Hay escenas que explican mejor un tiempo político que cien discursos. Mendoza vivió una de esas esta semana. Mientras Alfredo Cornejo inauguraba junto a funcionarios y el presidente de YPF Horacio Marín el parque solar El Quemado —el más grande del país— y celebraba el ingreso al RIGI de PSJ Cobre Mendocino, probablemente el proyecto cuprífero que más rápido podría entrar en producción en toda la Argentina hacia el 2028, el enviado presidencial era Manuel Adorni. No Luis Caputo. No Karina Milei. Adorni.
El mundo Milei, su combo completo de reformas, transformaciones, inequidades e insensibilidades, ajustes y estabilizaciones de las fases económicas, exaltaciones inesperadas, prepotencias, berrinches por doquier, insultos y excentricidades, conducen a convivir en medio de bolsones oscuros y perniciosos que contrastan con otros blancos, claros y auspiciosos. Una montaña rusa.
Y entonces ocurrió lo que tenía que ocurrir: en medio de una semana importante para Mendoza, el clima no fue de épica sino de incomodidad. Todo rápido. Todo medido. Todo sin declaraciones. Como si hubiera que evitar cualquier contaminación.
Así fue el frío paso de Manuel Adorni por Mendoza
La inauguración de El Quemado, el parque solar más grande del país y el primer proyecto que se encuentra dentro del paraguas del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), tuvo como imagen destacada la presencia del jefe de Gabinete,…
Adorni se ha convertido en la imagen de la casta contra la cual el libertario siempre apuntó con su artillería más pesada. Una especie de mancha venenosa que el Presidente protege contra toda lógica defensiva. Y eso también dice algo del momento argentino con Milei, y del “momento Milei” en la administración de gobierno.
La contradicción es extraordinaria. Mendoza exhibía dos hitos estructurales que hace apenas cinco años parecían ciencia ficción: energía renovable a escala continental y minería metalífera avanzando con respaldo político, social y financiero. El viejo sueño desarrollista mendocino, finalmente, empezando a tomar forma. Y, sin embargo, el centro emocional del cuadro terminaba siendo el ruido político que arrastra el mileísmo.
No fue la única postal de la semana. Desde Jujuy, el diputado nacional libertario Manuel Quintar decidió exhibir un Tesla de unos 200 mil dólares como quien muestra un trofeo de guerra cultural. Dijo que trabaja desde los 13 años y que todo lo consiguió con esfuerzo. Para él, esa visibilización era, además, una victoria contra los “radikukas” de su provincia.
Video: un diputado de Milei llegó al Congreso en una Tesla Cybertruck e incomodó a Martín Menem
El habitual paisaje de vehículos oficiales y autos de gama media en las inmediaciones del Congreso de la Nación se vio sacudido este miércoles por una imagen disruptiva. Un diputado nacional del bloque de La Libertad Avanza (LLA) arribó a la…
Hasta hace apenas unas horas, semejante situación habría generado una condena moral inmediata, transversal y unánime. Hoy no necesariamente. Hay divisiones en las miradas. Y ahí aparece uno de los fenómenos más interesantes —y menos comprendidos— del nuevo clima social argentino. La llegada de Milei al centro de la escena institucional del país, con sus luces y sombras, sus locuras y clarividencias, también comienza a instalar un giro radical de neto corte cultural: podría estar cayéndose el mito de la virtuosidad de la pobreza o del virtuosismo del pobre.
Un estudio de veinte días atrás elaborado por Moiguer Consultora de Fernando Moiguer sobre “Los 7 insights capitales de la clase alta argentina” detecta algo que venía insinuándose silenciosamente: se está cayendo el viejo prejuicio cultural contra la riqueza. El dato es impactante: el 59 por ciento de los argentinos cree que “ya no se mira mal al que tiene plata”. Pero todavía más llamativo resulta que entre los sectores bajos ese porcentaje sube al 66 por ciento.
Hay ahí un corrimiento ideológico profundo. Durante décadas, la Argentina construyó una relación ambigua con el éxito económico. El rico debía pedir disculpas. Disfrazarse de clase media. Hablar bajo. Mostrar poco. La riqueza aparecía bajo la sospecha de un origen espurio, y en gran medida con razón: corrupción, acomodo, privilegio estatal o herencia. La muestra o exhibición era casi obscena en una sociedad atravesada por crisis recurrentes y empobrecimiento colectivo.
Ese código parece estar mutando. La riqueza empieza a desacoplarse simbólicamente de la culpa para pasar a asociarse al mérito, al esfuerzo individual, al emprendedorismo y a la capacidad personal de generar valor. Es, probablemente, el corazón más potente del triunfo cultural libertario.
Milei quizá no haya estabilizado todavía del todo la economía. Tampoco consiguió consolidar aún una mayoría política duradera para sus reformas estructurales. Pero sí parece haber logrado algo más profundo: alterar el sistema moral con el que una parte importante de la sociedad interpreta el éxito, el Estado y el ascenso social.
El problema es que esa mutación convive con otra realidad igual de feroz. El mismo estudio de Moiguer muestra una sociedad quebrada. La clase alta representa apenas el 6 por ciento de la población, pero concentra el 34 por ciento de la riqueza del mercado interno. La clase media, fragmentada y exhausta, ya no cree que trabajando vaya a llegar a la casa propia. El viejo pacto aspiracional argentino está roto. El ascenso social dejó de ser una promesa plausible.
Y quizás justamente por eso cambia también la percepción sobre los ricos; porque cuando la movilidad social desaparece, el éxito deja de percibirse como una traición colectiva y pasa a convertirse en una aspiración individual desesperada.
Ya no hay enojo con el que llega. Hay fascinación. O deseo de imitación.
Por eso Quintar puede exhibir un Tesla y recibir críticas, sí, pero también admiración. Por eso Milei puede defenderlo sin pagar costos equivalentes a los que pagaría cualquier dirigente tradicional. De este modo, el discurso libertario logra penetrar incluso en sectores populares golpeados por el ajuste.
“No esperes nada del Estado; ganátelo vos”, parece ser el nuevo mandato cultural.
Claro que esa lógica tiene un límite delicado: cuando el mérito se transforma en soberbia y la autosuperación en desprecio. Ahí es donde aparece el otro Milei: el más áspero, agresivo e intolerante. El Presidente que parece alimentarse de la confrontación permanente y cuya sensibilidad pública se deteriora al mismo ritmo que radicaliza sus modos.
Y esa tensión empieza a generar dudas incluso entre actores financieros internacionales que hasta hace poco miraban a la Argentina con entusiasmo. El Citi llegó a formular la pregunta clave: las reformas argentinas, ¿nacen desde abajo hacia arriba, apoyadas en un consenso social duradero, o dependen exclusivamente de la voluntad de Milei desde la cima del poder?
La diferencia es gigantesca; porque si el cambio cultural realmente se consolidó —si efectivamente la sociedad argentina empezó a reconciliarse con el mérito, la inversión privada, la acumulación y la idea de progreso individual— entonces proyectos como PSJ Cobre Mendocino o El Quemado podrían ser el inicio de una transformación histórica mucho más amplia.
Pero si todo depende únicamente del liderazgo emocional de Milei, de su capacidad de polarizar y de sostener un estado de combate permanente, entonces la fragilidad sigue siendo enorme. Tal vez por eso en Mendoza hubo festejo, pero no alegría. El cobre está cerca de aparecer. El sol empieza a calentar y las inversiones asoman en el horizonte. Pero el clima político sigue oliendo a pólvora.
