¡Yo no sé cómo el ajedrez es tan jugado en Rusia si es una monarquía que sacrifica a los peones! Hubo un instante de la historia en el que el mundo entero estaba gobernado por monarquías. En la Edad Media, esa edad que está antes de la edad zapato, la existencia de una nación era imposible sin rey. Los reyes gobernaban efectivamente, la mayoría de las veces mal, y el resto, muy mal, pero gobernaban. Después, la institución de la monarquía fue cayendo en paulatino desuso, aunque aún resiste en países que aparecen como cultos e inteligentes y, sin embargo, sostienen esta estupidez unipersonal, vitalicia y hereditaria, como si los genes aseguraran un buen gobierno.

    Todavía subsisten monarquías en la engreída Europa: en España, Bélgica, Dinamarca, Luxemburgo, Mónaco, Noruega, Países Bajos, Reino Unido y Suecia. Claro, no tienen mando, no gobiernan, pero son instituciones inamovibles en sus países. Me pasé toda la tarde de ayer pensando para qué sirve un rey. Encontré algunas menguadas respuestas: para aparecer en las monedas y en las estampillas, para que los soldados custodios hagan cambios de guardia para el turismo, para tener palacios que acá solamente se dan en Dalvian y en Palmares, para que se hagan desfiles para su cumpleaños y la gente se ponga en curda con cerveza más whisky –cerveza corona, por supuesto– para dar el puntapié inicial cuando se enfrentan el Barça y el Madrid por la final de la Copa España,

    para gritarle a Chávez: “¡Callate ya!”, para gastar fortunas en mantenerlos con sus modos y costumbres, para hacer escalera real en el póquer y para que Luis Miguel cante: “Porque sigo siendo el rey”. Ah, me olvidaba de una: para darles motivo para gastar papel y memoria a las revistas y diarios especializados en las noticias reales, quiero decir, nacimiento del delfín, aniversario de boda de los monarcas, amoríos de una princesa con el chofer del príncipe, amoríos del príncipe con una vedete del Mouling Rouge más usada que guía de teléfono de un hospital público.

    Son parásitos aristocráticos de un mundo que, por un lado, se llena la boca con la democracia y, por otro lado, mantiene bien comidos y ornamentados a estos buenos para nada. Y encima, feos. ¿Usted se la imagina a la reina de Inglaterra sentada en el inodoro? No puede haber nada más horrible. Leo en todos los diarios y los informativos a los que puedo acceder detalles de la boda entre el príncipe británico William y la plebeya Catherine Milddleton. Kilómetros de papel y horas de videos invertidos en contar los pormenores de esta unión tan noble.

    ¡La estupidez puede llegar a grados increíbles de difusión! ¡Qué cornos importa un casamiento que no va a alterar al mundo en lo más mínimo, que es otra obra maestra de la frivolidad, un apareamiento de gente que jamás va a hacer cola en un banco, ni comprar en un supermercado! Y los ingleses aplauden, y viva, viva, vivan los novios, y hacen manifestaciones por las calles sin importarles que sólo trescientos de los sesenta millones de habitantes de la isla hayan sido invitados a la fiesta. En fin, dijo un tuerto, me voy a ir a vivir al país de los ciegos.