Hay cementerios que parecen monumentos y atraen visitas de admirados turistas, amantes del arte y la arquitectura. Así sucede con el Père Lachaise de París, o la mítica Ciudad de los Muertos de El Cairo. También América cuenta con camposantos que son verdaderas joyas, unas más conocidas que otras. La Recoleta, en Buenos Aires, ya forma parte de los circuitos turísticos; en menor medida, el Cementerio Colón de La Habana y el Presbítero Maestro de Lima, este último, el más desconocido. Todos ellos fueron construidos en el siglo XIX y responden a momentos de prosperidad vivida en sus respectivos países. La burguesía y la aristocracia consideraba entonces de buen tono ser enterrada en medio del lujo y el arte, y por ello los cementerios son conjuntos de los más eclécticos de los movimientos artísticos de ese siglo, en los que se copiaron sin rubor los estilos arquitectónicos de épocas pretéritas.
ÚLTIMA MORADA DE EVITA. El Cementerio de La Recoleta está ubicado en el selecto barrio de Recoleta y debe su nombre a la orden religiosa de los recoletos, que a inicios del siglo XVIII se establecieron en ese lugar, donde levantaron el convento y la iglesia Nuestra Señora del Pilar, cuya huerta fue convertida en 1822 en la primera necrópolis pública de la capital argentina. La epidemia de fiebre amarilla de la década de 1870 transformó a este cementerio en última morada de la burguesía porteña que, por el mal, abandonó el sur de la ciudad y adoptó el barrio de Recoleta, el cual aún conserva aires aristocráticos. El predio tiene unas 4.800 bóvedas distribuidas en 54.843 metros cuadrados y alberga un importante patrimonio arquitectónico y artístico. Por su monumentalidad, una de las bóvedas más visitadas por los turistas es la de la familia Dorrego Ortiz Basualdo, una capilla de estilo francés, con profusos detalles artísticos. Una de las más originales es la bóveda en forma de gruta, donde por muchos años descansaron los restos del general Tomas Guido y que fue construida por su hijo, Carlos Guido Spano, con sus propias manos.
Otras bóvedas tienen atractivo por la historia que encierran, como la del militar Luis María Campos, que incluye una escultura de su mujer, Justa Urquiza, ofreciéndole el ramo de flores que él le regaló el día en que se conocieron. Pero la tumba más visitada es la de Evita, la segunda mujer del tres veces presidente argentino Juan Domingo Perón, una bóveda en la que la gente constantemente deja flores y mensajes para la “abanderada de los descamisados”. Otras personalidades célebres enterradas aquí son Juan Manuel de Rosas, José Hernández, Domingo Faustino Sarmiento, Hipólito Yrigoyen, Enrique Larreta, Oliverio Girondo, Luis Federico Leloir, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Raúl Alfonsín, entre muchas otras. Por los personajes ilustres que aquí reposan, sus magníficas esculturas y el valor arquitectónico del conjunto, el cementerio fue declarado en 1946 Museo Histórico Nacional, mientras que unas 70 de sus bóvedas son consideradas Monumento Histórico Nacional.
MAGIA Y PELIGRO EN LIMA. La necrópolis Presbítero Maestro, en Lima, debe su nombre al clérigo vasco Matías Maestro, impulsor de este magno camposanto, que fue inaugurado en 1808, en las postrimerías del virreinato español en Perú, que expiró en 1816. Con una extensión de veinte hectáreas y una población de 215.623 difuntos sepultados en nichos, tumbas, mausoleos y capillas, muchas de ellas coronadas con imponentes esculturas de ángeles y santos, el cementerio no creció más por verse encajonado entre un cuartel militar y una vía férrea. Su época de esplendor duró ochenta años, hasta la Guerra del Pacífico con Chile (1879), y tras aquella debacle sobrevivió unas décadas más, hasta perder poco a poco su importancia a lo largo del siglo XX. Además, el distrito de Barrios Altos, donde se ubica, se fue pauperizando y convirtiéndose en zona peligrosa, lo que hizo que las visitas al camposanto prácticamente desaparecieran en los años sesenta. Fueron años negros para el Presbítero Maestro: sus 800 mausoleos sufrieron abundantes robos y saqueos de lápidas y esculturas, hasta que en 1999 la Beneficencia de Lima se hizo cargo del lugar, puso seguridad en los accesos al camposanto y emprendió un original programa de visitas nocturnas llamado Jueves de Luna Llena. Dos veces al mes, estas visitas guiadas por historiadores, arquitectos o literatos atraen a los turistas por entre los nichos y las tumbas en medio de la noche, apenas alumbrados por el cielo lechoso de Lima, en un ambiente mágico, que tiene mucho de espectral.
Es ocasión entonces de admirar las tumbas de escritores y poetas como Ciro Alegría, Abraham Valdelomar o Ricardo Palma, y de acceder al imponente Pabellón de los Héroes, donde están enterrados algunos de los próceres patrios en una imponente construcción circular de tres pisos, la joya artística del cementerio. Una de las iniciativas más exitosas en los últimos años ha sido la representación de la obra Don Juan Tenorio entre las tumbas del camposanto: durante cerca de un mes, a partir de la fiesta de los muertos en noviembre, un elenco de actores vestidos a la usanza del siglo XIX recrea el Don Juan de Zorrilla a la luz de las antorchas, en una experiencia única. Sin embargo, las visitas libres al Presbítero Maestro como una atracción más de la Lima monumental son todavía escasas: pese a que la entrada solo cuesta 5 soles (menos de dos dólares), la peligrosidad del barrio y la lejanía de los demás circuitos turísticos hacen de las excursiones a este rico cementerio un capricho un tanto arriesgado.
UN GIGANTE EN LA HABANA. El Cementerio Cristóbal Colón, de La Habana, es considerado el más grande de América, con sus 56 hectáreas que albergan un verdadero museo de arte funerario a cielo abierto, por la variedad de obras que acoge, con altos valores artísticos, históricos y arquitectónicos. Ricos mármoles italianos, herrerías y cristales policromados asombran junto a la convergencia de estilos, desde el gótico, el eclecticismo europeo, la naturalidad del neoclásico y la estilización del modernismo empleados en la construcción de suntuosos panteones. Cientos de turistas visitan diariamente la instalación atraídos por los ángeles, las madonnas y los querubines que pueblan sus avenidas, o por los fastuosos conjuntos. como la réplica de La Pietá de Miguel Ángel o el que reproduce un castillo español. El Cementerio de Colón fue construido sobre un diseño del arquitecto español Calixto de Loira y Cardoso, bajo la supervisión del ingeniero militar cubano Francisco Albear Lara. La primera piedra para su construcción fue colocada en 1871 y las obras demoraron quince años hasta finalizar en 1886 a un costo total de 606.727,93 pesos oro, según consta en documentos de la Època.
Se calcula que allí están enterrados al menos un millón de personas, entre ellas, conocidas personalidades de la política y la intelectualidad. Pero lo más llamativo del camposanto son las extravagancias que tuvieron algunos vivos antes de ser sepultados: así, un panteón que simula ser una pirámide egipcia acoge los restos de un famoso arquitecto, o la escultura en mármol que reproduce la ficha del doble tres del dominó tiene sepultados los huesos de una fanática de este juego, fallecida por infarto tras perder una partida. Una pieza de ajedrez, un rey de más de un metro de alto, marca el lugar donde reposan los restos el monarca de los trebejistas cubanos, José Raúl Capablanca. También yace allí el único cubano enterrado de pie: Casimiro Eugenio Rodríguez Carta. No se sabe si por algún peculiar culto religioso, por un capricho personal o afín expreso de contradicción necrológica. En un país tan dado a la santería como Cuba, no faltan en el camposanto tumbas visitadas por todo tipo de gente en busca de protección, convencidos de las virtudes esotéricas que exhalan algunas tumbas ocupadas por seres –madre e hijo, parejas de novios– que pasarán a la historia por el inmenso amor que se profesaron.
