Haber romantizado durante años la cultura del aguante, mirando con simpatía la creatividad de los cantitos de las barras bravas, no es gratis. Las consecuencias son sociales y políticas. Y muestran, de manera despiadada, la violencia descontrolada que no se detiene en el país.

No valen ni los juegos metafóricos ni las analogías. No importa cómo haya sido la vida de Maradona. Claramente, su último adiós no debía ser en medio de un desmadre. Un ídolo popular merecía otro respeto; en principio, desde la organización.

De nada sirve echar culpas o cruzar dardos con acusaciones de un lado a otro; a tal punto, que las autoridades osaron esbozar responsabilidades en la familia del ex futbolista fallecido por los desmanes ocurridos alrededor y dentro de la Casa Rosada. El Gobierno rompió, incluso, con la doble vara. En medio de la pandemia, y cuando todavía hay argentinos que padecen cierres de límites interprovinciales y actividades que no logran recuperarse, anunció que estaba en condiciones de coordinar un operativo para que un millón de personas pudiesen despedirse de su ídolo. Un absurdo desde todo concepto, más allá de la envergadura del personaje.

Por otro lado, miles de familias tuvieron que conformarse con un estricto protocolo para darle el último adiós a un ser querido. Sin dudas, son crudas verdades que afloraron en medio de la crisis sanitaria y que merecen también replanteos sobre el ser nacional y las contradicciones en el accionar. Pero, sobre todo, en las faltas que siguen cometiendo quienes tienen la responsabilidad de gobernar para todos.