Entonces, todo el barrio se entera de que el busto de la esposa de Carlos está algo deprimido, que los duraznos de Carlos tienen demasiada pelusa y producen alergia, y que las hijas de Carlos son demasiado efusivas en las despedidas. Así, el vecindario empieza a mirarlo a Carlos y a murmurar cosas cuando Carlos pasa por la vereda, sintiendo miradas con sorna a cada paso. Un día, Roque lo llama por teléfono a Carlos para pedirle disculpas por lo que anda diciendo Jorge de él. No, no, pará, no es así. Roque debería pedir disculpas por lo que él hizo, debería sentir vergüenza por lo que él hizo y no por lo que Jorge contó. Tomo este ejemplo para describir la actitud que tomó Hillary Clinton al llamarla a Cristina para lamentar que hubieran salido a la luz los informes de Wikileaks. No, pará, Hillary, pará. No es así. Vos debés pedir disculpas por lo que tu gente hizo en nuestro país y no por lo que haya contado Wikileaks. Wikleaks no le hizo nada al Gobierno argentino, simplemente publicó lo que ustedes sí le hicieron, vuestra notable desconfianza al averiguar si Cristina tenía problemas mentales o vuestra injuriante certeza de que el Gobierno argentino permanecía indiferente a las políticas antilavado de dinero. Y, en el colmo del caradurismo, usted y sus funcionarios, tal vez Obama también, expresan muy sueltos de conciencia que las embajadas de Estados Unidos no espían. ¿Y eso que se sabe ahora qué es? ¿Una monografía sobre el carácter de sus aliados? No, esto es espiar, señora, y, para colmo, espiar con el nivel de chismes de las vecinas del más chismoso de los barrios. Dicen que Hillary le expresó a Cristina la importancia que tiene la amistad entre Estados Unidos y Argentina. Ahá, lindos amigos tenemos, cuando los invitás a tu casa se ponen a mirar debajo de la alfombra a ver si ahí guardás la basura. Perdón, señora, ¿no dicen nada los cables de una becaria que visitaba la casa Blanca durante la presidencia de su marido? ¿No? ¡Qué discretos que son, qué discretos!