“Obviamente es un partido especial por el pasado, por el clásico, por el Diego con el gol, el de la mano… la verdad, siempre se hizo un clásico muy grande. Va a ser lindo, no te voy a decir, va a ser un partido especial y nada, sólo queda prepararnos lo mejor posible y dar el alma en ese partido” (Dibu Martínez)

¿Es Argentina-Inglaterra apenas un partido de fútbol más? La respuesta rápida diría que sí. Lo básico, son once jugadores contra otros once, una pelota, un árbitro, el VAR y noventa minutos. El mismo reglamento que rige para cualquier otro encuentro del mundo; eso sí, en el deporte más convocante de todos, el más apasionante, el único que puede llegar a movilizar al unísono a miles de millones de personas de diferentes culturas, opiniones e ideologías disimiles.

Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente la historia argentina sabe que ese partido no es así. Hay partidos que llegan cargados de antecedentes deportivos. Otros llevan a cuesta viejas rivalidades. Y después está Argentina-Inglaterra, un enfrentamiento que desde hace cuatro décadas ocupa un lugar completamente distinto en la memoria colectiva de los argentinos. Más aún. En 1966, el año en que los ingleses organizaron el Mundial que ellos mismos ganaron, la única estrella que poseen, Antonio Rattín fue el protagonista de una de las expulsiones más escandalosas que se recuerden en un enfrentamiento entre ambas selecciones. Todos recuerdan, los que lo vivieron y los que lo vimos con el paso del tiempo vía las imágenes y las reseñas de los medios, cómo el Rata estrujó el banderín del córner con la bandera inglesa en medio de los abucheos y hasta cómo llegó a sentarse en la alfombra de la Reina Isabel II, toda una afrenta de graves connotaciones para los locales y la corona. Sería el nacimiento de una marcada rivalidad elevada al misticismo, casi, tras las genialidades del Diego en 1986.

Sería un error –y de hecho mayoritariamente se lo cree así– convertir este partido en una prolongación de la guerra. El fútbol no puede ni debe remplazar a la diplomacia, ni mucho menos alimentar resentimientos entre pueblos que hoy mantienen relaciones maduras y civilizadas. Pero también sería ingenuo pretender que la historia desaparecerá esta tarde cuando arranque el partido.

Los pueblos acumulan recuerdos. También emociones. Algunas generaciones recuerdan exactamente dónde estaban cuando se anunció la recuperación de las islas. Otras, cuando llegaron las noticias de los primeros caídos, o cuando se desplomó el velo de esa semejante infamia y aventura militar ordenada por el dictador borracho. Después vinieron los años de silencio, la reivindicación permanente de la soberanía argentina por los canales diplomáticos y, cuatro años más tarde, aquella tarde de México en la que Maradona convirtió dos de los goles más famosos de la historia de los mundiales. Desde entonces, cada Argentina-Inglaterra dialoga inevitablemente con ese pasado.

Por eso a algunos nos cuesta compartir la idea de que son los medios de comunicación los que construyen el clima que rodea este partido. Los medios podrán exagerarlo, interpretarlo a su manera o incluso intentar direccionarlo según sus propios intereses. Pero difícilmente puedan fabricar un sentimiento que ya existe. Lo que ocurre en las horas previas no es una creación periodística. Es la expresión de una memoria colectiva que permanece viva y que reaparece casi naturalmente cada vez que ambos países vuelven a cruzarse en una cancha.

Basta escuchar las tribunas. El canto sobre Malvinas y sobre los chicos que combatieron que volvió a instalarse durante este Mundial y que se ha convertido en un himno en el vestuario del equipo nacional.  No nació en un estudio de radio, de televisión ni en una mesa de redacción. Surgió, una vez más, desde abajo, desde la popular si se quiere. Es la demostración de que determinados símbolos permanecen incorporados al ADN emocional de buena parte de los argentinos, incluso entre generaciones que no vivieron ni la guerra ni el Mundial de 1986.

No hay un deseo de revancha militar ni una reivindicación de la violencia. La Argentina democrática ha sostenido durante más de cuarenta años el reclamo por la soberanía de las islas a través del derecho internacional y de la diplomacia. Nadie razonable pretende otra cosa. Precisamente por eso el deporte aparece como uno de los pocos escenarios donde esa carga simbólica encuentra una expresión pacífica, competitiva y universalmente aceptada.

Tal vez por eso este partido despierte algo más profundo que la expectativa deportiva. Otras cosas distintas a la historia conocida que arrastra el enfrentamiento. Probablemente, durante los minutos de este partido también muchos argentinos sientan que vuelven a medirse con uno de los países que, para bien o para mal, ayudaron a moldear el mundo contemporáneo. No porque Inglaterra represente hoy un enemigo, sino porque continúa simbolizando una de las pocas naciones cuya influencia continúa proyectándose sobre la política, la economía, la cultura y hasta el deporte mundial.

Quizás esa sea la verdadera explicación de la expectativa que genera este encuentro. La Argentina lleva décadas debatiéndose entre la resignación y el deseo de recuperar un lugar que alguna vez creyó propio allá por fines del siglo XIX. Es un país que todavía conserva la convicción íntima de que puede volver a jugar en las grandes ligas, aunque la realidad económica muchas veces le recuerde exactamente lo contrario. El fútbol le ha dado esa posibilidad al país. En el mundo de la pelota y de los miles de millones de dólares que la envuelve, somos un país con una Selección Clase A.

El match de hoy es de igual a igual, de un campeón a otro, de una historia de reivindicación a un lado y otro, aunque se trate de motivos distintos. Durante el partido la Argentina vuelve a sentirse parte de la conversación de los grandes. En una cancha no pesan el riesgo país, el déficit fiscal, la inflación ni las décadas de decadencia. Allí solamente cuentan el talento, la organización y el carácter. Y en ese terreno, la Argentina sigue siendo una potencia.

El fútbol tiene esa capacidad extraordinaria de ofrecer, lo hemos dicho desde aquí, aunque sea por un rato, aquello que tantas veces cuesta encontrar en otros ámbitos: autoestima colectiva. La Selección no resuelve la inflación, ni mejora la productividad, ni genera inversiones, ni corrige décadas de malas políticas públicas. Pero recuerda algo que no deja de ser importante y que hay que reiterar: cuando existe organización, liderazgo, talento, esfuerzo compartido y un objetivo claro, la Argentina puede competir de igual a igual con cualquiera.

Tal vez sea esa, más que una victoria deportiva, la enseñanza que millones de argentinos buscan volver a confirmar esta tarde. Independientemente del resultado, el partido ofrece la posibilidad de reconocernos como una sociedad que no renuncia a competir, que no acepta resignarse al papel de espectador y que sigue creyendo que puede formar parte de ese mundo donde se toman las grandes decisiones, se produce conocimiento, se genera riqueza y se construye futuro. Y en el que a través de su propio idioma se pueden decir otras cosas, bien profundas.

Porque, al final, Argentina-Inglaterra nunca termina cuando termina el partido. Lo que realmente queda en juego no es solamente un resultado. Es una parte de la conversación que los argentinos mantenemos desde hace décadas con nuestra propia historia y, sobre todo, con el país que todavía aspiramos a ser.