Parece que alguna vez hemos sido pachorrientos, por eso, en algún pasaje de nuestra historia, los foráneos nos decían mendocino pata‘la rastra. Esto tiene su explicación en la ausencia de yodo en estos lugares y en la cantidad considerable de enfermos de bocio de entonces. Además, se debe sumar el efecto que producen en nosotros el clima y la altura. Un día de Zonda intenso, por ejemplo, no es ningún incentivo para que andemos retozando por los prados con toda energía.

    Algunos dicen que el vino también, ya que un poco de vino en el almuerzo incentiva las cualidades dormideras del tipo, que después del décimo trago enfila para el catre con un proyecto de siesta. Aún llama la atención en aquellos que nos visitan el corte que le damos a nuestro mediodía para dejarle un lugar a la sagrada siesta. Hay días de verano en los que el sol nos golpea y asomar la nariz a la vereda ya es todo un sacrificio.

    Entonces, uno debe mantenerse adentro y la cama está tendida y tentadora. El bocio está desterrado y los mendocinos nos hemos adaptado a la velocidad que las ciudades modernas requieren para su funcionamiento. No hay bocio pero sigue habiendo Zonda, calurones y vino, y es difícil que la siesta deje de ser una costumbre. Una buena costumbre, según dicen los estudiosos, porque han descubierto que un parate al mediodía hace que se rinda más en el trabajo, y una buena costumbre poética, porque los mendocinos amanecemos dos veces por día.