Mendoza tendrá una voz propia en el encuentro privado que el papa León XIV mantendrá en Córdoba con representantes de la vida consagrada y seminaristas. Se trata de Julián Pereyra, un joven de 27 años, nacido en Las Heras, que fue elegido para compartir su testimonio vocacional frente al Santo Padre. Será el único mendocino convocado y uno de los cuatro participantes que tomarán la palabra durante la reunión.
“Soy Julián, tengo 27 años. Soy seminarista, aunque por el cuello parecería que soy cura. Me estoy formando y estoy en el séptimo año de los ocho que comprende la formación”, se presentó el joven, que actualmente integra el Seminario Arquidiocesano de Nuestra Señora del Rosario y se prepara para ejercer el sacerdocio en la Iglesia de Mendoza.
La noticia llegó de manera inesperada. Se la comunicó Juan Pablo, rector del seminario, durante una jornada especialmente emotiva para la comunidad: dos de sus compañeros estaban a punto de ordenarse sacerdotes.
“En la tarde anterior, unas horas antes, me dio la noticia de que estaba este encuentro, especialmente del Papa con los consagrados y seminaristas. Dentro de las cuatro personas que iban a contar sus testimonios, uno era yo”, recordó en diálogo con El Sol.
La primera reacción estuvo lejos de ser de absoluta tranquilidad. “Me agarró de sorpresa, pero muy contento. Les soy sincero: al principio me dio mucho miedo y me asusté por lo que significaba estar frente al Santo Padre. Pero fue pasando el tiempo y fue llegando una paz y una alegría que desbordaban todo”, contó.
Incluso, después de recibir la invitación, no sabía si debía compartir la noticia. “No sabía qué hacer, si contarlo o no, si darlo a conocer. Así que ahí nomás le conté la alegría a mi compañero Lautaro”, relató. Después empezó a buscar videos de otros encuentros del Papa con jóvenes para conocer cómo se desarrollaban esos testimonios.
Una historia que todavía guarda en secreto
Pereyra tiene bastante claro qué le toca hacer, aunque hay dos cuestiones que decidió mantener bajo reserva: el testimonio que compartirá y la pregunta que le formulará a León XIV.
“La indicación es bastante sencilla. El tiempo también es corto, escueto. Tengo aproximadamente dos minutos para desarrollar mi testimonio y una pregunta que le tengo que hacer al Santo Padre”, explicó.
La consigna es compartir una experiencia significativa de su camino vocacional, algo que haya marcado estos siete años de formación. No será una exposición sobre la vida religiosa ni un discurso preparado para la ocasión, sino una vivencia personal.
“Tiene que ver con un aspecto mío, con alguna experiencia, con algún momento que, a lo largo de estos siete años de formación, haya significado algo muy importante. Es algo muy sencillo, muy concreto, relacionado con mi proceso de fe y, particularmente, con mi proceso vocacional”, adelantó.
La pregunta tampoco trascendió el círculo de los sacerdotes que lo acompañan. “Se la he reservado solamente a los sacerdotes que me acompañan. Solamente a ellos les adelanté un poco de qué se trata el testimonio, al igual que la pregunta. Así que tendremos que esperar hasta ese momento para saber de qué se trata”, dijo.
Para Julián, sin embargo, el significado de la convocatoria va mucho más allá de la posibilidad de estar frente al Papa. “Tengo la suerte de ser el único mendocino y la Iglesia de Mendoza tiene la alegría y la bendición de estar representada de alguna manera, al igual que todos los seminaristas”, señaló.
No sabe por qué lo eligieron y tampoco se detuvo a averiguarlo. Prefiere asumir la oportunidad con humildad, aunque es consciente de la responsabilidad que implica.
“No me animé a preguntar por qué a mí, porque no sé si viene al caso. Hay que tomarlo con mucha humildad, con mucha alegría y con mucha responsabilidad, porque de alguna manera llevo también la voz de mis hermanos del Seminario de Mendoza”, sostuvo.
Y agregó: “Ante el Santo Padre, ante el representante de la Iglesia Católica, voy a ser una pequeña voz que involucra a todos los seminaristas. Como podría haber sido yo, podría haber sido tantos otros”.
El día que empezó a dejar el fútbol por la Iglesia
La historia vocacional de Julián tiene un escenario concreto: el barrio Ujemvi, de Las Heras, y la parroquia Divino Maestro. Allí comenzó a participar de las actividades religiosas, se sumó a los grupos juveniles y dio sus primeros pasos como catequista.
Su historia familiar también tiene una particularidad. Es el menor de tres hermanos y creció junto a su madre, Nancy, su hermana Milagros y su hermano Matías. En su casa siempre estuvo presente Dios, aunque no eran practicantes de ninguna religión. De hecho, buena parte de su familia pertenece a la comunidad evangélica.
“Me crié en una familia sencilla, en una familia no practicante. Siempre fui religioso y siempre tuve a Dios en el medio, pero no practicábamos ninguna religión. Tengo la dicha y la alegría de que gran parte de mi familia son hermanos evangélicos. Mi mamá también, particularmente. Así que dentro de la familia hay un combo de religiones, pero eso lo hace aún más interesante”, contó.
Durante su juventud empezó a involucrarse cada vez más con la parroquia. Hizo la confirmación de grande, se convirtió en catequista y participó de distintas actividades comunitarias. Hasta que algo comenzó a cambiar en su vida cotidiana.
Julián es amante del fútbol. Jugó durante buena parte de su vida y, como cualquier apasionado por el deporte, no solía resignar un entrenamiento ni mucho menos un partido. Sin embargo, empezó a notar que estaba dejando de asistir a esas actividades para dedicarle más tiempo a la Iglesia.
“Hubo algo que me llamó mucho la atención: empecé de repente a dejar de ir los sábados o a faltar a los entrenamientos para ocupar ese tiempo en las cosas de la parroquia. Para mí eso fue muy significativo, muy importante”, recordó.
La situación lo llevó a hacerse una pregunta que marcaría un antes y un después.
“Era muy loco, porque jamás renunciaba a un entrenamiento y mucho menos a un partido. De repente me encontré dándole más lugar al servicio en la Iglesia, en la parroquia, que a otros espacios de mi vida. Y eso fue quizá un punto de quiebre: ¿por qué le daba tanto tiempo a eso? ¿Por qué no a esto otro, que me seguía gustando y entusiasmando, pero que de repente empezaba a perder algo de sentido?”, recordó.
La inquietud fue creciendo. “Empecé a preguntarme: ¿por qué yo no ser cura? ¿Por qué no estar del otro lado cuando iba a misa? ¿Por qué no estar celebrando, acompañando y estando con la gente? Esa fue mi primera inquietud”.
Pero hubo algo más que terminó de orientar su decisión: la necesidad de ayudar a quienes atravesaban situaciones difíciles.
“En mis inicios vocacionales no soportaba ver a la gente sufriendo, a la gente pobre o con diferentes necesidades espirituales, materiales, de todo tipo. De alguna manera me sentía intranquilo. Sentía que algo tenía que hacer de mi vida para con ellos”, explicó.
“Dios me invitaba a estar acá”
El camino hacia el sacerdocio no fue inmediato. Pereyra habla de experiencias y encuentros con Jesús que fueron profundizando su fe y fortaleciendo una decisión que necesitó tiempo para madurar.
“Hubo varios encuentros con Jesús que me hicieron enamorar. Primero me enamoré de Él y después del servicio a la gente”, resumió.
En 2020 ingresó al Seminario Arquidiocesano de Nuestra Señora del Rosario, donde actualmente transita el séptimo de los ocho años de formación. Se trata de un seminario diocesano, en el que los jóvenes se preparan para ejercer el sacerdocio en la propia Iglesia de Mendoza.
Antes de ingresar, atravesó dos años de discernimiento vocacional. Fueron meses de preguntas, decisiones y experiencias personales que lo llevaron a confirmar que quería dedicar su vida al servicio religioso.
“Me fui encontrando conmigo mismo, con una experiencia muy profunda y muy honda de Dios, que, levemente y muy sutilmente, me decía que era por acá mi vida, que tenía que ocupar el resto de mi vida siendo sacerdote, siendo cura, estando al servicio de la gente”, relató.
Y aunque todavía tiene un año de formación por delante, siente que aquella decisión fue la correcta.
“No es algo de un día para el otro. En mi caso fueron dos años largos e intensos de discernimiento vocacional, en los que Dios me invitaba a estar hoy acá y a ser profundamente feliz, luego de haber decidido entrar al seminario”, concluyó.
Ahora, el joven que comenzó su camino religioso en una parroquia de Las Heras tendrá la oportunidad de llevar esa historia hasta Córdoba y compartirla frente a León XIV. Una experiencia personal que, para él, también representa a Mendoza y a los seminaristas que transitan su mismo camino.
