Tener una casa en Argentina se ha vuelto un sueño cada vez más caro. Para aquel que está construyendo, los precios del cemento, del hierro o el ladrillo no tienen previsibilidad en sus costos, suben mes a mes. La misma situación ocurre para aquellos que incursionaron en el sistema UVA, que está atado a la inflación.

Los adjudicatarios de estos créditos están en tiempo de descuento, puesto que el 31 de enero se vence el congelamiento de las cuotas. La única certeza en un país cuyos sobresaltos económicos están a la orden del día es que después de ese plazo verán incrementarse lo que pagan mensualmente por el prestamo hipotecario. 

Otro panorama similiar se observa en aquellos que alquilan. La vuelta a la normalidad tendrá un costo durísimo de enfrentar ante la recesión. 

Nadie niega que alcanzar el techo propio conlleva cierto esfuerzo, pero no debería transformarse en una pesadilla. La situación se está por convertir en un drama social con historia en el país. Ya la crisis del 2001 tuvo en su momento familias que no pudieron enfrentar el aumento de las cuotas y sucedieron escenas de desalojo y resistencia. ¿Es la solución que el Estado vuelva a congelar? Claramente, sería prolongar la agonía. Lo que hace falta es una solución de fondo a un problema que se ha agravado en el último año y que permita a las familias seguir pagando acorde a sus ingresos y a las instituciones recuperar su capital.