“The Crown”, la galardonada serie de drama histórico de Netflix sobre la reina Isabel II de Gran Bretaña, ha generado polémica y controversia desde el momento en que se anunció el proyecto. 

El hermetismo de la familia real ha sido una característica histórica y en varias ocasiones se mostraron molestos frente a producciones de ficción o documentales que cuenten sus intimidades.

Con una minuciosa reconstrucción de la época que elevó el presupuesto por capítulo hasta el top 3 de las series más caras de la industria, “The Crown” ofrece una mirada acerca de los Windsor que oscila entre la fascinación, la crítica y la disculpa.

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Allí aparecen como ilustrados, pero “snobs” e ignorantes de la vida real fuera de los muros de sus numerosos palacios, protocolares, pero dueños de altas dosis de altanería, influyentes en un momento y decorativos al siguiente.

Incluso, para la salida de su cuarta temporada, Oliver Dowden, titular de Cultura del Reino Unido, pidió a Netflix que salgan a aclarar que “The Crown” es una ficción. “Una generación de espectadores que no vivió estos eventos pueda confundir la ficción con la realidad”, dijo a Daily Mail, de Londres.

Sin embargo, Netflix no se mostró de acuerdo porque cree que sus espectadores son conscientes de su naturaleza ficticia.

“Siempre hemos presentado ‘The Crown’ como un drama, y tenemos plena confianza en que nuestros miembros entienden que es una obra de ficción que se basa en general en acontecimientos históricos -dijo un portavoz de Netflix a Variety- . Como resultado, no tenemos planes, y no vemos la necesidad, de agregar una exención de responsabilidad”.

No es la primera vez que la serie despierta reacciones de este tipo.

“The Crown” se lanzó por primera vez en 2016 y si bien sus dramáticas interpretaciones del funcionamiento interno y las relaciones de la familia real británica suscitaron críticas, la última temporada provocó mayor cantidad de reacciones, principalmente por su descripción del desglose del matrimonio del príncipe Carlos y la princesa Diana.

Por ejemplo, en declaraciones a la BBC, el ex secretario de prensa real Dickie Arbiter criticó la serie por “llevar la licencia dramática al extremo”.

Respecto de la cronología de los hechos y el modo de retratarlos, con el objetivo de representar el envejecimiento de los personajes sin recurrir a complicadas técnicas de maquillaje, el creador, guionista y productor de la serie, Peter Morgan, decidió cambiar al elenco cada dos temporadas.

La actriz Olivia Colman, ganadora del Óscar a mejor actriz principal por “La favorita” -en la que ya se ponía en la piel de otra reina británica-, tiene entonces la misión de reemplazar a la muy elogiada Claire Foy.

Su participación en la serie cuaja a la perfección, no sólo porque Colman ha dado sobradas pruebas de su nivel, sino también por una cuestión del orden del “physique du rôle”.

A diferencia de los rasgos delicados, casi infantiles, de Foy, los gestos pesados de Colman, su semblante duro, contribuyen a significar las marcas que dejan el peso de la corona luego de más de una década en el trono.

“Hay muchas diferencias, pero así son las cosas, la edad rara vez es amable con alguien. No se puede hacer nada, excepto aceptarlo”, dice el personaje en la escena inicial de la temporada, mientras debe autorizar con disgusto la actualización de su fotografía en los sellos postales británicos.

La Isabel II de la tercera temporada ya no es la jovencita inmadura e insegura que debió asumir sus funciones por la muerte prematura de su padre, el rey Jorge VI, en 1952.

Cerca de cumplir 40 años, es la monarca de una Gran Bretaña que cambia rápidamente y líder de una familia a la que le cuesta adaptarse.

Con un elenco de figuras entre los que se encuentran Helena Bonham Carter como la princesa Margarita, Tobias Menzies como el Duque de Edimburgo y Príncipe Consorte y Charles Dance como Lord Mountbatten, entre otros, los diez episodios de la tercera temporada ingresan de lleno en la convulsionada década de los 60.

La muerte del ex Primer Ministro Winston Churchill, la paranoia anticomunista, el triunfo del Partido Laborista y la llegada del hombre a la Luna, dan cuenta del cambio de una época para la que la oxidada realeza no estaba preparada.

La frialdad inicial de Isabel II ante la tragedia de la localidad galesa de Aberfan, en la que murieron 144 personas (la mayoría niños), o la ridícula entrevista televisiva en la que su marido se quejaba de que a la familia real “no le alcanzaba” el dinero, demostraron como nunca antes lo lejos que el Palacio de Buckingham estaba del pueblo.

Otro de los puntos que causó incomodidad fue el retrato del príncipe Carlos, quien no se muestra a gusto dentro del clan familiar, siente que no encaja, la Reina sufre el peso de la responsabilidad, el duque de Edimburgo pasa por la crisis de la mediana edad y la princesa Margarita ahoga en alcohol sus frustraciones.

“The Crown” se encarga de satisfacer aquella pulsión voyeurista que alimentan los tabloides y muestra a los integrantes de la Realeza en su pompa y grandeza, así como también en su vulnerabilidad, sus fallas y agobios; en síntesis, en toda su dolorosa e ineludible humanidad.