La renuncia del presidente de la Suprema Corte, además de la implicancia institucional que tiene, muestra los últimos vestigios de una época en el Poder Judicial. Con Jorge Nanclares se terminan casi 33 años de permanencia en el máximo tribunal de la provincia. Durante todo ese tiempo intentó dar la imagen de un hombre que buscaba el equilibrio político dentro y fuera de los tribunales, además de haber sido un entusiasta promotor de los proyectos de modernización de la Justicia.
Sin embargo, en los últimos años empezaron a salir a la luz una serie de nombramientos cuestionados que lo tuvieron como protagonista. Amistades, familias, devoluciones de favores.
El caso de Nanclares no es el único, sino que sirvió para mostrar un mecanismo que es constante dentro del Poder Judicial y que tiene que ver con la vocación de algunos magistrados de construir dominio y territorialidad en los pasillos de tribunales.
Esgrimen transparencia, por un lado, con los concursos para ingreso; pero, por detrás, negocian incorporaciones a dedo. Allí se genera un toma y daca entre jueces y fiscales en el que las diferencias ideológicas y políticas quedan de lado. Las peleas son internas y hasta cierto punto. Hacia fuera, se mueven de manera corporativa y nadie se anima a romper esos esquemas. Todos y todas, en algún momento, apelaron al “hoy por mí, mañana por ti”. Algo que, en Derecho penal, se conoce como tráfico de influencias, aunque nunca se haya generado una denuncia. En ese contexto se da la salida de Nanclares.
En un momento en el cual el poder que preside está cuestionado y cada vez más entreverado con las disputas políticas.
