No está muerto quien pelea, dice el refrán, aunque hay otro que medianamente lo contradice: buena es la pelea ganada pero es mejor la evitada. Todos sabemos que nuestros representantes en las legislaturas están para debatir, para confrontar ideas, para disentir, si uno es más generoso con la opinión. Muchas veces, las discusiones van subiendo de temperatura, y lo que comenzó con un diplomático: “Permítame, estimado colega de la banca opositora”, termina siendo: “¡Pero por qué no te vas a la pi pi, vos, tu mami y tu hermana la de los dos pata e’ lana!”. Es decir, a veces, desde la exposición académica se llega fogosamente a la agresión, y entonces ya no se trata de cotejar ideas, sino de intercambiar insultos. Pues resulta que anteayer estaba reunida la Comisión de Asuntos Constitucionales, que preside la diputada Graciela Camaño, exponía el diputado Carlos Kunkel, que cómo será de kirchnerista, que Kunkel se escribe con dos k. En un momento se incorporó con toda su anatomía, que no es poca, la presidenta, se acercó a Kunkel, intercambiaron algunas palabras y, de golpe, literalmente, de golpe, Graciela le… a ver… ¿Cómo podría decirlo para ser bien ilustrativo? ¿Le pegó? No, no me gusta. ¿Le espetó? No, no, es demasiado académico. ¿Le propinó? Puede ser, pero no da la idea cabal. ¡Ya sé! Le encajó tal cachetada a Kunkel, que un poco más le deja la cara giratoria. Después, Kunkel se defendía: ella no me pegó, fui yo el que le di un carazo a la mano. Luego de eso, Kunkel puso la otra mejilla, es la que tenía menos dolorida. No dijo: “Gracias, Graciela”, porque hubiera sido una redundancia. Muchachos y muchachas queridas. No es así que se dirimen las disputas, por más que ustedes sean disputados. Piensen un poco, ¿no les parece que la historia argentina ya está muy harta de los golpes? Después, Graciela se lamentó: “Me arrepiento de lo que hice, pero, bueno, ahora estamos a mano”. En fin, los que estén por la afirmativa que levanten la mano.
Cachetada
Es frecuente que en algunas discusiones
airadas los contendientes,
de las palabras, pasen a las manos.
Juego de manos juego de villanos
es la sentencia, y somos muchos los
argentinos que nos hemos envillanado
alguna vez.
