Hay algunas comidas propias de la Navidad. En los Estados Unidos de la Usa que nos usa se usa mucho el pavo navideño. Aquí no se aplica, porque si uno se tuviera que comer a todos los pavos que lo rodean, estaría cenando hasta octubre del otro año. Un producto casi exclusivo de la celebración es el pan dulce. Hay panes destacados en el mundo, está el Pan de Azúcar en el Brasil, el pan talón en los varones, el pan ten en el pelo, y pan quehua acá en Las Heras. También tenemos los mendocinos un pan dulce especial, que suele cantarse de esta forma ¿A dónde vas, Manola? Y acá me paro porque no pusieron ni un centavo para publicidad. El pan dulce tiene forma de un enorme corcho esponjoso, decididamente marrón en su testa, que se hace con harina, manteca, huevo, leche, azúcar, vainilla, levadura, sal y los accesorios, fundamentalmente nueces, pasas de uva y fruta abrillantada. Y aquí quiero detenerme. Según la doctora en Arte Culinario, Natividad Belén Paniagua, recibida en la Universidad de la Guata, la actividad más frecuentada en la cena de Navidad es sacarle la fruta abrillantada al pan dulce. Yo no sé a quién se le ocurrió ponerle fruta abrillantada. Yo no escucho, por ejemplo, a los niños decir: ¡Qué bueno, loco, viene la Navidad, vamos a poder comer frutas abrillantadas! Nada, ni una mención. El pan dulce aparece aproximadamente a la una de la mañana, cuando ya los comensales están lo suficientemente chupados y, entonces, ni siquiera protestan. Y sin embargo, un pan dulce sin fruta abrillantada es como un pancho sin salchicha. Tal vez por su forma redondeada y suntuosa, levemente generosa en curvas, se lo asocia a una parte dorsal de la anatomía femenina. Y entonces dice la copla: “Cuando se iba mi vecina/ la miré irse y deduje/ será otra vez Navidad/ que anda sobrando el pan dulce”.