No sé qué pasó, pibe, no sé si lo hiciste adrede, quiero decir, si le pusiste el cohete en la boca o se lo tiraste cerca y el Facha, curioso, lo mordió. Me dicen mis amigos los artesanos de la plaza que fue un accidente y que ustedes mismos le dieron los primeros auxilios. Ojala, haya sido así. Te explico, pibe, el Facha es un perro vagabundo, sin dueño, en todo caso, con muchos dueños. Su hábitat es la plaza Independencia, salvo cuando alguna perrita alzada me lo lleva a transitar las calles adyacentes. Los artesanos de la plaza Independencia, los autorizados y los no, un grupo donde hay personas fantásticas, lo cuidan, le dan de comer, juegan con él en los instantes que les permite su trabajo. El Facha es muy querido. Él compensa esas atenciones humanas con su cariño de perro, metiéndose entre los quioscos, con algunas lambeteadas en manos tibias, con alguna sonrisa de perro en sus correrías. Yo suelo acariciarlo cuando se larga a festejarme en mis cruces diarios por la plaza. Lo destrozaste pibe, lo partiste, lo explotaste. Me encantan los festejos de los estudiantes cuando terminan sus tareas del año, es como decir: “¡Se acabó! No te metás conmigo, Matemática ni Lenguaje, Geografía ni Historia, porque por tres meses no estoy, voy a dedicarme a ser pibe con toda intensidad”. Me encantan los disfraces, las firmas en los guardapolvos, los buzos identificatorios, los cantitos, los abrazos y los bailes. Pero, ¿sabés qué, pibe? Esto no es una manera de festejar. Cuando se jode a otro con el festejo, el festejo no tiene razón de ser. Y el Facha es otro, ¿sabés? No importa que sea perro, es otra vida andando por la plaza. ¿Por qué tu alegría tiene que provocar tanto dolor? Tal vez estés arrepentido en este momento, ojalá sea así. La justicia de los hombres no habrá de imponerte castigo alguno, porque los perros no le importan a la justicia de los hombres, pero estoy seguro de que si el Facha pudiese hablar, no puede, ¿sabés?, tiene la mandíbula destrozada, pero si pudiera hablar, te impondría un trabajo solidario: que en el camino a tu casa o desde tu casa todos los días, si encontrás un perro, acaricialo, mínimamente acaricialo, una caricia basta, y a lo mejor así, con el tiempo, podrás comprender que no es un castigo el que te impondría el Facha, es simplemente un acto de convivencia, es comprender que la vida es de todos y que en un animal también está el hálito de Dios. Mientras tanto, nosotros, sus amigos de todos los días, quedaremos a la espera de su primer ladrido. Y si mueve la cola, ¡ja!, qué felicidad.