Fue a Talento argentino, cantó una parte de la Traviata y conmovió a todo el teatro que la escuchaba, a todo el país que la veía y al jurado que la analizaba. Fantástica, simplemente fantástica. Maximiliano Guerra, uno de los jurados, admirado por lo que terminaba de escuchar, le preguntó quién era su maestra. Y la riojana contestó, es de Mendoza, Fenicia Cangemi. Entonces, Guerra, con una expresión por demás elocuente, dijo: “¡Pavada de maestra te buscaste, es una de las mejores de Argentina!”, y entonces, en ese momento, los mendocinos descubrimos a Fenicia Cangemi. Y Fenicia recibió en su casa llamados de gente que quería saludarla y de periodistas que querían conversar con ella. O sea, gracias a Gabriela Maldonado, de Salta, nosotros descubrimos a Fenicia Cangemi, de Mendoza. Hermana, hermano, hace cuarenta años que Fenicia viene siendo una figura cumbre de la lírica nacional, hace cuarenta años que viene enseñando su talento incomparable. Son sus hijas Verónica Cangemi, famosa en el mundo que ama el barroco, y la Patricia Cangemi, compañera mía en el Patrio, una de las voces más destacadas del canto popular. ¿Y ahora la venimos a descubrir a Fenicia? Tenía que alabarla Maximiliano Guerra para que nos diéramos cuenta de todo el valor que teníamos aquí. Fenicia viene regalando su arte desde hace mucho tiempo, alguna vez me tocó actuar con ella en un espectáculo que aún en el recuerdo me emociona. Fenicia es única, es incomparable, pero, claro, ¿cómo va a ser famosa si vive a la vuelta de la esquina? Y pensar que para actuar en los Caminos del Vino tuvo que presentar un currículum. No se puede describir el collar si no se hace mención de sus gemas. Fenicia es una de ellas. Deberemos los mendocinos aprender a reconocerla y a agradecerle todo lo que hizo desde su lugar de arte. Tuvo posibilidades de irse de Mendoza cientos de veces, pero prefirió su tierra, porque tal vez dijo como dijo Yupanqui: “Me gusta el aire de aquí”. El 9 de julio, Fenicia hizo su recital de despedida en el teatro Independencia. Muy pocos se enteraron. En fin, Dios le da pan a quien termina de comer una hamburguesa.