Hay temas que un pueblo, y quizás con más seguridad el pueblo argentino, no puede ignorar. Por la historia, la lejana y la más reciente, y por todo el tiempo de oro que las últimas generaciones y la actual perdieron de manera imperdonable en resolver cuestiones de fondo, lo que obligaría a un profundo examen de conciencia colectivo para definir responsabilidades.
La transparencia en el manejo de los asuntos públicos y de los funcionarios, claramente, es uno de ellos. La ética en el ejercicio del poder, enganchada con la anterior, también. Y la corrupción, cualquiera sea su magnitud —la de los niveles astronómicos que caracterizaron al kirchnerismo tanto como los episodios que hoy salpican al universo libertario, con millones de pesos en sábanas, electrodomésticos, viajes privados y las apuestas fantasmagóricas del mundo bitcoin— constituye una enfermedad de base de la Argentina que erosiona la confianza ciudadana, degrada las instituciones y termina atentando contra las posibilidades de desarrollo.
Por eso es un error minimizar lo que hoy representa el caso Manuel Adorni y todo lo que se reúne a su alrededor. Pero también existe otro error, menos visible y con poca prensa, que consiste en permitir que la discusión pública, ya sea a gran escala o en la habitual parroquia de café, quede atrapada exclusivamente allí.
Porque mientras en Mendoza —como en cualquier otra parte del país— se debaten con indignación cierta estos episodios que vuelven a poner el foco sobre la política, el mundo sigue avanzando. Y las oportunidades que hoy aparecen en el horizonte no esperan a que se resuelvan disputas domésticas. El problema es que esas disputas no sólo no se solucionan, sino que además terminan acumulando obstáculos para que las oportunidades se concreten.
Semanas atrás se publicaron, como es habitual, los dos trabajos tradicionales de diagnóstico económico de la provincia que, desde perspectivas diferentes, terminan describiendo una misma realidad. Conviene volver sobre ellos. El anuario económico del IERAL y el último informe del Consejo Empresario Mendocino (CEM) coinciden en algo esencial: Mendoza ha logrado avances significativos en materia de ordenamiento institucional, fiscal y administrativo, pero no consigue transformar esos logros en un proceso sostenido de generación de riqueza. Es una deuda que arrastramos desde hace casi tres lustros.
Y aunque ya hayan sido analizados, la conclusión sigue resultando tan molesta como reveladora. Después de más de una década de estancamiento, Mendoza todavía intenta recuperar parte del terreno perdido.
No discute cómo administrar el crecimiento, porque no lo tiene. Sigue discutiendo cómo volver a crecer.
Porque Mendoza ha demostrado durante los últimos años una capacidad razonable para ordenar sus cuentas públicas, reducir desequilibrios y sostener una administración más austera que la observada en buena parte del país. Son avances importantes de los que continuamente hace gala Alfredo Cornejo, el mismo que inició el ciclo de estabilización y el mismo que dejará el período en 2027.
Pero con el paso de los años casi se ha naturalizado el hecho de administrar con corrección una economía estancada, sin manifestaciones significativas de crecimiento. Y Cornejo, quizás como ningún otro, sabe que la riqueza y el desarrollo no surgen por sí solos de la prudencia fiscal. Surgen de la inversión. No nacen de la administración. Nacen de la producción. No se multiplican por decreto, sino que se construyen a partir de actividades capaces de generar empleo, exportaciones, innovación y valor agregado.
También sería injusto negar, por otro lado, el esfuerzo para conseguir esa inversión, esa riqueza, esa producción y ese desarrollo. La promesa minera de antaño está hoy más cerca con el cobre en el norte y el litio en el sur. La Vaca Muerta malargüina avanza en la misma dirección, al igual que las oportunidades vinculadas a la energía y a la economía del conocimiento.
La cuestión es que el mientras tanto también cuenta. Y apremia.
Tanto el IERAL como el CEM coinciden en que la provincia ha explotado sus ventajas tradicionales hasta un punto en el que comienzan a mostrar signos de agotamiento. No lo dicen taxativamente, pero lo sugieren. La vitivinicultura seguirá siendo una de sus marcas distintivas. El turismo continuará ocupando un lugar central. La agroindustria seguirá formando parte de su identidad productiva.
Entre tantos escándalos urgentes y sin resolución, de todos los días, la provincia debe volver a lo importante. Salvo que la dirigencia esté escondiendo, o disimulando, su incapacidad para salir del corsé de una discusión permanentemente orientada hacia el pasado.
La minería del cobre aparece hoy como una de esas posibilidades. No como una solución mágica ni como una respuesta instantánea a todos los problemas provinciales, sino como una oportunidad concreta para ampliar la tan mentada matriz productiva, atraer inversiones, generar empleo de calidad y vincular a Mendoza con una demanda global que seguirá creciendo durante décadas.
Los recursos están. Las oportunidades también.
¿Hay decisión política verdadera para aprovecharlos? ¿Existen los consensos necesarios y la visión estratégica para conseguirlo?
Resulta alentador, hay que decirlo, que lejos del ruido cotidiano aparezcan experiencias que intentan colocar la mirada algunos años más adelante. Mendoza 2050 y el trabajo de la Comisión Bicameral de Futuro constituyen ejercicios poco habituales en la Argentina de hoy. Con diferencias y matices, oficialismo y oposición han comenzado a encontrar puntos de coincidencia sobre desafíos estructurales que trascienden gobiernos, campañas electorales y coyunturas.
En el país de la grieta permanente, donde casi todo divide, que aparezca una experiencia para discutir el futuro se festeja.
Las urgencias son inevitables. Los escándalos, para la Argentina, también. La política seguirá produciendo episodios capaces de monopolizar la atención pública durante semanas o meses. Pero hay una enseñanza que la historia recurrente del país debería grabar a fuego: no se progresa cuando la coyuntura es lo único que alimenta el debate.
La corrupción, además de empobrecer y de matar, destruye riqueza. La incapacidad y la ineficiencia para ir a buscarla y generarla, también.
A poco de comenzar un nuevo debate colectivo electoral sobre el rumbo institucional hacia 2027, Mendoza no puede conformarse con administrar mejor lo que tiene.
Eso ya lo sabe.
La verdadera interpelación es si habrá capacidad política, empresarial y social para salir del pantanal.
