos de Portezuelo emergen para Cornejo, simbólicamente, como el pacto de Mayo a Milei. Podrían suplantar cualquier puesta en escena o teatralización. Esos recursos, ya disponibles y con la posibilidad de ser destinados a obras de infraestructura y a inversiones de bajo riesgo para sostener su valor y hasta para permitir la recapitalización, podrían ser comparados en proporción, quizás, al efecto que causaría en el país y a la necesaria llegada de inversiones esa liberación del cepo y la añorada estabilización económica que se esperan.
Y algo más: a diferencia de Milei en la nación, Cornejo cuenta a su favor con el sustento político legislativo que le ahuyenta sorpresas y malas noticias y le asegura un andar sin obstáculos al plan de gobierno trazado. Pero así y todo no es suficiente para que mejore el ánimo y el clima de negocios en la provincia. Todo indica que mientras se espera que los cambios en la macro economía que impulsa Milei ofrezcan resultados favorables, en Mendoza se tendrían que aplicar otros paquetes propios de posibles soluciones un tanto independientes a lo que suceda en la nación. No es posible que no se pueda algo así llevar adelante. Podría cristalizarse o visibilizarse por el camino de una reducción de impuestos más rápida de lo que se viene haciendo y como reiteradamente desde el mismo gobierno se afirma y se resalta.
Cornejo cree, sin embargo, que primero se tiene que dar el cambio macro para que se sientan y vean resultados concretos en Mendoza, independientemente de lo que aquí se haga. Por eso hay que interpretar ese apoyo condicionado, pero sin fisuras, desde el comienzo al gobierno de Milei: para frenar el populismo desde ya, pero para conseguir un acuerdo general para la continuidad de las obras nacionales que se habían paralizado; para el traspaso de otras; para obtener la firma de la adenda al acuerdo que le amplió el destino a los fondos de Portezuelo; la restitución de Ganancias como lo consiguieron todos los gobernadores en verdad y por la aparición del RIGI en la Ley Bases y el paquete fiscal que abre alguna esperanza de inversiones fuertes en materia minera en Mendoza.
Y mientras se está en eso, a la espera de los resultados de la macro y a que los mismos impacten favorablemente en la microeconomía, los recursos de Portezuelo tienen que ser la llave de una reactivación provincial que no se ha podido dar por la ausencia de presupuesto y a la de un commoditie salvador como los existentes en otras provincias, vecinas, como la minería de exploración en San Juan y el petróleo de Vaca Muerta de Neuquén.
A ambos mandatarios, Milei en la Nación y Cornejo en la provincia, ya se les ha activado la presión sobre sus gestiones de cara al 2025. Milei necesita más que actos y pactos y golpes de efecto para mantener en alto las expectativas de una sociedad a la que siempre se la está analizando y siguiendo de cerca vía encuestas en torno a su cuota de paciencia sobre el gobierno por la falta de resultados concretos en su economía. Sin pactos, ni actos, ni puestas en escena, Cornejo necesitaría mínimos resultados de reactivación a la mendocina usando para ello los fondos de Portezuelo y alguna que otra señal más efectiva de las que viene dando a la fuerza productiva, industrial y comercial con una disminución más efectiva y visible de la presión fiscal, más alta que otras de las regiones vecinas. De mantenerse el estado de crisis sin mejoras mínimas y cambios concretos, como cualquiera puede suponer, no sólo empeoraría el humor social, con niveles de pobreza extremos y una recesión implacable y asfixiante; también podría cambiar, con toda lógica, la conducta electoral de los argentinos para Milei y de los electores mendocinos para Cornejo. Porque los dos saben bien y mucho más Cornejo por su grado de conocimiento del asunto y su especialidad, que las elecciones las ganan y las pierden los oficialismos y que nunca un opositor tendría serias chances en una situación de crecimiento, bonanza, confianza y certidumbre. Y muchos menos con las características de las oposiciones que hoy ocupan tal lugar y espacio en la nación y en la provincia.
