Domingo Cavallo, Fernando De la Rúa, Cristina Kirchner y sin lugar a dudas Alberto Fernández –el último en incorporarse a lo que bien podría denominarse un salón de la fama muy particular–, deben haber sido por lejos los dirigentes y funcionarios públicos a los que los medios les prestaron la mayor atención mientras estuvieron en la cresta de la ola y no precisamente por sus buenas gestiones o logros alcanzados.

Los tres primeros de la lista, el economista y enfático político que monopolizó la atención pública durante los 90 por sus manejos en el área más sensible de cualquier gobierno argentino; el recordado ex presidente de la Alianza, por “aburrido”, lo que no dejó de ser en su momento un atributo a su favor, pero altamente incapaz e ineficaz en el manejo de lo público; y la ex presidenta, actual vice, reconocida no solo por su particular histrionismo en el manejo del poder, sino también por la opacidad, la turbidez y falta de transparencia que le imprimió a todos sus movimientos en la administración del Estado, al punto que ya pesa sobre ella una condena a prisión por corrupción; los tres, se insiste, y cada uno a su tiempo resultaron merecedores de inusuales descripciones periodísticas. La prensa, en general y cuando los tres supieron alcanzar la cumbre de sus desaguisados, se esforzó por encontrar las mejores y más variadas construcciones de frases posibles para contar de la forma más precisa e ilustrativa lo que decidían, el porqué de las medidas que tomaban y las consecuencias de sus movimientos traducidos en medidas y en políticas determinadas.

Hubo momentos, sin embargo, en el que los medios ya no competían por llegar primero al escenario de los acontecimientos y acertar en las primicias, sino que la lucha entre ellos se focalizó, no pocas veces, en hallar la palabra precisa y concreta que sintetizara en un título lo que podría estar sucediendo en la mente de tales personajes. Es cierto, también que, con uno de ellos –claramente por la vicepresidenta de la Nación–, esa competencia todavía persiste, aunque a diferencia de lo ocurrido con los otros dos, Fernández de Kirchner logró sumar el favor de un grupo de medios y de periodistas que decididamente se han reconocido militantes y fervientes defensores de absolutamente todo lo que ella representa y significa: de su humanidad, de su causa en general y de todo el poder, real y simbólico, que todavía ostenta, sintetizado en la férrea defensa del populismo que se hace desde sus trincheras ideológicas y en favor, como consecuencia, del uso total y absoluto de las herramientas del Estado para neutralizar y reducir la iniciativa privada, contrariar la generación de riqueza y la conformación de un sistema que ha buscado sofocar cualquier intento en cualquier escala para asegurar y sostener la libertad de pensamiento, de criterio y de movimiento, tanto individual como colectivo, como método para conseguir las mínimas y normales realizaciones de cualquier sociedad.

“¿Estará loco?”, o “¿qué pasa por su cabeza?” han sido expresiones comunes leídas y usadas en el periodismo para referirse a lo que generaron estos políticos en sus respectivas funciones. De Fernández de Kirchner, incluso, se llegó a discutir con opiniones y visiones científicas de un lado y de otro, si en verdad padeció, si aún padece, la enfermedad del poder, el conocido síndrome de hubris entendido como ese trastorno psiquiátrico que se apodera de las personas que ejercen el poder.

A ese lote de tres, compuesto por Cavallo, De la Rúa y Fernández de Kirchner se ha sumado Alberto Fernández. Y no constituye siquiera una falta de respeto preguntarse sensatamente qué está pasando por la cabeza del presidente. Si hasta políticamente es un interrogante qué está surcando todo el espinel de la política, de la oposición claramente, pero también de sectores internos del frente oficialista. Hay dudas sobre su capacidad para conducir en momentos de seria crisis y de fuertes presiones y exigencias, como casi todos los momentos por los que ha debido pasar desde que asumió hasta la actualidad.

Pero la idoneidad del presidente no sólo está en dudas respecto de la gestión, la que claramente ha sido muy deficiente, quizás la peor de todas desde 1983 a esta parte. Sino por sobre todas las cosas, el interrogante está puesto sobre si ciertamente está en sus cabales cuando dice lo que dice. Algunos de sus dichos no se sustentan con los hechos ni con la documentación necesaria, ni mucho menos con la realidad que todo el mundo ve. Un problema que se multiplica en algunos de sus funcionarios puestos a justificarlo o interpretarlo, como el caso de la portavoz presidencial Gabriela Cerruti.

En los últimos días, el presidente ha dicho que la inflación, en una gran medida, está en la mente de las personas, en una suerte de autoconstrucción individual que produce que los precios de los productos varios y de los alimentos, entre los más sensibles, se disparen, se vayan a las nubes injustificadamente. Menciones a que la Argentina durante su administración ha avanzado como ningún otro país en el mundo y en la región son un lugar común en los discursos del jefe de Estado o aquello de las últimas horas que ha constituido, ciertamente, en una grave falta de respeto hacia los ciudadanos y mucho más a aquellos familiares de las víctimas de la pandemia de COVID.

El negar y sostener todo lo contrario al reparto discrecional del medicamento cuando llegó; que no haya existido diferencia entre algunos amigos y las personas comunes de los grupos de riesgo que por prioridad lo necesitaban antes que ninguna otra y cuando, a la vista de todos, se pudo comprobar y corroborar el vacunatorio VIP del Posadas o el que funcionó bajo el control estricto del ex ministro Ginés González García, dichos y afirmaciones del presidente cuando nadie se lo pidiese ni se lo preguntase, justifica la crítica en voz alta y la condena de todo eso.

La mentira, la perversión y el cinismo, en cierta medida, son las miserias que prevalecen en todo aquel o aquella que, administrando el poder bajo cualquiera de sus formas, comienza a descascararse y a diluirse, todo por alejarse y desvincularse de aquellas “virtudes” que en su momento supo tener y que por el propio poder las fue perdiendo.