Apreciamos nuestra Mendoza por un montón de beneficios que posee, y nos quedamos en lo que tiene: tiene paisajes incomparables que no me voy a poner a enumerar porque necesitaría varios monólogos como este. Tiene una historia magna, enorme, como que involucra la libertad de otros países. Tiene un clima apacible que nos permite disfrutar a amor tendido sus primaveras y sus otoños, inventores de una forma cuyana de ser ternura. Tiene su gente laburadora, hilachitas de inmigrantes, o nuevos cogollos del país Milcallac que resiste en las lagunas sin lagunas de Huanacache. Tiene un folclore que a mí me atrapó de una manera abusiva, a tal punto, que ando folcloreando Mendoza permanentemente con mis labios. Tiene a su producto padre: el vino, generador de los grandes brindis argentinos y de numerosos países del mundo. Tiene tantas cosas que nos reconfortan que a veces nos olvidamos que vivimos en una tierra con privilegios. Pero he aquí que aún tiene privilegios en las cosas que no tiene. Quiero decir, por ejemplo, no tiene bichos. Bueno, tiene algunos que son más molestos que tres orzuelos en cada ojo: los mosquitos, por ejemplo, que cuando vienen de Lavalle llegan con actitudes draculeanas, no te pican te muerden los guachos, son capaces de quedarse con el 50 % de nuestro genoma. En algunos lugares, como en Uspallata, tenemos las paquitas, que son muy atrevidas, te pican hasta en zonas no exhibidas como por ejemplo ahí. Yo nací en una zona del litoral Santafesino, cerca del río más río: el Paraná. Ahí sí que hay bichos, compadre. En verano no podés estar afuera, no porque te piquen, sino porque te atropellan, te llevan por delante, abusan de vos, son grandotes, hacen fisicoculturismo, juegan al rugby debajo de los faroles de las calles. Yo he llegado a portar moretones por el choque con alguna especie de escarabajo volador. En algunas esquinas de esos pueblos no hay luz, es decir el foco está prendido pero la luz está encerrada en un remolino de insectos con una promiscuidad súper pecaminosa. Una noche de mi adolescencia volvía para mi casa y me paró un piquete de bichos cascarudos que estaba protestando contra los camiones que los atropellaban impunemente. Y hay algunos que son curiosamente incómodos, nosotros le decíamos bichos Ford, desconozco el origen del término, pero cuando se te posan encima segregan una sustancia de un olor tan asqueroso que uno puede llegar a morirse por contener la respiración. Te orinan encima los guachos y no contrarrestás el perfume ni con un Chanel Nº5. Llega el verano y ellos llegan y no hay forma de combatirlos, el aire es de ellos. Mendoza no lo sufre y es una ventaja que tendríamos que recordar a la hora de hacer nuestros anuncios publicitarios: Mendoza te espera en verano. Con sol, con montañas, con vino y sin bichos. A propósito, el bicho canasto ¿no debería ser la mascota de los basquetbolistas?