Una vez escribí una poesía de alabanza de la siesta. Decía en una de sus partes: “Después de los tallarines nos metemos en un mundo distinto, en un embudo que la modorra procrea para hacernos entrar en el país de la siesta. Pueblo de soñadores, los mendocinos saben que también es posible soñar después del mediodía, aunque sea una hora desparramados sobre sábanas tibias”. La siesta es nuestra por legado y por práctica. Y no nos acostamos, nos caemos sobre un colchón más hundido que el Titanic. Es la siesta, la institución cuyana de la tarde.

    Es la siesta, lo que no puede quitarnos esta vida moderna. Los porteños se sorprenden con esta actitud que consideran pueblerina, porque ellos trabajan de corrido, comen de parados. Nos consideran ociosos, por no decir vagos. Por suerte, la ciencia termina de demostrar que es todo lo contrario.

    Expertos en medicina del sueño revelaron hace un tiempito que Alemania pierde anualmente 60 millones de marcos debido a la reducción de rendimiento derivado del cansancio diurno y sus enfermedades colaterales y aconsejaron dormir la siesta para tener mejores perspectivas laborales. Ochocientos especialistas de la Sociedad Alemana para la Investigación y la Medicina del sueño coincidieron en que las personas que duermen siesta tienen mejores perspectivas en sus carreras laborales. Sepan ahora aquellos que nos acusaban de somnolencia provinciana que por estos lados no sólo descansamos más, sino que laburamos mejor.