Todo debería cambiar a partir de la próxima Vendimia y nada tendría que ser igual. Los condicionales no son caprichosos porque, cuando se trata de hablar de política, todo –o casi todo– se convierte en relativo. ¿Y qué debería cambiar, entonces, y por qué, desde la próxima Vendimia? Pues, el discurso y mensaje de la campaña electoral, el que, tras la fiesta popular en las calles, el color, la música, la euforia, la magnificencia de un espectáculo que en verdad es único y el natural fin de los ecos de los brindis en los contertulios, el año tiene que empezar de verdad y seriamente. En otros términos, ya no habrá –o no tendría que haber– ni más espacios ni excusas para el delirio en el que se ha deambulado en un verano asfixiante por donde se lo mire.
Los motivos por los que trabajar en serio para los frentes electorales están ahí, a la vista de todos. Es cierto que, en el mientras tanto, en ese lapso que está transcurriendo y se los espera con paciencia infinita para que abran esa caja de Pandora de supuestos proyectos e ideas en las que han trabajado los equipos técnicos con los que deben encantar voluntades, se han estado entreteniendo en el teje y desteje de las alianzas y acuerdos para conformar la oferta electoral. Cambia Mendoza es un claro ejemplo de esto último, envuelta en una convulsión que, para algunos de sus protagonistas, les es funcional, claramente, mientras que para otros no sólo configura una pérdida de tiempo frente al mal malhumor social que crece y crece. Tanto unos como otros, indudablemente, de los sectores en pugna y en un enfrentamiento franco y sin vueltas, pierden, se desgastan y retroceden.
El fin de semana de la Vendimia, además, será el primero y último con esa dimensión –por eso es único–, en el que quienes disputan el poder, desde la vidriera que ofrece tal fiesta, deben cuidar al mínimo detalle con quiénes se mostrarán y al lado de quién o de cual se pasearán con guiños, giros y mensajes de todo tipo, de los encriptados y en código hasta los más explícitos bajo todo el poder de la luz.
Desde el viernes de la Vía Blanca al domingo al mediodía, todo será un “(…) Vamos subiendo la cuesta, que arriba, mi calle, se vistió de fiesta”, como lo ha descrito magníficamente Serrat, pasando: “Juntos los encuentra el sol, a la sombra de un farol, empapados en alcohol, magreando a una muchacha”, y terminando, como es costumbre: “Y con la resaca a cuestas, vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas. Se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas”.
A más de medio siglo de la composición de Fiesta, bien se puede tomar prestada esa descripción precisa y tan bella de Serrat para adaptarla a la máxima festividad mendocina, la que estamos a punto de revivir en sólo un puñado de días. Para el lunes siguiente, no sólo todo el mundo estará en sus cosas, sino la provincia, en pleno movimiento, y con una expectativa creciente por lo que el año electoral le deparará.
Pero, en tren de imaginar ese fin de semana, con buena parte de la atención política nacional en Mendoza, será un buen ejercicio observar las juntas, reuniones y los guiños entre los que asistan a los festejos y quiénes se prestarán como anfitriones eufóricos y decididos y los que, puestos a cumplir el rol de consortes, lo harán obligados e incómodos. En Vendimia, hay de todo y para todos.
Para los atentos, la sugerencia será seguir de cerca las visitas de otras latitudes y con quiénes se mostrarán, cómo y dónde. Todo es importante, como saber finalmente quién del Gobierno nacional se dará una vuelta por Mendoza y en qué contexto; o bien, quiénes, de ese lote voluminoso de dirigentes del oficialismo nacional y de la oposición, aceptarán las invitaciones que ya se les deben estar cursando para mostrarse en una de las vidrieras políticas más fuertes que tendrá el año.
Para ese momento, como bien es sabido, pocas cosas estarán definidas a nivel de frentes y coaliciones, y para Mendoza, particularmente, será todo muy especial. ¿Se arriesgará Alberto Fernández a mostrarse por estas latitudes? Todo indica que no, aunque con el presidente nunca se sabe y más cuando resulta complejo y difícil prever de antemano de su parte una posición lógica frente a los hechos, acontecimientos y a lo que está pasando en realidad. Sí parece una fija la presencia de Sergio Massa, el ministro de Economía, y, en ese sentido, conocer su posición frente a las tensiones en aumento que están afectando a la industria ante una de las cosechas más bajas de la historia. Configura un interrogante saber si habrá presencia del kirchnerismo en Mendoza. Quizás sea de la partida Eduardo Wado de Pedro, con Anabel Fernández Sagasti y compañía. También se están haciendo gestiones para que visite la provincia el gobernador de Córdoba, Juan Schiaretti, al frente del peronismo no K y decidido a marcar territorio como candidato a presidente con Juan Manuel Urtubey y alguno más.
Y ni hablar de lo que podría suceder con las presencias de los presidenciables que tiene Juntos por el Cambio a nivel nacional. ¿Vendría Horacio Rodríguez Larreta si Omar De Marchi le da vía libre a su aventura rupturista en la provincia? ¿Quién lo recibiría, leído en términos políticos, claro está? ¿Quién le daría cobijo? Se cree, además, que Patricia Bullrich no se perderá por nada la fiesta de los mendocinos, contando con un Cornejo ya lanzado hacia la Gobernación, quien, más que gustoso, se ofrecerá a acompañarla y a mostrarla ante todo y todos, incluso por arriba en sus preferencias de cualquier referente radical que se precie y que también, con seguridad, llegará a Mendoza en medio de la campaña casi lanzada.
Será el último fin de semana, al menos en Mendoza, de rosca. A partir de ahí, quieran o no, todo será distinto. Los frentes y sus candidatos o potenciales candidatos serán mirados, seguidos y auscultados de otra manera. La Vendimia marcará el inicio del año, pero también debiese ser el fin de la fiesta política entendida por la lucha por conseguir los más atrapantes espacios de poder.
Desde el lunes 6 de marzo, el día después o el primer día del inicio real de todo, hasta sería lógico y sanador escuchar algo así como un: “Se acabó, que el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual. Vamos bajando la cuesta, que arriba, en mi calle, se acabó la fiesta”.
