Un nuevo femicidio ha conmocionado a los argentinos. Los nombres, como las tragedias, se acumulan. Antes fueron Micaela y Lucía, Navila y Chiara, hoy fue Úrsula, una chica de 19 años que murió a manos de su ex novio, un policía. El caso provoca indignación, porque pone en evidencia todo lo que falta que concientizar sobre violencia de género en organismos que deberían protegernos y la importancia vital de llegar a tiempo antes de que estas situaciones se conviertan en un homicidio.
En Mendoza no hemos sido ajenos. El crimen de Florencia Romano fue una exposición a la luz de los problemas que existen en las instituciones para tomar nota de las denuncias. En el caso de la joven asesinada en Buenos Aires, es increíble que no se hayan movilizado las estructuras públicas ante la cantidad de alertas que dio por escrito en la Justicia. Peor aún: un día no la quisieron atender en la comisaría de la mujer porque no era día laborable.
Los reclamos de sectores feministas pusieron en agenda la necesidad de contar con un ámbito formal y políticas nacionales. Ahora hay ministerio, y su sola existencia no puede servir sólo para la tribuna. Todos esos cargos que se han creado son inútiles si los organismos de control no hacen hincapié en los obstáculos constantes que tienen las víctimas a la hora de hacer las denuncias.
