Tenía varias hechos para conversar con ustedes. Estuvo cargadito el fin de semana. Podría hablar de los enfrentamientos entre chilenos y argentinos ocurridos el viernes en la plaza Independencia. Existieron, yo estuve ahí, los vi. Pero tampoco es para hacer un mea culpa internacional donde intervengan veedores del Vaticano y las Naciones Unidas.
No fue un enfrentamiento más violento que cuando dos hinchadas del fútbol mendocino se encuentran. Algunos colegas les dieron trascendencia mundial. En fin. Podía hablar del poto que tienen los brasileños, que empataron un partido cuando Paraguay ya los estaba despidiendo con la guarania “te lo di vuelta”. Podía hablar de la falta de combustible que padecí en auto propio el viernes en la noche y que me hizo conocer el ochenta por ciento de las gasolineras de la ciudad.
Pero prefiero quedarme con un tema no comentado: el fervor, el tremendo fervor, el entusiasmo contagiante, la alegría multitudinaria que despertó en los mendocinos una celebración más de nuestra Independencia. Recién a las 20 del sábado se me acercó un señor para decirme feliz Día de la Patria.
Antes y después nada, che, pero absolutamente nada. Hubo algunas banderas colgadas, algunas desteñidas también, algunas sucias –lo que es peor–, algunos edificios argentinizados, algunos actos “solemnes” que los funcionarios usaron para hacer política, pero nada más.
¿Cómo sentimos la argentinidad? ¿Cómo un asunto privado que pasa por nuestro adentro y que no estamos dispuestos a compartir con nadie? ¿Cómo un feriado en el cual uno puede darse el gusto del descanso pero no darse el gusto de la celebración? ¿Es la identidad fuerte entre nosotros? ¿Sentimos el patriotismo como una vergüenza o, en realidad, no sentimos un corno? Los chilenos festejaron más por un equipo de fútbol que nosotros por nuestra Independencia.
El 9 de julio de 1816 fue el nacimiento de nuestro país, no el 25 de mayo de 1810. Fue el 9 de julio cuando dijimos y escribimos: “Declaramos solemnemente a la faz de la tierra que es voluntad unánime e indubitable de estas provincias romper los violentos vínculos que las ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojadas e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente”.
Una de las actuales naciones soberanas del mundo había nacido, el nosotros ya tenía Bandera nacional y el gentilicio, un nombre para el orgullo: argentinos. Nosotros, los de Mendoza, tendríamos que celebrar de una manera especial porque esa declaración fue el visto bueno para que la hazaña que tramaban san Martín y nuestros abuelos pudiera cumplirse.
San Martín cruzó la cordillera, representando no a una colonia, sino a una nación libre. Y, sin embargo, nada che, ni una escarapela ni una emoción ni un ¡Viva la Patria! ni un abrazo de hermanos. Claro, si le hubiéramos ganado a Colombia hubiera sido otra cosa. ¡Por favor!
