No hizo falta una confirmación oficial. Bastó con ver los posteos de César Santos del Corazón de Jesús Milani y de Jorge Rial para entender que el kirchnerismo estaba detrás de esta explosión de antisemitismo en las redes sociales. Dos personajes a quienes históricamente se los vinculó con los sótanos de la democracia. Milani, claro, con más poder de fuego real por su autoridad e incidencia en el sistema de inteligencia desde el lugar que ocupó como Jefe del Estado Mayor General del Ejército durante la última gestión de CFK. El otro, siempre detrás de operaciones de baja estofa con repercusión mediática; y en la actualidad un fuerte operador K. Ninguno lo hizo explícito, obvio. Porque cobardía y discriminación van de la mano.
Antes de que ellos blanquearan la operación, para que el delirio del “Plan Andinia” y otras teorías conspirativas nazis subieran a la cima de los tópicos en redes sociales, se había dado una explosión de posteos a partir de un video que no mostraba absolutamente nada, pero que alimentaba la sed antisemita.
Similar al falso mapuche que había visto con sus binoculares cómo Gendarmería se llevaba supuestamente a Santiago Maldonado, esta vez era una supuesta fogata hecha por un supuesto israelí. Información importante: el video es de una zona ubicada a cientos de kilómetros de los incendios patagónicos; aunque, como suele ocurrir con los fanáticos y los idiotas –valga la redundancia-, los datos objetivos son mero cotillón.
El antisemitismo en las redes sociales —especialmente X— viene creciendo desde el 7 de octubre de 2023. Ese día, luego del ataque genocida perpetrado por Hamás contra la población del sur de Israel, el odio hacia los judíos viene en aumento. Y fueron principalmente los movimientos de izquierda quienes, en alianza y financiados por el islamismo radical, salieron a pedir la desaparición del Estado de Israel con la frase “desde el río hasta el mar”; un eslogan utilizado para justificar y aprobar asesinatos, violaciones, torturas y secuestros cometidos por el grupo terrorista que gobernaba la Franja de Gaza.
El 7 de octubre fue un disparador; una señal para activar células dormidas, que se habían instalado en diferentes ámbitos sociales; principalmente universidades estadounidenses y europeas, y el mundo del espectáculo. Objetivo: culpar a los judíos de todos los males. Al principio, con el maquillaje pusilánime del “antisionismo”: es decir, estar en contra del movimiento político y social que dio origen al Estado de Israel. Luego, envalentonados, ya directamente contra los judíos. Pedir la destrucción de un país ya no tiene que ver con una postura política, sino con la identidad. Y ahí, sionismo y judaísmo son inseparables.
El antisemitismo, además de ser la expresión de odio más antigua, es un recurso recurrente al que apelan movimientos políticos signados por dos características claramente perceptibles: populismo y corrupción.
Durante las temporadas estivales 2011/2012, 2013/2014, 2020/2021 y 2022, la Patagonia argentina y chilena fue escenario de los peores desastres ambientales de las últimas décadas por las miles de hectáreas alcanzadas por las llamas y por el impacto ecológico y social generado. Fueron años de gobiernos kirchneristas, y más allá de las sospechas y la confirmación de que muchos de los incendios fueron intencionales, el objetivo militante fue bajar el precio de lo sucedido y hacer control de daño político.
Esta vez, fue diferente. No solo por el color político en la Casa Rosada, sino porque, como nunca, el peronismo siente que está lejos de influir en la toma de decisiones, con cada vez menos eco y capacidad de acción en las calles. Eso se siente en los sectores más radicalizados.
El antisemitismo, en este punto, abroquela posiciones. Es un denominador común histórico entre el peronismo de extrema izquierda y el de derecha. Un manotazo de ahogado que, sin elecciones a la vista, genera resonancia y adhesión.
En una encuesta reciente de la consultora Isasi/Burdman, un 27% cree que “el apoyo y el acercamiento de Milei al judaísmo puede afectar negativamente al país”. De ese total, el 53% votó a Fuerza Patria en octubre, el 15% al Frente de Izquierda y el 8% a Provincias Unidas.
Cuando se preguntó por la frase “Los judíos tienen demasiada influencia en los medios de comunicación y el sistema financiero”, el 25% dijo estar de acuerdo. ¿A quién votó ese porcentaje? 49% Fuerza Patria, 16% Frente de Izquierda y 14% La Libertad Avanza.
Explicar el antisemitismo sería entrar en la lógica de los judeófobos. Salvo el embrutecimiento, la falta de educación y la decadencia social, no existe un porqué. Y, en este caso, es usado como una herramienta política.
A partir de ese video, hubo una efervescencia inusual de publicaciones vinculadas con el llamado “Plan Andinia”. Se trató de una activación simultánea de publicaciones, respuestas y réplicas que giraron sobre una misma narrativa.
Hubo picos breves e intensos. Una estrategia armada y programada.
En primera instancia, se activaron cuentas anónimas. Interacciones de perfiles manejados por humanos, con ausencia de nombres, apellidos o fotos. Avatares genéricos o simbólicos, prácticamente sin información personal y cuya actividad suele ser monotemática y desarrollarse por franjas temporales.
Se define la temática, el tenor de los posteos, la articulación entre las cuentas y “enter”. De esto se trata una granja de trolls. No son bots. Son miles y miles de cuentas con los mismos patrones (estructura y organigrama) que luego son alimentadas por perfiles reales, como los de Milani, Rial o el médico bonaerense que dijo que a los judíos habría que cortarles las carótidas y las yugulares. Más violento no se consigue.
Las interacciones son orgánicas y simulan ser espontáneas. Se da una conversación que tiene como objetivo validarse entre sí, reforzar la sensación de mayoría y simular la existencia de consensos.
Durante décadas, ser nazi fue una vergüenza pública. Hoy, en ciertos espacios, forma parte de una moda.
El antisemitismo es una plaga para la democracia. Y como toda plaga, se combate con más educación, con mejor justicia y con más institucionalidad.
Una vez que el sistema de grafos dispuesto para la granja de trolls entra en acción, la estructura queda deliberadamente lista para recibir a los actores secundarios. Ese es el objetivo principal: que los antisemitas salgan de las madrigueras y se sientan cómodos. Lo hacen con total impunidad.
Ahí radica el peligro. La repetición, ratificación y amplificación de un mensaje de odio termina por naturalizarlo e instalarlo como expresión popular. De ahí a que salga del mundo virtual y se convierta en una agresión real hay un límite cada vez más fino.
La matriz discursiva arrancó por izquierda, con cuentas claramente identificadas con el kirchnerismo. Hay una triangulación fuerte y evidente con usuarios de México y España, y, en segundo plano, Chile, Colombia y Cuba. Y mezclan absolutamente todo; desde los conflictos de Medio Oriente hasta los incendios forestales, con un leitmotiv antisemita. La representación perfecta de lo que pregona el Grupo de Puebla.
Posteriormente, la replicación vino por parte de perfiles nacionalistas, algunos identificados con la vicepresidenta Victoria Villarruel. Y todo el abanico quedó cubierto.
En el social listening, las conversaciones van y vienen entre la falsa progresía y los seguidores del nazi recalcitrante de Alejandro Biondini. Se adularon y se congraciaron entre sí, a tal punto que hace 85 años hubiesen levantado con orgullo la bandera del Tercer Reich, con la misma convicción con que hoy militan el estandarte del terrorismo islámico.
Reactivaron la fantasía del Plan Andinia, una teoría conspirativa creada en la década del ’60 por los herederos del jerarca nazi Adolf Eichmann al crear el Frente Nacional Socialista Argentino y que afirmaba que los judíos se quieren quedar con esta parte del mundo.
Según explica Cecilia Denot en su libro El canario en la mina. Mitos modernos (y no tanto) sobre Israel y los judíos (Editorial Del Zorzal), “en un ejemplar de fines de 1963 de Rebelión, la revista de esta agrupación, se encuentra la primera mención al Plan Andinia, en una nota que concluía una serie de artículos publicados en ediciones anteriores y que se titulaba ‘Argentina, ¿colonia de Israel? La República de Andinia o un nuevo Estado judío en la Argentina’. Allí se alertaba que el país era dominado por los judíos, algo que se “probaba” nombrando a empresarios de ese origen y advirtiendo acerca de la expansión del comunismo a manos de militantes también judíos”.
A esa teoría antisemita, divulgada también por décadas entre personajes de las fuerzas armadas y de seguridad, la vinculan con la presencia de jóvenes israelíes que año tras año llegan a la Patagonia como viajeros. Son chicos que suelen elegir Sudamérica (desde el sur hasta el norte) como destino luego de sus tres años de servicio militar. Ahorran dinero durante ese tiempo y se lanzan de mochileros. Como turistas tienen comportamientos comparables jóvenes de cualquier nacionalidad: gritones, a veces pedantes y en algunos casos imprudentes. No andan haciendo ni espionaje ni relevando cartografía.
Ni falta que le haría a una potencia militar y tecnológica como Israel. Aun así, aparecen señales de violencia que excede el plano virtual.
La imbecilidad antisemita se recicla.
Así empieza siempre.
