Fueron años de frivolidad, consumo y despilfarro. Fueron momentos de una fiesta que parecía interminable. De dinero fácil, de ostentación, de nuevos ricos y de gastos obscenos. En esos años, también, comenzó la debacle cultural, el desapego a la cultura del trabajo; el desempleo se multiplicó y con ese índice crecieron todos los que mostraban una crisis social que empezaba a asomar. Una década de gente grande perdiendo el trabajo y de chicos que no veían la salida ni la alternativa. Una década de frustraciones y postraciones.
Pero, de todos los aspectos negativos que las gestiones de Carlos Menem le dejaron al país, sin dudas, el peor fue la sensación de impunidad e inmunidad frente a la corrupción. Algo que, más allá de persistir en la actualidad, se ha potenciado.
Es la sensación de que cualquier negociado o maniobra hecha desde el Estado para el beneficio personal de un dirigente o de un empresario amigo vale. Que no importa si en el camino hay tragedias, muertos y miseria. Todo está permitido en Argentina en nombre de un falso modelo que suma militantes incapaces ya de discernir entre el bien y el mal. Se rompieron los conceptos de ética y moral.
El dinero sigue estando cerca de los amigos del poder, siempre. La industria nacional está por debajo de sus expectativas y el mercado laboral, tan retraído como entonces.
Esa fue la herencia de Carlos Saúl Menem. Una Argentina que, más de veinte años después de terminado su mandato, sigue naufragando en el mar de penas e incertidumbre que supo construir.
